lunes, 29 de junio de 2009

SILVIO EN EL ROSEDAL

SILVIO EN EL ROSEDAL

El Rosedal era la hacienda más codiciada del valle de Tarma, no por su extensión, pues apenas llegaba a las quinientas hectáreas, sino por su cercanía al pueblo, su feracidad y su hermosura. Los ricos ganaderos tarmeños, que poseían enormes pastizales y sembríos de papas en la alta cordillera, habían soñado siempre con poseer ese pequeño mundo donde, aparte de un lugar de reposo y esparcimiento, podrían hacer un establo modelo, capaz de surtir de leche a todo el vecindario. Pero la fatalidad se encarnizaba en sustraerles estas tierras, pues cuando su propietario, el italiano Carlo Paternoster, decidió venderlas para instalarse en Lima prefirió elegir a un compatriota, don Salvatore Lombardi, quien por añadidura nunca había puesto los pies en la sierra. Lombardi fue además el único postor que pudo pagar en líquido y al contado el precio exigido por Paternoster. Los ganaderos serranos eran mucho más ricos y movían millones al año, pero todo lo tenían invertido en sembríos y animales y metidos como estaban en el mecanismo del crédito bancario, no veían generalmente el fruto de su fortuna más que en la forma abstracta de letras de cambio y derecho de sobregiro. Don Salvatore, en cambio, había trabajado durante cuarenta años en una ferretería limeña, que con el tiempo llegó a ser suya y juntado billete sobre billete un capital apreciable. Su ilusión era regresar algún día a Tirole, en los Alpes italianos, comprarse una granja, demostrar a sus paisanos que había hecho plata en América y morir en su tierra natal respetado por los lugareños y sobre todo envidiado por su primo Luigi Cellini, que de niño le había roto la nariz de una trompada y quitado una novia, pero nunca salió del paisaje alpino ni tuvo más de diez vacas. Por desgracia los tiempos no estaban como para regresar a Europa, donde acababa de estallar la segunda guerra mundial. Aparte de ello don Salvatore contrajo una afección pulmonar. Su médico le aconsejó entonces que vendiera la ferretería y buscara un lugar apacible y de buen clima donde pasar el resto de sus días. Por amigos comunes se enteró que Paternoster vendía El Rosedal y renunciando al retorno a Tirole se instaló en el fundo tarmeño, dejando a su hijo en Lima encargado de liquidar sus negocios. La verdad es que por El Rosedal pasó como una nube veraniega pues, a los tres meses de estar allí, cuando había emprendido la refacción de la casa-hacienda, comprado un centenar de vacas y traído de Lima muebles y hasta una máquina para fabricar tallarines, murió atragantado por una pepa de durazno. Fue así como Silvio, su único heredero, quedó como propietario exclusivo de El Rosedal.

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A Silvio le cayó esta propiedad como un elefante desde un quinto piso. No solo carecía de toda disposición para administrar una hacienda lechera o administrar cualquier cosa, sino que la idea de enterrarse en una provincia le puso la carne de gallina. Todo lo que él había deseado de niño era tocar el violín como un virtuoso y pasearse por el jirón de la Unión con sombrero y chaleco a cuadros, como había visto a algunos elegantes limeños. Pero don Salvatore lo había sacrificado por su maldita idea de regresar a Tirole y vengarse de su primo Luigi Cellini. Tiránico y avaro, lo metió a la tienda antes de que terminara el colegio, justo cuando murió su madre, y lo mantuvo tras el mostrador como cualquier empleado, pero a propinas, despachando todo el día en mandil de tocuyo, tornillos, tenazas, plumeros y latas de pintura. No pudo así hacer amigos, tener una novia, cultivar sus gustos más secretos, ni integrarse a una ciudad para la cual no existía, pues para la rica colonia italiana, metida en la banca y en la industria, era el hijo de un oscuro ferretero y para la sociedad indígena una especie de inmigrante sin abolengo ni poder. Sus únicos momentos de felicidad los había conocido realmente de niño, cuando vivía su madre, una mujer delicadísima que cantaba operas acompañándose al plano y que le pagó con sus ahorros un profesor de violín durante cuatro años. Luego algunas escapadas juveniles y nocturnas por la ciudad, buscando algo que no sabía lo que era y que por ello mismo nunca encontró y que despertaron en él cierto gusto por la soledad, la indagación y el sueño. Pero luego vino la rutina de la tienda, toda su juventud enterrada traficando con objetos opacos y la abolición progresiva de sus esperanzas más íntimas, hasta hacer de él un hombre sin iniciativa ni pasión.

Por ello tener, a los cuarenta años, que responsabilizarse de una propiedad agrícola y por añadidura administrar su vida le pareció excesivo. O una u otra cosa. Lo primero que se le ocurrió fue vender la hacienda y vivir con su producto hasta que se le acabara. Pero un resto de prudencia le aconsejó conservar esas tierras, ponerlas en manos de un buen administrador y gozar de su renta haciendo lo que le viniera en gana, si alguna vez le daba ganas de hacer algo. Para ello, naturalmente, tenía que viajar a Tarma y estudiar sobre el terreno la forma de llevar a cabo su proyecto.

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La hacienda la había visto muy de paso, cuando tuvo que venir precipitadamente de Lima para recoger el cadáver de don Salvatore y conducirlo al cementerio de la capital. Pero ahora que volvió con mayor calma quedó impresionado por la belleza de su propiedad. Era una serie de conjuntos que surgían unos de otros y se iban desplegando en el espacio con el rigor y la elegancia de una composición musical. Para empezar, la casa. La vieja mansión colonial de dos pisos, construida en forma de U en torno a un gran patio de tierra, tenía arcos de piedra en la planta baja y una galena con balcón y soportales de madera en los altos, rematada por un tejado de dos aguas. En medio del ala central se elevaba una especie de torrecilla que culminaba en un mirador cuadrangular cubierto de tejas, construcción extraña, que rompía un poco la unidad del recinto, pero le daba al mismo tiempo un aire espiritual. Cuando uno entraba al patio por el enorme portón que daba a la carretera se sentía de inmediato abrazado por las alas laterales y aspirado hacia una vida que no podía ser más que enigmática, recoleta y deleitosa. Los bajos estaban destinados a la servidumbre e instalaciones y los altos a la residencia patronal. Y esta la componían una sucesión de alcobas espaciosas, donde Silvio identificó tres salones, un comedor, una docena de dormitorios, una vieja capilla, cocina, baño y un saldo de piezas vacías que podrían servir de biblioteca, despensa o lo que fuese. Todas las habitaciones tenían empapelados antiguos, bastante desvaídos, pero tan complicados y distintos –escenas de caza, paisajes campestres, arreglos frutales o personajes de época– que invitaban más que a la contemplación a la lectura. Y felizmente que esos cuartos conservaban su vieja mueblería, que don Salvatore no había tenido tiempo de remplazar por sus artefactos de serie, aún encajonados en un hangar de los bajos.

Tras la casa estaba el rosedal, que daba el nombre a la hacienda. Era un lugar encantado, donde todas las rosas de la creación, desde un tiempo seguramente inmemorial, florecían en el curso del año. Había rosas rojas y blancas y amarillas y verdes y violeta, rosas salvajes y rosas civilizadas, rosas que

parecían un astro, un molusco, una tiara, la boca de una coqueta. No se sabía quién las plantó, ni con qué criterio, ni por qué motivo, pero componían un laberinto polícromo en el cual la vista se extasiaba y se perdía. Contiguo al jardín se encontraba la huerta, pocas higueras y perales, en cambio, cinco hectáreas de durazneros. Los árboles eran bajos, pero sus ramas se vencían bajo el peso de los frutos rosados y carnosos, cubiertos de una adorable pelusilla, que eran una delicia para el tacto antes de ser un regalo para la boca. Ahora comprendía Silvio cómo su padre, movido por una impulsión estética y golosa, se había tragado uno de esos frutos con pepa y todo, pagando ese gesto con su vida. Y cruzando el cerco de la huerta se penetraba en el campo abierto. Al comienzo los alfalfares, que crecían hasta la talla de un mozo a ambas orillas del río Acobamba, y luego las praderas de pastoreo, llanísimas, cubiertas siempre de hierba húmeda, y como límite de la propiedad el bosque de eucaliptos, que empezaba en la planicie y ascendía un trecho por los cerros, dejando el resto librado a retamas, cactus y tunares.

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Silvio se felicitó de no haber obedecido a su primer impulso de vender la hacienda y, como le gustaba tal como era dio orden de inmediato de suspender los bastos trabajos de refacción que había emprendido don Salvatore. Solo admitió que terminaran de enlucir la fachada de rosa claro y que repararan cañerías, goteras, entablados y cerraduras. Renunció además a buscar un administrador y dejó toda la gestión en manos del viejo capataz Eleodoro Pumari quien, gracias a su experiencia y a su treintena de descendientes, estaba mejor que nadie capacitado para sacarle provecho a esa heredad. Estas pequeñas ocupaciones lo obligaban a postergar su retorno a Lima, pero sobre todo la idea de que en la costa estaban en pleno invierno. Nada detestaba más Silvio que los inviernos limeños, cuando empezaba la interminable garúa, jamás se veía una estrella y uno tenía la impresión de vivir en el fondo de un pozo. En la sierra en cambio era verano, lucía el sol todo el día y hacía un frío seco y estimulante. Eso lo determinó a entablar relaciones más íntimas con sus tierras y a ensayar las primeras con su nueva ciudad. Los tarmeños lo acogieron al comienzo con mucha reticencia. No solo no era del lugar, sino que sus padres eran italianos, es decir, doblemente extranjero. Pero al poco tiempo se dieron cuenta de que era un hombre sencillo, sano, serio y por añadidura soltero. Esta última cualidad fue el mejor argumento para que le abrieran las puertas de su clan. Un soltero era vulnerable y por definición soluble en la sociedad regional. El clan lo formaban una decena de familias que poseían todas las tierras de la provincia, con excepción del El Rosedal, que seguía siendo una isla en el mar de su poder. A su cabeza estaba el hacendado más rico y poderoso, don Armando Santa Lucía, alcalde de Tarma y presidente del Club Social. Fue el primero en invitarlo a una de sus reuniones y todo el resto del clan siguió. Silvio aceptó esta primera invitación por cortesía y algo de curiosidad e ingresó así paulatinamente a una ronda de comilonas, paseos y cabalgatas que se fueron encadenando unas con otras según las leyes de la emulación y la retribución. Todo el verano lo pasó de hacienda en hacienda y de convite en convite. Algunas de estas reuniones duraban días, se convertían en verdaderas fiestas ambulantes y conglomerantes, a las que iba adhiriendo de paso nuevas comparsas. Silvio recordaba haber cenado un domingo en casa de Armando Santa Lucía con cinco terratenientes y haber terminado la reunión un jueves, cerca de la provincia de Ayacucho, desayunando con una cuarentena de hacendados. Como no era afecto a la bebida y parco en el comer, rehusó varias de estas invitaciones con el propósito de romper la cadena, pero había empezado la época de las lluvias, las reuniones asumieron un aspecto más familiar y soportable, limitándose a cenas y bailes en las residencias de Tarma. Si el verano era la época de las correrías varoniles, el invierno era el imperio de la mujer. Silvio se dio cuenta que estaba circunscrito por solteronas, primas, hijas, sobrinas o ahijadas de hacendados, feísimas todas, que le hacían descaradamente la corte. Esas familias serranas eran inagotables y en cada una de ellas había siempre un lote de mujeres en reserva, que ponían oportunamente en circulación con propósitos más bien equívocos. Silvio tenía demasiado presente la imagen de su madre y su ideal de belleza femenina era muy refinado para ceder a la tentación y así poco a poco fue abandonando estas frecuentaciones para recluirse estoicamente en su hacienda. Y en esta cada día se sentía mejor, a punto que siguió postergando su retorno a Lima donde, en realidad, no tenía nada que hacer. Le encantaba pasear bajo las arcadas de piedra, comer un durazno al pie del árbol, observar como los Pumari ordeñaban las vacas, hojear viejos periódicos como si hicieran referencia a un mundo inexistente, pero sobre todo caminar por el rosedal. Rara vez arrancaba una flor, pero las aspiraba e iba identificando en cada perfume una especie diferente. Cada vez que abandonaba el jardín tenía el deseo inmediato de regresar a él, como si hubiera olvidado algo. Varias veces lo hizo, pero siempre se retiraba con la impresión de un paseo imperfecto.

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Así pasaron algunos años. Silvio estaba ya plenamente instalado en la vida campestre. Había engordado un poco y tenía la tendencia a quitarse rara vez el saco de pijama. Sus andares por la hacienda se fueron limitando al claustro y el rosedal y finalmente le ocurrió no salir durante días de la galería de los altos e incluso de su dormitorio, donde se hacía servir la comida y convocaba a su capataz. A Tarma hacía expediciones mínimas, por asuntos extremadamente urgentes, al extremo que los hacendados dejaron de invitarlo y corrieron rumores acerca de su equilibrio mental o de su virilidad.

Dos o tres veces viajó a Lima, generalmente para asistir a un concierto o comprar algún útil para la hacienda y siempre retornó cumplida su tarea. Cada vez que volvía reanudaba sus paseos, reconociendo en cada lugar los clisés guardados por su memoria, pero no obtenía ello el antiguo goce. Una mañana que se afeitaba creyó notar el origen de su malestar: estaba envejeciendo en una casa baldía, solitario, sin haber hecho realmente nada, aparte de durar. La vida no podía ser esa cosa que se nos imponía y que uno asumía como un arriendo, sin protestar. Pero ¿qué podía ser? En vano miró a su alrededor, buscando un indicio. Todo seguía en su lugar. Y sin embargo debía haber una contraseña, algo que permitiera quebrar la barrera de la rutina y la indolencia y acceder al fin al conocimiento, a la verdadera realidad. ¡Efímera inquietud! Terminó de afeitarse tranquilamente y encontró su tez fresca, a pesar de los años, si bien en el fondo de sus ojos creyó notar una lucecita inquieta, implorante. * Una tarde que se aburría demasiado cogió sus prismáticos de teatro y resolvió hacer lo único que nunca había hecho: escalar los cerros de la hacienda. Estos quedaban al final de las praderas y estaban cubiertos en la falda baja por el bosque de eucaliptos. Bordeando el río cruzó los alfalfares y pastizales, luego el bosque y emprendió la ascensión bajo el sol abrasador. La pendiente del cerro era más empinada de lo que había previsto y estaba plagada de cactus, magueyes y tunares, plantas hoscas y guerreras, que oponían a su paso una muralla de espinas. La constitución del suelo era más bien rocosa y repelente. A la media hora estaba extenuado, tenía las manos hinchadas y los zapatos rotos y aún no llegaba a la cresta. Haciendo un esfuerzo prosiguió hasta que llegó a la cima. Se trataba naturalmente de una primera cumbre, pues el cerro luego de un corto declive, proseguía ascendiendo hacia el cielo azul. Silvio se moría de sed, maldijo por no haber traído una cantimplora con agua y renunciando a continuar la escalada se sentó en una roca para contemplar el panorama. Estaba lo suficientemente alto como para ver a sus pies la totalidad de la hacienda y detrás, pero muy lejanos, los tejados de Tarma. Al lado opuesto se distinguían los picos de la cordillera oriental que separaban la sierra de la floresta.

Silvio aspiró profundamente el aire impoluto de la altura, comprobó que la hacienda tenía la forma de un triángulo cuyo ángulo más agudo lo formaba la casa y que se iba desplegando como un abanico hacia el interior. Con sus prismáticos observó las praderas, donde espaciadamente pastaban las vacas, la huerta, la casa y finalmente el rosedal. Los prismáticos no eran muy poderosos, pero le permitieron distinguir como una borrosa tapicería coloreada, en la cual ciertas figuras tendían a repetirse. Vio círculos, luego rectángulos, en seguida otros círculos y todo dispuesto con tal precisión que quitándose los binoculares trató de tener del jardín una visión de conjunto. Pero estaba demasiado lejos y a simple vista no veía más que una mancha polícroma. Ajustándose nuevamente los prismáticos prosiguió su observación: las figuras estaban allí, pero las veía parcialmente y por series sucesivas y desde un ángulo que no le permitía reconstituir la totalidad del dibujo. Era realmente extraño, nunca imaginó que en ese abigarrado rosedal existiera en verdad un orden. Cuando se repuso de su fatiga, guardó los prismáticos y emprendió el retorno.

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En los días siguientes hizo un corto viaje a Lima para asistir a una representación de Aída por un conjunto de ópera italiano. Luego intentó divertirse un poco, pero en la costa se estaba en invierno, lloviznaba, la gente andaba con bufanda y tosía, la ciudad parecía haber cerrado sus puertas a los intrusos, se aburrió una vez más, añoró su vida eremítica en la hacienda v bruscamente retornó a El Rosedal. Al entrar al patio de la hacienda se sintió turbado por la presencia de la torrecilla del ala central, tomó claramente conciencia del carácter aberrante de ese minarete, al cual además nunca había subido a causa de sus escalones apolillados. Estaba fuera de lugar, no cumplía ninguna función, al primer temblor se iba a venir abajo, tal vez alguna vez sirvió para otear el horizonte en busca del invisible enemigo. Pero tal vez tenía otro objeto, quien ordenó su construcción debía perseguir un fin preciso. Y claro, cómo no lo había pensado antes, solo podía servir de lugar privilegiado para observar una sola cosa: el rosedal.

De inmediato ordenó a uno de los hijos de Pumari que reparara la escalera y se las ingeniara como fuese para poder llegar al observatorio. Como era ya tarde, Calixto tuvo que trabajar parte de la noche remplazando peldaños, anudando cuerdas, clavando garfios, de modo que a la mañana siguiente la vía estaba expedita y Silvio pudo emprender la ascensión. No tuvo ojos más que para el rosedal, todo el resto no existía para él y pudo así comprobar lo que viera desde el cerro: los macizos de rosas que, vistos del suelo, parecían crecer arbitrariamente, componían una sucesión de figuras. Silvio distinguió claramente un círculo, un rectángulo, dos círculos más, otro rectángulo, dos círculos finales. ¿Qué podía significar eso? ¿Quién había dispuesto que las rosas se plantaran así? Retuvo el dibujo en su mente y al descender los reprodujo sobre un papel. Durante largas horas estudió esta figura simple y asimétrica, sin encontrarle ningún sentido. Hasta que al fin se dio cuenta, no se trataba de un dibujo ornamental sino de una clave, de un signo que remitía a otro signo: el alfabeto Morse. Los círculos eran los puntos y los rectángulos, las rayas. En vano buscó en casa un diccionario o libro que pudiera ilustrarlo. El viejo Paternoster solo había dejado tratados de veterinaria y fruticultura. A la mañana siguiente tomó la carreta que llevaba la leche al pueblo y buscó inútilmente en la única librería de Tarma el texto iluminador. No le quedó más remedio que ir al correo para consultar con el telegrafista. Este se encontraba ocupadísimo, era hora de congestión y prometió enviarle al día siguiente la clave morse con el lechero. Nunca esperó Silvio con tanta ansiedad un mensaje. La carreta del lechero regresaba en general al mediodía, pero Silvio estuvo desde mucho antes en el portón de la hacienda, mirando la carretera. Apenas sintió en la curva el traqueteo de las ruedas se precipitó para coger el papel de manos de Esteban Pumari. Estaba en un sobre y llegando a su dormitorio lo desgarró. Cogiendo el papel y lápiz convirtió los puntos y rayas en letras y se encontró con la palabra RES. Pequeña palabra que lo dejó confuso. ¿Qué cosa era una res? Un animal, sin duda, un vacuno, como los que abundan en la hacienda. Claro, el propietario original de ese fundo, un ganadero fanático, había querido sin duda perpetuar en el jardín el nombre de la especie animal que albergaba sus tierras y de la cual dependía su fortuna: res, fuera vaca, toro o ternera.

Silvio tiró la clave sobre la mesa, decepcionado. Y tuvo verdaderamente ganas de reír. Y se rio, pero sin alegría, descubriendo que en el empapelado de su dormitorio había aparte de naturalezas muertas arreglos florales. RES. Algo más debía expresar esa palabra. Naturalmente, en latín, según recordó, res quería decir cosa, Pero ¿qué era una cosa? Una cosa era todo, Silvio trató de indagar más, de escabullirse hasta el fondo de esta palabra, pero no vio nada y vio todo, desde una medusa hasta las torres de la catedral de Lima. Todo era una cosa, pero de nada le servía saberlo. Por donde la mirara, esta palabra lo remitía a la suma infinita de todo lo que contenía el universo. Aún se interrogó un momento, pero fatigado de fa esterilidad de su pesquisa, decidió olvidarse del asunto. Se había embarcado sin duda por un mal camino. Pero en mitad de la noche se despertó y se dio cuenta de que había estado soñando con su ascensión a la torre, con el rosedal en dibujo. Su mente no había dejado de trabajar. En su visión interior perduraba, escrita en el jardín y en el papel, la palabra RES. ¿Y si le daba la vuelta? Invirtiendo el orden de las letras logró la palabra SER. Silvio encendió una lámpara, corrió a la mesa y escribió con grandes letras SER. Este hallazgo lo llenó de júbilo, pero al poco rato comprobó que SER era una palabra tan vaga y extensa como COSA y muchísimo más que RES. ¿Ser qué, además? SER era todo. ¿Cómo tomar esta palabra, por otra parte, como sustantivo o como verbo infinitivo? Durante un rato se rompió la cabeza. Si era un sustantivo tenía el mismo significado infinito y por lo tanto inútil que COSA. Si era un verbo infinitivo carecía de complemento, pues no indicaba lo que era necesario ser. Esta vez sí se hundió profundamente en un sueño desencantado. En los días siguientes bajó a menudo a Tarma en las tardes sin un motivo preciso, daba una vuelta por la plaza, entraba a una tienda o se metía al cine. Los nativos, sorprendidos por esta reaparición, después de tantos meses de encierro, lo acogieron con simpatía. Lo notaron más sociable y aparentemente con ganas de divertirse. Aceptó incluso asistir a un gran baile que don Armando Santa Lucía daba en su residencia, pues había ganado el premio al mejor productor de papas de la región. Como siempre Silvio encontró en esta reunión a lo mejor de la sociedad tarmeña ya la más escogida gente de paso, así como a las solteronas de los años pasados que, más secas y arrugaditas, habían alcanzado ese grado crepuscular de madurez que presagiaba su pronto hundimiento en la desesperación. Silvio se entretuvo conversando con los hacendados, escuchando sus consejos para renovar su ganado y mejorar su servicio de distribución de leche, pero cuando empezó el baile una idea artera le pasó por la mente, una idea que surgió como un petardo del trasfondo de su ser y lo cegó: no era una palabra lo que se escondía en el jardín, era una sigla. Sin que nadie comprendiera por qué, abandono súbitamente la reunión y tomó la última camioneta que iba a la montaña y que podía dejarlo de paso en la puerta de su hacienda. Apenas llegó se acomodó frente a su mesa y escribió una vez más la palabra RES. Como no se le ocurría nada la invirtió y escribió SER. De inmediato se le apareció la frase Soy Excesivamente Rico. Pero se trataba evidentemente de una formulación falsa. No era un hombre rico, ni mucho menos excesivamente. La hacienda le permitía vivir porque era solo frugal. Volvió a examinar las letras y compuso Serás Enterrado Rápido, lo que no dejó de estremecerlo, a pesar de que le pareció una profecía infundada. Pero otras frases fueron desalojando a la anterior: Sábado Entrante Reparar, ¿reparar qué? Solo Ensayando Regresarás, ¿adónde? Sócrates Envejeciendo Rejuveneció, lo que era una fórmula estúpida y contradictoria. Sirio Engendro Rocío, frase dudosamente poética y además equívoca, pues no sabía si se trataba de la estrella o de un habitante de Siria. Las frases que se podían componer a partir de estas letras eran infinitas. Silvio llenó varias páginas de su cuaderno, llegando a fórmulas tan enigmáticas y disparatadas como Sálvate Enfrentando Río, Sucedióle Encontrar Rupia o Sóbate Encarnizadamente Rodilla, lo que a la postre significaba remplazar una clave por otra. Sin duda se había embarcado en un viaje sin destino. Aún por tenacidad ensayo otras frases. Todas lo remitían a la incongruencia.

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Durante meses se abandonó a ese simulacro de la felicidad que es la rutina. Se levantaba tarde, tomaba varios cafés acompañados de su respectivo cigarro, daba una vuelta por las arcadas, impartía órdenes a los Pumari, bajaba de cuando en cuando a Tarma por asuntos fútiles y cuando realmente se aburría iba a Lima donde se aburría más. Como seguía sin conocer a nadie en la capital, vagaba por las calles céntricas entre miles de transeúntes atareados, compraba tonterías en las tiendas, se pagaba una buena comida, se atrevía a veces a ir a un cabaret y rara vez a fornicar con una pelandusca, de donde salía siempre insatisfecho y desplumado. Y regresaba a Tarma con el vacío en el alma, para deambular por sus tierras, aspirar una rosa, gustar un durazno, hojear viejos periódicos y aguardar ansioso que llegaran las sombras y acarrearan para siempre los escombros del día malgastado. Una mañana que paseaba por el rosedal se encontró, con Felícito Pumari, que se encargaba del jardín, y le preguntó qué modo seguía para mantenerlo floreciente, cómo regaba, dónde plantaba, qué rosales sembraba, cuándo y por qué. El muchacho le dijo simplemente que él se limitaba a reponer y resembrar las plantas que iban muriendo. Y siempre había sido así. Su padre le había enseñado y a su padre su padre. Silvio creyó encontrar en esta respuesta un estímulo: había un orden que se respetaba, el mensaje era trasmitido, nadie se atrevía a una transgresión, la tradición se perpetuaba. Por ello volvió a inclinarse sobre sus claves, comenzando por el comienzo, y se esforzó por encontrarles si no una explicación por lo menos una aplicación. RES era una palabra clarísima y no necesitaba de ningún comentario. E impulsado por la naturaleza de su fundo y los consejos de los hacendados se dedicó a incrementar su ganado, adquirió sementales caros y vacas finas y luego de sapientes cruces mejoró notablemente el rendimiento de sus reses. La producción de leche aumentó en un cien por ciento, tuvo necesidad de nuevas carretas para el reparto y el renombre de su establo ganó toda la región. Al cabo de un tiempo, sin embargo, la hacienda llegó a su rendimiento óptimo y se estancó. Al igual que el ánimo de Silvio, que no encontraba mayor placer en haber logrado una explotación modelo. Su esfuerzo le había dado un poco más de beneficios y de prestigio, pero eso era todo. Él seguía siendo un solterón caduco, que había enterrado temprano una vocación musical y seguía preguntándose para qué demonios había venido al mundo. Abandonó entonces sus cruces bovinos y dejó de supervigilar la marcha del establo. Por pura ociosidad se había dejado crecer una barba rojiza y descuidada. Por la misma razón volvió a interesarse por su clave, que seguía indescifrable sobre su mesa. RES=COSA. COSA. Muy bien. Se trataba tal vez de adquirir muchas cosas. Hizo entonces una lista de laque le faltaba y se dio cuenta que le faltaba todo. Un avión, por ejemplo, un caballo de carrera, un mayordomo hindú, una corbata con puntitos rojos, una lupa y así indefinidamente. Otra vez se encontraba enfrentado al infinito. Decidió entonces que lo que debía hacer era la lista de las cosas que tenía y empezó por su dormitorio: una cama, una mesa de noche, dos sábanas, dos frazadas, tres lámparas, un ropero, pero apenas había llenado algunas hojas de su cuaderno se encontró con problemas insolubles: las figuras del empapelado, por ejemplo, ¿eran una o varias cosas? ¿Tenía que anotar y describir una por una? Y si salía a la huerta, ¿tenía que contar los árboles y más aún los duraznos y peor todavía las hojas? Era una estupidez, pero también por ese lado lo cercaba el infinito. Pensó incluso que si no poseyera sino su cuerpo hubiera pasado años contando cada poro, cada vello y catalogando estas cosas, puesto que le pertenecían. Es así que tirando su inventario al aire examinó nuevamente su fórmula e invirtiéndola se acodó frente a la palabra SER. Y esta vez le resultó luminosa. SER era no solamente un verbo en infinitivo sino una orden. Lo que él debía hacer era justamente SER. Se interrogó entonces sobre lo que debía ser y en todo caso descubrió que lo que nunca debía haber sido era lo que en ese momento estaba siendo: un pobre idiota rodeado de vacas y eucaliptos, que se pasaba días íntegros encerrado en una casa baldía combinando letras en un cuaderno. Algunos proyectos de SER le pasaron por la cabeza. SER uno de esos dandis que se paseaban por el jirón de la Unión diciéndoles piropos a las guapas. SER un excelente lanzador de jabalina y ganar aunque sea por unos centímetros a esa especie de caballo que había en el colegio y que arrojaba cualquier objeto, fuera, redondo, chato o puntiagudo, a mayor distancia que nadie. O ser, ¿por qué no? lo que siempre había querido ser, un violinista como Hasha Heifetz, por ejemplo, cuya foto vio muchas veces de niño en la revista Life, tocando su instrumento con los ojos cerrados, ante una orquesta vestida de impecable smoking y un auditorio arrebatado.

La idea no le pareció mala y desenterrando su instrumento lo sacó de su funda y reinició los ejercicios de su niñez. A esta tarea se aplicó con un rigor que lo sorprendió. En un par de meses, a razón de cinco o seis horas diarias; alcanzó una habilísima digitación y meses después ejecutaba ya solos y sonatas con una rara virtuosidad. Pero como había llegado a un tope tuvo necesidad de un profesor. La posibilidad de tener que viajar para ello a Lima lo desanimó. Felizmente, como a veces ocurre en la provincia, había un violinista oscuro, que tocaba en misas, entierros y matrimonios y que era músico y ejecutante genial, a quien el hecho de medir un metro treinta de estatura y haber vivido siempre en un pueblo serrano lo habían sustraído a la admiración universal. Rómulo Cárdenas se entusiasmó con la idea de darle clases y sobre todo vio en ello la posibilidad de realizar el sueño de toda su vida, incumplido hasta entonces, pues era el único violinista de Tarma: tocar alguna vez el concierto para dos violines de Juan Sebastián Bach. Pero allí estaba Silvio Lombardi. Durante semanas Rómulo vino todos los días a El Rosedal y ambos, encerrados en la antigua capilla, trabajaron encarnizadamente y lograron poner a punto el concierto soñado. Los Pumari no podían entender cómo este par de señores se olvidaban hasta de comer para frotar un arco contra unas cuerdas produciendo un sonido que, para ellos, no los hacía vibrar como un huayno. Silvio pensó que ya era tiempo de pasar de la clandestinidad a la severidad y tomó una determinación: dar un concierto con Cárdenas. E invitar a El Rosedal a los notables de Tarma, para retribuirles así todas sus atenciones. Hizo imprimir las tarjetas con quince días de anticipación y las distribuyó entre hacendados, funcionarios y gente de paso. Paulo Pumari repintó la vieja capilla, colocó bancas y sillas y convirtió la vetusta habitación en un auditorio ideal. Los hacendados tarmeños recibieron la invitación perplejos. ¡Lombardi invitaba a El Rosedal y para escucharlo tocar el violín a dúo con ese enano de Cárdenas! No se decía en la invitación si habría luego comida o baile. Muchos tiraron la tarjeta a la papelera, pensando luego decir que no la habían recibido, pero algunos se constituyeron el sábado en la hacienda de Silvio. Era una ocasión para echar una mirada a esa tierra evasiva y ver como vivía el italiano. Silvio había preparado una cena para cien personas, pero solo vinieron doce. La gran mesa que había hecho armar bajo las arcadas tuvo que ser desmontada y terminaron todos en el comedor de diario, en los altos de la casa. Después del café fueron a la capilla y se dio el concierto. Mientras ejecutaban la partitura Silvio comprobó de reojo que solo había once personas y nunca pudo descubrir quién era el duodécimo que se escapó o que se quedó en el comedor tomándose un trago más o repitiendo el postre. Pero el concierto fue inolvidable. Sin el socorro de una orquesta, Silvio y Rómulo se sobrepasaron, curvado cada cual sobre su instrumento crearon en esos momentos una estructura sonora que el viento se llevó para siempre, perdiéndose en las galaxias infinitas. Los invitados aplaudieron al final sin ningún entusiasmo. Era evidente que les había pasado por las narices un hecho artístico de valor universal sin que se diesen cuenta. Más tarde, con los tragos, felicitaron a los músicos con frases hiperbólicas, pero no habían escuchado nada, Juan Sebastián Bach pasó por allí sin que le vieran el más pequeño de sus rizos. Silvio siguió viendo a Cárdenas y ejecutando con él en la capilla: bajo las arcadas y aun en pleno rosedal, solitarios conciertos, verdaderos incunables del arte musical sin otros testigos que las palomas y las estrellas. Pero poco a poco fue distanciándose de su colega, terminó por no invitarlo más y refundió su violín en el fondo del armario. Lo hizo sin júbilo, pero también sin amargura, sabiendo que durante esos días de inspirada creación había sido algo, tal vez efímeramente, una voz que se perdió en los espacios siderales y que, como la luz, acabó por hundirse en el reino de las sombras. Por entonces se le cayó un incisivo y al poco tiempo otro y por flojera, por desidia, no se los hizo reponer. Una mañana se dio cuenta de que la mitad derecha de su cabeza estaba cubierta de canas. La mayor parte de los vidrios de la galería estaban quebrados. En las arcadas descubrió durante un paseo peroles con leche podrida. ¿Por qué, Dios mío, donde pusiera la mirada, veía instaurarse la descomposición, el apolillamiento y la ruina? Un paquete que recibió de Lima lo sacó un momento de sus cavilaciones. En su época de furioso criptógrafo había encargado una serie de libros y solo ahora le llegaban: diccionarios, gramáticas, manuales de enseñanza de lenguas. Lo revisó someramente hasta que descubrió algo que lo dejó atónito: RES quería decir en catalán nada. Durante varios días vivió secuestrado por esta palabra. Vivía en su interior escrutándola por todos lados, sin encontrar en ella más que lo evidente: la negación del ser, la vacuidad, la ausencia. Triste cosecha para tanto esfuerzo, pues él ya sabía que nada era él, nada el rosedal, nada sus tierras, nada el mundo. A pesar de esta certeza siguió abocado a sus tareas habituales, en las que ponía un empeño heroico, comer, vestirse, dormir, lavarse, ir al pueblo, durar en suma y era como tener que leer todos los días la misma página de un libro pésimamente escrito y desprovisto de toda amenidad.

*
Hasta que un día leyó, literalmente, una página diferente. Era una carta que le llegó de Italia: su prima Rosa le comunicaba la muerte de su padre, don Luigi Cellini, el lejano tío que don Salvatore había detestado tanto. Rosa había quedado en la miseria, con una hija menor, pues su marido, un tal Lucas Settembrini, había fugado del hogar años antes. Le pedía a Silvio que la recibiera en la hacienda, ocuparía el menor espacio posible y se encargaría del trabajo que fuese. Si el viejo Salvatore no estuviese ya muerto hubiera reventado dé rabia al leer esta carta. Así pues se había roto el alma durante cuarenta años para que al final su propiedad albergara y mantuviera a la familia del abusivo Luigi. Pero no fueron estas consideraciones lo que movieron a Silvio a dilatar su respuesta, sino la aprensión que le producía tener parientes metidos en la casa. Adiós sus hábitos de solterón, tendría que afeitarse, quitarse el saco de pijama, comer con buenos modales, etc. Como no sabía qué buen pretexto invocar para denegar el pedido de su prima, decidió mentir y decirle que iba a vender la hacienda para emprender un largo viaje alrededor del mundo que culminaría, según le pareció mí buen remate para su embuste, en un monasterio de oriente, dedicado a la meditación. Cuando resolvió escribir su respuesta cogió la carta de la prima para buscar la dirección y la releyó. Y solo al final de la misiva notó algo que lo dejó vibrando, en una difusa ensoñación: su prima firmaba Rosa Eleonora Settembrini. ¿Qué había en esta firma de particular? No tuvo necesidad de romperse la cabeza. Las iniciales de ese nombre formaban la palabra RES. Silvio quedó indeciso, apabullado, sin saber si debía dar crédito a este descubrimiento y llevar su indagación adelante. ¿Estaría al fin en posesión del verdadero sentido de la clave? ¡Tantas búsquedas había emprendido,seguidas de tantas decepciones! Al fin decidió someterse una vez más a los designios del azar y contestó la carta afirmativamente, enviando además, como pedía su ponía el dinero para los pasajes.

*
Las Settembrini llegaron a Tarma al cabo de tres meses, pues por economía habían viajado en un barco caletero que se detuvo en todos los puertos del mundo. Silvio había hecho arreglar para ellas dos dormitorios en un ala apartada de los altos. Ambas aparecieron en El Rosedal sin previo aviso; en la camioneta del mecánico Lavander, que excepcionalmente hacía de taxi. Silvio aguardaba el atardecer en una perezosa de la galería y se acariciaba la barba rojiza atormentado por uno de los tantos problemas que le ofrecía su vida insípida: ¿debía o no venderle uno de sus sementales a don Armando Santa Lucía? Apenas ellas atravesaron el portón y se detuvieron en el patio de tierra, seguidas por Lavander que cargaba las maletas, Silvio se puso de pie movido por un invencible impulso y tuvo que apoyarse en la baranda de madera para no caer. No era su prima ni por supuesto Lavander lo que lo sacudieron sino la visión de su sobrina que, apartada un poco del resto, observaba admirativa la vieja mansión, con la cabeza inclinada hacia un lado: esa tierra secreta, ese reino decrépito y desgobernado, recibía al fin la visita de su princesa. Esa figura no podía proceder más que de un orden celestial, donde toda copia y toda impostura eran imposibles. Roxana debía tener quince años. Silvio comprobó maravillado que su italiano, que no hablaba desde que murió su madre, funcionaba a la perfección, como si desde entonces hubiera estado en reserva, destinado a convertirse, por las circunstancias, en una lengua sagrada. Su prima Rosa, contra su promesa, ocupó desde el comienzo toda la casa y toda la hacienda. Avinagrada y envejecida por la pobreza y el abandono de su marido, se dio cuenta de que El Rosedal era más grande que el pueblo de Tirole, que alguien podía tener más de cien vacas y se aplicó al gobierno del fundo con una pasión vindicativa. Una de las primeras cosas que ordenó, puesto que Silvio formaba parte de la hacienda, fue que reparara su dentadura, así como hizo reponer todos los vidrios rotos de la galería. Silvio no volvió a ver más camisas sucias tiradas por el suelo, porongos con leche podrida en los pasillos, ni cerros de duraznos comidos por los moscardones al pie de los frutales. El Rosedal comenzó a fabricar quesos y mermeladas y, saliendo de su estacionamiento, entró en una nueva era de prosperidad.

Roxana había cumplido los quince años en el barco que la trajo y parecía que los seguía cumpliendo y que nunca dejaría de cumplirlos. Silvio detestaba la noche y el sueño, porque sabía que era tiempo sustraído a la contemplación de su sobrina. Desde que abría los ojos estaba ya de pie, rogándole a Etelvina Pumari que trajera la leche más blanca, los huevos más frescos, el pan más tibio y la miel más dulce para el desayuno de Roxana. Cuando en las mañanas hacía con ella el habitual paseo por la huerta ingresaba al dominio de lo inefable. Todo lo que ella tocaba resplandecía, su más pequeña palabra devenía memorable, sus viejos vestidos eran las joyas de la corona, por donde pasaba quedaban las huellas de un hecho insólito y el perfume de una visita de la divinidad. El embeleso de Silvio se redobló cuando descubrió que Roxana tenía por segundo nombre Elena y que, apellidándose Settembrini, reaparecía en sus iniciales la palabra RES, pero cargada ahora de cuánto significado. Todo se volvía clarísimo, sus desvelos estaban recompensados, había al fin descifrado el enigma del jardín. De puro gozo ejecutó una noche para Roxana todo el concierto para violín de Beethoven, sin comerse una sola nota, se esmeró en montar bien a caballo, se tiñó de negro la parte derecha de su pelambre y se aprendió de memoria los poemas más largos de Rubén Darío, mientras Rosa se incrustaba cada vez más en la intendencia de la hacienda, secundada por la tribu desconcertada de los Pumari, y dejaba que su primo se deleitara en la educación de su hija. Silvio había concebido planes grandiosos: fundar y financiar una universidad en Tarma, con una pléyade de profesores ricamente pagados, para que Roxana pudiera hacer sus estudios como alumna única; enviar sus medidas a costureros de París para que regularmente le expidieran los modelos más preciosos; contratar un cocinero de renombre ecuménico con la misión de inventar cada día un plato nuevo para su sobrina; invitar al papa en cada efemérides religiosa para que celebrara la misa en la capilla de la hacienda. Pero naturalmente que tuvo que reajustar estos planes a la modestia de sus recursos y se limitó a poner le una profesora de español y otra de canto, hacerle sus trajes con una solterona del lugar y obligar a Basilia Pumari a que se pusiese delantal y toca al servir, lo que arruinó su belleza nativa y la convirtió en un mamarracho colosal. * Este período de beatitud empezó en un momento a enmohecerse. Silvio notó que Roxana disimulaba a veces un bostezo tras su mano cuando él hablaba o que el foco de su mirada estaba situado en un punto que no coincidía con su presencia. Silvio le había narrado ya diez veces su infancia y su juventud, adornándolas con la imaginación de un cuentista persa, y le había ejecutado en interminables veladas toda la música para violín que se había escrito desde el Renacimiento. Roxana, por su parte, conocía ya de memoria toda la hacienda, no había alcoba en la cual no. hubiera introducido su grácil y curiosa naturaleza, era incapaz de extraviarse en el laberinto del jardín, para cada árbol de la huerta tenía una mirada de reconocimiento, todos los meandros del río conservaban la huella de sus pisadas y los eucaliptos del bosque la habían adoptado como su deidad. Pero había algo que Roxana ignoraba: la palabra escondida en el rosedal. Silvio no le había hablado nunca de esto, pues era su más preciado secreto y quien quisiese descubrirlo tenía, como él, que pasar por todas las pruebas de una iniciación. Pero como Roxana tendía cada vez más a distraerse y su espíritu se escapaba a menudo de los límites de la heredad, decidió recobrar su atención poniéndola sobre la pista de este enigma. Le dijo así un día que en la hacienda había algo que ella nunca encontraría. Picada su curiosidad, Roxana reanudó sus andares por la hacienda, en busca de lo oculto. Silvio no le había dado mayores indicios y ella no sabía en consecuencia si se trataba de un tesoro, de un animal sagrado o de un árbol de la Sabiduría. En sus recorridos parecía que iba encendiendo las luces de habitaciones invisibles y Silvio tras ella, sombrío, apagándolas. Como al cabo de un tiempo no descubría nada se irritó, exigió más detalles y como Silvio rehusó dárselos se molestó diciéndole que era malo y que ya no lo quería. Silvio quedó muy afligido, sin saber qué partido tomar. Fue entonces cuando Rosa salió de la sombra y le dio el golpe de gracia.

*
Rosa había puesto ya orden en la hacienda y dado por concluida la primera etapa de su misión. Esa codiciada propiedad, más floreciente que nunca, les pertenecería de pleno derecho cuando Silvio desapareciera. Pero había otras propiedades más grandes en Tarma. En sus frecuentes viajes a la ciudad había tenido ocasión de informarse e incluso de visitar fundas con miles de cabezas de ganado. Para acceder a ellos tenía un instrumento irremplazable: Roxana. Inversamente, los ganaderos tarmeños habían intuido que la presencia de esa niña era tal vez la ocasión soñada para entrar al fin en posesión de El Rosedal. Roxana nunca había puesto los pies en Tarma, cautiva como la había tenido el encanto de la hacienda y los cuidados de Silvio, pero se sabía de ella y de su belleza por los decires de sus profesoras. De este modo, intereses contrarios pero convergentes se pusieron simultáneamente en marcha, con fines mezquinamente nupciales, que implicaban a la postre la sustracción de Roxana al imperio de su tío. Todo coincidió con la feria de Santa Ana y con el aniversario de Roxana, que cumplía dieciséis años. Rosa dijo que ya era tiempo de que esa niña frecuentara un poco de mundo, al mismo tiempo que una delegación de hacendados vino a El Rosedal para rogarle a Silvio que fuera mayordomo de la feria. Esto último era más que un honor una dignidad, perseguida por todos los señores, pero que implicaba en contrapartida la organización de grandes y costosos festejos en los que participaba toda la comunidad. Silvio se dijo por qué no, quizás la solución era que Roxana se distrajera, eso le volvería el resplandor que día a día iba perdiendo y tal vez el júbilo de vivir en El Rosedal. Decidió entonces reunir el aniversario de su sobrina y la feria en una gran fiesta, en cuyo preparativo se abocó durante un mes como si fuese el hecho más importante de su vida. Hizo aplanar y arreglar el patio de la hacienda, repintar nuevamente la fachada, colocar maceteros con flores en las arcadas, adornar con faroles la galería y limpiar los senderos del jardín y la huerta de pétalos y frutos caídos. Aparte de ello contrató artificieros chinos para el castillo de fuego, un elenco de bailarines de Acobamba, otro de músicos de Huancayo y un equipo de maestros de la pachamanca para que cocieran bajo tierra reses, puercos, carneros, gallinas, cuyes y palomas, aparte de todas las legumbres y hortalizas del valle. En cuanto al bar, dio carta blanca al Hotel Bolívar de Tarma para que surtiera la reunión de todas las bebidas regionales y extranjeras. La fiesta pasó a los anales de la provincia. Desde antes del mediodía empezaron a llegar los invitados por los cuatro caminos del mundo. Algunos vinieron en automóvil, pero la mayor parte en caballos ricamente enjaezados, con arneses y estribos de plata repujada. Los hombres llevaban el traje tradicional: botas de becerro, pantalón de montar de pana, chaqueta de cuero o paño, pañuelo anudado al cuello, sombrero de fieltro y poncho terciado al hombro, esos ponchos de vicuña tan finamente tejidos que pasaban íntegros por un aro de matrimonio. Las mujeres se habían dividido entre amazonas y ciudadanas, según fueran esposas de hacendados o de funcionarios. Serían en total unas quinientas personas, pues Silvio había invitado a propietarios de lugares tan lejanos como Jauja, Junín o Chanchamayo. Y de estas quinientas personas casi la mitad, eran hijos de los hacendados. No se sabía de dónde hablan salido tantos. Vestidos al igual que sus padres, pero en colores más vivos, casi todos en briosas cabalgaduras, formaron de inmediato como un bullicioso corral de arrogantes gallitos, cada cual más apuesto y lucido que el otro. Todo se desarrolló de acuerdo con lo previsto, salvo el instante en que Roxana se hizo presente, y abrió una grieta de silencio
y de estupor en la farándula. Rosa había imaginado una puesta en escena teatral: alfombrar la escalera que bajaba de la galería y hacerla descender al son de un vals vienés. Silvio pensó algo mejor: hacerla aparecer desde los aires gracias a un procedimiento mecánico o extraerla de una torta descomunal. Pero finalmente renunció a estos recursos barrocos, confiado en la majestad de su sola presencia y simplemente hubo un momento en que Roxana estuvo allí y todo dejó de existir.

Un círculo enmudecido la rodeó y nadie se atrevía a avanzar ni a hablar. A Silvio mismo le costó trabajo dar el primer paso y tuvo que hacer un esfuerzo para acercarse a la dama más próxima
y presentarle a su sobrina. Los saludos continuaron y el barullo se reinició. Pero otro círculo más restringido se formó, el de los jóvenes, que luego de la presentación ensayaban la galantería. Enamorados fulminantemente y al unísono, hubieran sido capaces dé batirse a trompadas o fuetazos si es que la presencia de sus padres y un resto de decoro no los obligara a cierta continencia. Después de los aperitivos y del almuerzo empezó el baile. Silvio lo inauguró en pareja con Roxana, pero sus obligaciones de anfitrión lo pusieron en brazos de señoras que lo fueron alejando cada vez más del foco de la reunión. Desde la periferia vio como Roxana iba siendo solicitada por una interminable hilera de bailarines, que se esforzaban por cumplir esa tarde la más brillante de sus performances. ¡Y eran tantos además que nunca terminaría de conocerlos! El baile prosiguió interrumpido por brindis, bromas y discursos hasta que Silvio, compartido entre atenciones a señoras y apartes con señores, se dio cuenta de que Roxana hacía rato que no cambiaba de pareja. Y su caballero era nada menos que Jorge Santa Lucía, joven agrónomo reputado por la solidez de su contextura, la grandeza de su hacienda, la amenidad de su carácter y la hermosura de sus pretendientes. En el torbellino los perdió de vista, iba oscureciendo, tuvo que dar órdenes para que iluminaran los faroles de la galería y nuevamente regresó al patio, la mirada indagadora en el ánimo inquieto. Roxana seguía bailando con su galán y nunca vio en su rostro expresión de tan arrobadora alegría. Aún hizo otros brindis, bailó incluso con su prima Rosa que se enroscó en sus hombros como una melosa bufanda, ordenó que fueran previniendo a los artificieros y cuando oscurecía se sintió horriblemente cansado y triste. Era el alcohol tal vez, que casi nunca probaba, o el ajetreo de la fiesta o el exceso de comida, pero lo cierto es que le provocó retirarse a los altos y lo hizo sin que nadie se percatara de ello o intentara retenerlo. Apoyado en el barandal, en la penumbra, contempló la fiesta, su fiesta, que iba cobrando un ritmo frenético a medida que pasaban las horas. La orquesta tocaba a rabiar, las parejas sacaban polvo del suelo con sus zapateos, los bebedores copaban la mesa del bar, bailarines acobambinos disfrazados de diablos ensayaban saltos mortales cerca de las arcadas. Y Roxana, ¿dónde estaba? En vano trató de ubicarla. No era esta, ni esta, ni esta. ¿Dónde la fontana de fuego, la concha de la caverna oscura, la doble manzana de la vida?

Desalentado entró en su dormitorio cogió su violín, ensayó algunos acordes y salió con su instrumento a la galería. La recorrió de un extremo a otro hasta que se detuvo frente a la puerta que llevaba al minarete. Hacía años que no subía. La puerta tenía un viejo cerrojo del cual solo él conocía el secreto. Luego de abrirlo trepó trabajosamente por los peldaños apolillados
y las cuerdas vencidas. Al llegar al reducido observatorio cubierto de tejas observó el rosedal y buscó el dibujo. No se veía nada, quizás porque no había bastante luz. Por algún lado lucía una mata de rosas blancas, por otro una de amarillas. ¿Dónde estaba el mensaje? ¿Qué decía el mensaje? En ese momento empezaron los fuegos de artificio y el cielo resplandeció. Luminarias rojas, azules, naranja ascendían alumbrando como nunca el rosedal. Silvio trató otra vez de distinguir los viejos signos, pero no veía sino confusión y desorden, un caprichoso arabesco de tintes, líneas y corolas. En ese jardín no había enigma ni misiva, ni en su vida tampoco. Aún intentó una nueva fórmula que improvisó en el instante: las letras que alguna vez creyó encontrar correspondían correlativamente a los números y sumando estos daban su edad, cincuenta años, la edad en que tal vez debía morir. Pero esta hipótesis no le pareció ni cierta ni falsa y la acogió con la mayor indiferencia. Y al hacerlo se sintió sereno, soberano. Los fuegos artificiales habían cesado. El baile se reanudó entre vítores, aplausos y canciones. Era una noche espléndida. Levantando su violín lo encajó contra su mandíbula y empezó a tocar para nadie, en medio del estruendo. Para nadie. Y tuvo la certeza de que nunca lo había hecho mejor.

París, 29 de agosto de 1976



viernes, 26 de junio de 2009

PRIMER ACERCAMIENTO A "LA TENTACION DEL FRACASO" DE JULIO RAMON RIBEYRO

PRIMER ACERCAMIENTO

A "LA TENTACION DEL FRACASO"

DE JULIO RAMON RIBEYRO

Sergio R. Franco


   

En los últimos tiempos, la prosa hispanoamericana, usualmente constreñida a unos cuantos géneros o formas, ha comenzado a explorar diversas modalidades expresivas. Una de las más interesantes, por su desarrollo y posibilidades, es el diario íntimo. Es bueno recordarlo precisamente para ubicar históricamente los tres tomos de La Tentación del Fracaso, Diario Personal de Julio Ramón Ribeyro -los tres primeros de una larga serie- que analizaré en el presente trabajo. No cabe descartar que los volúmenes restantes cuestionen lo que aquí se diga. En todo caso, no pretendo sino esbozar una primera lectura de la obra y el reconocimiento de algunas de sus líneas de fuerza.

La publicación, en 1992, del primer volumen de La Tentación del Fracaso constituyó una inflexión importante en la prosa peruana, y acaso hispanoamericana. La primera impresión que sucitó fue que Ribeyro abandonaba su parquedad característica, e incluso la producción paratextual más inmediatamente ligada a la obra acude a esta idea y la subraya como una de sus novedades mayores; la otra sería la opción de género literario.

En realidad, la aparición de este diario resultaba si bien no previsible, cuando menos poco sorpresiva para quienes habían seguido la trayectoria del autor. A ese respecto, cabe recordar que durante los ochenta se editaron obras de Ribeyro de marcado tono reflexivo y aun confesional: una nueva edición de Prosas apátridas (1986); Sólo para fumadoresDichos de Luder (1989). Todos estos textos, y también los Relatos Santacrucinos (1992) -así como, desde luego, los tres primeros tomos de La Tentación del Fracaso- revelan que la producción del autor había ingresado a una nueva fase creativa, caracterizada por la preeminencia de lo autobiográfico y lo moralizante. (1987);

Por lo que concierne a la carencia de precedentes, para limitarnos al caso de la prosa peruana, ella, me parece, es tal. Podría objetarse que José María Arguedas dejó un diario conformado por cuatro textos que son otras tantas etapas de una sola ruta mórbida; y que si bien los diarios no son frecuentes entre nosotros, algunos hay: el de José García Calderón y el de Alberto Jochamowitz (ambos redactados en francés), sobre cuya pista nos ponía el propio Ribeyro en un artículo que data de 1974 y que recoge en su libro La caza sutil. Por eso, prefiero matizar lo anterior y decir que hay en el diario de Julio Ramón Ribeyro una novedosa sapiencia: el acendrado rigor en el diseño o plan de una obra que en un principio parece irse haciendo de manera asaz espontánea, pero en la cual se manifiestan rápidamente un gusto y un conocimiento que otorgan al autor de La Tentación del Fracaso un "oficio" de diarista, él sí, inédito.

El diario

El diario es uno de los modos que asume la Dicción Biográfica, la cual comprende, además, a las memorias, la autobiografía y las confesiones, modalidades que ciertos estudiosos denominan Géneros Introvertidos. Se trata de una forma de narración intercalada, de temática autobiográfica, bastante libre en lo que atañe al estilo y la composición. En el diario, así como en las memorias, confluyen tres instancias que se identifican en un solo sujeto: el autor, el protagonista y el narrador. Desde una perpectiva estrictamente narratológica no existe ninguna diferencia entre el diario de un escritor y el de cualquier otro individuo. Constituye un error, por tanto, establecer "subgéneros" diarísticos según quién emita el texto.

Todo diario se plantea como un texto problemático en tanto que su referente pesa como elemento de verificación, a diferencia de lo que acontece con formas narrativas en las que se alude a existentes, acciones y mundos posibles distintos a los de la experiencia del eje autor-auditorio (narrativa artificial, para emplear la denominación de Van Dijk). Antonio García Berrio y J. Huerta Calvo, incluyen al diario entre los géneros didáctico-ensayísticos, es decir entre aquellos que sólo parcialmente contemplan o asumen una intención estética, pues su telos se orienta hacia lo ideológico. Pero no menos cierto es que muchos importantes diaristas suelen trabajar con impresiones antes que con recuerdos elaborados o interpretaciones de los mismos. De lo anterior derivan la inmediatez y vivacidad que tanto aprecian los lectores afectos a este modo expresivo, así como las contradicciones e inconsistencias de muchos juicios de valor. Maurice Blanchot, por su parte, entiende que el diario es un texto del que un autor se vale para retardar el inexorable momento solitario de la escritura.

Si bien el diario fomenta la individuación merced a su dialéctica entre identidad y alteridad, creemos erróneo considerar, como sostiene Seymour Chatman, que el narratario de un diario ha de ser necesariamente el autor mismo. En la actualidad, los diarios (así como las memorias y las biografías) se hallan perfectamente incorporados a la industria editorial y cuentan con un público propio. Por otra parte, y en una entrada interesante aunque contraria a lo que acabamos de indicar, conviene recordar la hipótesis de Iuri Lotman según la cual uno de los rasgos distintivos de trabajo del texto artístico es la divergencia entre el destinatario formal y el destinatario real.

Los lectores de diarios suelen operar con dos a prioris: en primer lugar, consideran la realidad que el texto propone como algo previamente dado, no como el espacio textual construido culturalmente que realmente es. Induce a ello, sin duda, el que los diarios se perciban como textos que proponen mundos comentados desde una perspectiva de locución retrospectiva con relación a lo que se relata, aun cuando por el caracter didáctico-ensayístico mencionado el diario admite, con mucha naturalidad, perspectivas de coincidencia y de anticipación. El segundo a priori consiste en subestimar la importancia de lo siguiente: que la autoría es un sistema social impuesto en el ámbito de la escritura incorporada a los "dialectos de la memoria" de una colectividad.

Tránsitos de una escritura

¿Para qué un diario? Una de esas preguntas "ociosas" que fatiga contestar. No son muchos los diaristas que dediquen a este tema tan constante e inspirada reflexión como Julio Ramón Ribeyro. Tal vez porque para muchos de esos autores la razón de la propia escritura (y de la vida) se imponía con negligente claridad. Es útil detenerse en la anotación del 29 de enero de 1954: el diario es fruto de la hipocresía para con uno mismo, opera como "el derivativo de una serie de frustraciones, que por el solo hecho de ser registradas parecen adquirir un signo positivo" e implica "un problema capital planteado que jamás se resuelve y cuya no solución es precisamente lo que permite la existencia del diario." En 1955, Ribeyro añade a lo anterior, casi de pasada, que intenta hacer de sí mismo un interlocutor (anotación del 30 de septiembre). Empero, un lustro después, ese impulso narcisista -autofágico- ha cedido ante la evidencia del correcto lugar donde el texto se ubica: "comencé a darme cuenta de que el diario formaba parte de mi obra y no solamente de mi vida." (anotación del 8 de enero de 1960). Y en 1969 observará: "Yo no tengo conciencia de mi identidad y si en una época llevé un diario casi cotidiano creo que fue para salvar mi identidad de los avatares de una vida morosa, dispersa y vagabunda." (Consecuentemente, la fecha exacta de esta anotación no se precisa).

Ahora bien, me parece detectar que tras una primera temporada de la escritura en que la naturaleza del diario mismo era asumida como motivo de cavilación, sobreviene luego un período en que las observaciones a ese respecto se tornan mínimas y las subdivisiones internas se limitan a precisar fechas: el autor ha aprendido a convivir con esa actividad y ya no necesita interrogarse en demasía. Quince años después de la última anotación, Ribeyro puntualiza cómo concibe su texto: "(...) se trata por lo general de una serie de fragmentos 'informativos' que no pretenden sino dar cuenta esporádicamente de mi vida activa o reflexiva." (9 de diciembre de 1975). En 1977, el autor ya cuenta con la suficiente perspectiva para distinguir tres etapas en esa producción: la primera va de 1950 a 1960. Su "tema": los viajes a Europa. La segunda comprende los diez o doce años que permaneció en la agencia France Presse. La tercera, a la que denomina "Década de la Burocracia", el lapso durante el que trabajó en la Embajada Peruana en París y en la Unesco. Ciertamente La Tentación del Fracaso, aun cuando en un comienzo subdividido en varios minidiarios (primer diario limeño, primer diario parisino, diario antuerpense, segundo diario limeño con interludio ayacuchano, etc.), goza de una notoria cohesión de estilo e intención. Hacia 1978 el autor indica, amén de las dudas sobre el valor de la obra o sobre la posibilidad de que ésta halle lectores (temor que no creo que la actualidad confirme), la pretensión de publicar, a manera de globo de ensayo, la primera etapa del conjunto.

Diario y alteridad

La revisión que un escritor lleva a cabo de su diario supone un reencuentro cuya gravedad excede la de una simple relectura: el riesgo de convertirse en censor -no en corrector- de sí mismo y de perderse en dichas páginas. En la anotación del 22 de julio de 1969, Ribeyro confía su deseo de incinerar los diarios que redactó entre 1950 y 1955. (Para ese entonces ya ha destruido los que llevó desde 1946 hasta 1949). Ignoraremos, pues, lo que se escribió en esas páginas como el autor, a su vez y en su tiempo, posiblemente se ignoró. Sabremos lo que podamos atisbar y, si verdaderamente nos interesa o se nos facilita, ejercitaremos el complicado arte de leer entre líneas; intentaremos, tal vez, indagar quién era C. y si todavía vive. En fin, nos entretendremos con algunos datos como quien juega con las fichas de un rompecabezas que no existe. Al autor, por su lado, corresponde un arte mayor: el de representar. La percepción que posee el diarista del "rol" que desempeña ante el narratario extradiegético implícito, otorga al diario un innegable patetismo que incomoda al lector discreto -cuando no lo excita. A muchos otros ciertamente aburrirá, como podría aburrir al autor mismo su propio texto; pero para los primeros es más fácil cambiar de lectura que para el segundo cambiar de vida o de personaje. Esa condena me recuerda la afirmación de Franz Kafka, trivial sólo en apariencia, según la cual el lector de diarios que no lleve uno propio estará siempre ante éstos en una posición falsa.

Lo confesional y la reticencia

Los lectores suelen conjurar la fragmentariedad propia del diario, típico texto acausal, acudiendo a la idea de "trama", con lo que se postula un telos vital. Y un ethos. Esto no escapó a las previsiones de Ribeyro, de manera que advierte al lector: "Lo que me aterroriza es que mi diario, si alguna vez se llega a publicar (...) pueda convertirse en un libro 'formativo', en el sentido en que se encuentre en él algo de ejemplar o recomendable..." (9 de diciembre de 1975). A ese desinterés por lo didascálico sigue una enumeración de carencias personales: "Carezco de voluntad (pues si la tuviera no habría fumado ni bebido durante años para librarme del mal que me mata), de ambición (pues habría aprovechado situaciones privilegiadas para sacar ventaja de ellas), de coraje (pues me habría ido a las guerrillas en 1964), de lealtad (pues debería haber renunciado públicamente a mi cargo cuando cayó Velasco), de previsión (pues debería poner orden en mi vida ahora que me estoy yendo de ella y dejo mujer e hijo) En suma, soy el mal ejemplo, lo que debe descartarse." No descuida atribuirse -alguna virtud ha de tener al fin y al cabo- lucidez y tenacidad para la escritura. Cierto. Quien lea La Tentación del Fracaso se acercará a una vida que en muchos momentos está a punto de naufragar a lo largo de una travesía, tensa y dolorosa, en la que resalta la terca voluntad de vivir y crear que un hombre opone, durante años, al "cangrejo" que le roe las entrañas. Pertinentemente, los pasajes en los que alude a su mal son contenidos y lacónicos; ejemplares de los límites que se ha trazado la confesión. La reserva es la forma de un decir, no su ausencia.

La imagen especular

Lo personal, ese terreno difuso que los seres se empeñan en defender cuando no se desviven por crear. La "trama" del diario de Julio Ramón Ribeyro no es única: los trabajos, los placeres y los días de un joven sudamericano que no puede sino convertirse, paulatinamente y sin que sepa muy bien cómo ni para qué, en escritor. Jugando con una idea de Stendhal, yo me permito sugerir que un diario es el espejo que lleva consigo un autor a lo largo de su ruta.

Lo primero que hay que hacer al escribir un texto es fabricar un hablante. El de La Tentación del Fracaso escoge la claridad, la concisión y la llaneza como los solos elementos a través de los cuales invita al lector a internarse en esa Terra Incognita que es la vida de otro, quienquiera que éste sea. Y después, hace falta un personaje central: en este caso uno que sugiera la imagen de quien escribe. Aparece, entonces, la figura de un achacoso y joven aprendiz de escritor, hiperconsciente, apático, inmune a las modas y a las seducciones de la gloria fácil (o de la gloria simplemente), irremediablemente atrapado por la literatura. Este personaje se mantiene a lo largo de páginas y años, y mientras leemos nos alarma la sensación de tiempo malgastado -el de Julio Ramón Ribeyro y el de nuestra propia lectura-: el relato de diversos acontecimientos, conversaciones, amoríos, frustraciones, aciertos y fracasos no se va traduciendo en una evocación perfecta: la que salva del olvido un instante, un aroma, la textura de la suave piel de una mujer en cuyos cabellos se ovilló, alguna vez, un fulgor. Por el contrario, los datos que proporciona el texto suponen poco más que la minucia. Conforme se avanza con la lectura, el texto mejora y el personaje adquiere vivacidad. En rigor, no es sino hasta las anotaciones de 1965 cuando La Tentación del Fracaso adquiere validez estrictamente literaria, y tanto mejor marcha el texto cuanto más hacia afuera se dirige la atención del protagonista. Así, el punto máximo, hasta el segundo tomo, se halla en la velada con Leopoldo Chariarse (13 de diciembre de 1974). Las maniobras y peripecias del poeta son narradas en un perfecto ritmo vaudevillesco. Desde entonces, el diario fluye con mayor facilidad, encontrando el tiempo para remansarse en consideraciones sobre la literatura y la vida: se prefiere los diarios de Jünger y Léautaud; se critica el amaneramiento con que los personajes de Salinger -cual egresados del Actor's Studio- se comportan; se juzga con justa dureza El Recurso del Método de Carpentier, y con poca perspicacia Aprendizaje de la limpieza, de Rodolfo Hinostroza, o Canto de Sirenas, de Gregorio Martínez. Retengo, sobre todo, una declaración como la siguiente, óptima: "Creo y seguiré creyendo que la duración de una obra reside en gran parte en sus cualidades estrictamente literarias. Por "literarias" entiendo el estilo, las metáforas, la armonía de la frase y de la construcción, elementos en suma sensoriales, sensuales, que muchos escritores negligen. Las ideas pasan, la expresión queda."

Como suele ocurrir en obras de su índole, La Tentación del Fracaso motivará, sin duda, sentimientos ambivalentes. Ello es inevitable con una obra que involucra la vida de manera directa y no rehuye detalles ni apreciaciones en que afloran la sinceridad y el dolor. Así, rememoro la lamentable imagen de Gonzalo More (quien pasa a la historia tan sólo por haber sido amante de Anais Nin) tan peruana, tan sudamericana, en lo que de peor tenemos; me asombra el complejo de Rodolfo Hinostroza con respecto a Mario Vargas Llosa -a este último se le presenta como a un individuo poco flexible ante opiniones discrepantes con la suya-; un par de apariciones de Manuel Scorza basta para hacerlo irremediablemente antipático; Pablo Macera es un joven calculador y los poetas Oscar Málaga (cuya poesía se tilda de "chabacana"), José Rosas Ribeyro, Patrick Rosas Ribeyro y Enrique Verástegui, desleales y políticamente poco consecuentes. Asumir en público apreciaciones duras sobre seres y escritos es, sin duda, un mérito en un medio como el peruano, proclive al elogio fácil e inútil, a la vez que reacio al intercambio de ideas.

Pero hay otras cosas también: Mimí y su mamá, la inquebrantable amistad de Alfredo Bryce y el triste destino de Perucho. Tampoco faltan momentos que marcaron a más de una generación: mayo del 68, la Revolución Peruana, la caída de Allende. Pero la Historia es apenas un eco muy bajo que se pierde entre consideraciones privadas. Ello no me parece un defecto y, por supuesto, no me sorprende. Lo que definitivamente desapruebo es que una X perversa escude la identidad de un ex ministro del Interior del Perú que confiesa a Ribeyro, durante una conversación en París, haber ordenado torturar a una persona (anotación del 27 de agosto de 1978). No interesa en demasía saber quién se oculta tras la letra C ni qué se hizo de Mimí, pero dejarnos sin saber la identidad de dicho funcionario significa una omisión que da miedo. Finalmente, algo que tentativamente definiría como sequedad espiritual -y de corazón- me aleja, a veces, del personaje Ribeyro. He abandonado varias veces la lectura del diario y la he retomado otras tantas, capturado por observaciones memorables ("Lo que deseamos se nos da, pero muy poocas veces en el momento oportuno. Todo llega, sin duda, pero cuando ya no lo necesitamos o cuando lo necesitamos menos o cuando ya no tiene importancia") o triviales pero en cuya simplicidad late cierta fantasía que no ligo de golpe a la figura del autor, como una anotación que deja entrever al amante del fútbol, o cuando proclama la superioridad del chancho peruano sobre el cochon francés.

Estría

¿Y el placer? La respuesta se me dificulta mucho. El placer es intransferible, por eso mis razones son solamente eso, mías. Lo cierto es que cuando comparo La Tentación del Fracaso con otros diarios relevantes, constato una suerte de vacío, de insuficiencia, no en la expresión ni en la factura sino en la inteligencia y en el ritmo vital del personaje. Leo entretenido a los Goncourt y con admiración a Amiel; a Pavese y a Kafka, con cautela; a Jünger, con respeto. La lectura de estos tres tomos proporciona una imagen de Ribeyro paradójicamente exterior. Me explico: una sensación de que, en rigor, las páginas de La Tentación del Fracaso no encierran secreto esencial alguno ni un excesivo interés por lo ajeno. Y por ello desconcierta y atrae la figura de Ribeyro. Porque es engañosamente común.

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© Sergio Ramírez Franco 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/ribeyro.html



lunes, 22 de junio de 2009

JULIO RAMON RIBEYRO, CORTOMETRAJE UN AVENTURA NOCTURNA





RESEÑA: Julio Ramón RIBEYRO. Prosas apátridas


Alpha n.25 Osorno dic. 2007 ALPHA Nº 25 Diciembre 2007 (263)
RESEÑA Julio Ramón RIBEYRO. Prosas apátridas. Barcelona: Seix Barral, 2007, 140 pp.

Después de una primera edición parcial de las Prosas apátridas en 1975, la editorial Seix Barral nos presenta ahora los textos completos de la obra. ¿Qué son estas “prosas apátridas”? No son los textos de un autor sin patria, sino textos en prosa que no caben en ningún otro género literario y que han encontrado su patria en este libro. La lectura de los 200 textos es como una tertulia en un café (¿parisino?) con un interlocutor que nos encanta con sus ideas cada vez nuevas y originales, con su observación minuciosa de la realidad de la vida, con sus comentarios acertados sobre esto o aquello. En textos breves, que van de tres líneas hasta algo más de una página, descubrimos algunos secretos de la vida del autor y de nuestra propia vida. Los temas son múltiples y reflejan la complejidad de la vida. Es lógico que haya varios textos sobre el quehacer literario, el acto de escribir, la relación entre escritor y crítico, sobre la literatura y su responsabilidad social y la inspiración literaria en la vida a través de la memoria del autor.

Al lado de estos textos se encuentran un sinnúmero de textos que van en torno a la filosofía práctica de Ribeyro. Tratan de los “winners and loosers” en la vida, de las clases sociales y sus modales, de los machos mediterráneos, del alcoholismo, de la vida móvil o casera, del dinero y la felicidad, de la relación entre tiempo y espacio, para dar sólo algunos ejemplos. Luego, hay descripciones breves, que hacen pensar en un cuadro de ambiente, poemas en prosa como los textos sobre Andalucía (Nº 59) y París (Nº 190), textos anecdóticos sobre la vida cotidiana del autor, breves esbozos sobre autores como Lezama Lima (Nº 156) o los autores latinoamericanos en general (número 142), textos sobre tipos humanos al estilo de Los caracteres de La Bruyère (p.e. “las pavitas” del texto Nº 168), textos sarcásticos como ésos sobre el proyecto de una editorial francesa que, para mejor venta de los clásicos, los publicará con prefacios de Brigitte Bardot (para Baudelaire), del ciclista Raymond Poulidor (para Proust) y de Jean-Paul Belmondo (para Rimbaud). Algunos textos son sencillamente divertidos como aquél sobre el cuerpo humano y las reglas de la simetría (Nº 121) o el sobre la moda como “un disfraz colectivo” (p. 23).

Es difícil hacer justicia a este libro en las pocas líneas de las que dispone una reseña. Para resumir mi impresión de este libro tan complejo voy a citar el texto Nº 140: “Imaginar un libro que sea desde la primera hasta la última página un manual de sabiduría, una fuente de regocijo, una caja de sorpresas, un modelo de elegancia, un tesoro de experiencias, una guía de conducta, un regalo para los estetas,… un consuelo para los desdichados y un arma para los impacientes. ¿Por qué no escribirlo? Sí, pero, ¿cómo? y ¿para qué?

Las respuestas a las preguntas finales, el “¿cómo?”, es el presente libro y el “¿para qué?” es el dar placer a los lectores.

Ewald Weitzdörfer Zwanzigerstr. 34, 87435 Kempten, Alemania



jueves, 18 de junio de 2009

LO FANTÁSTICO EN LOS CUENTOS DE JULIO R. RIBEYRO

ALPHA Nº 26 Julio 2008 (193-202)

NOTA

LO FANTÁSTICO EN LOS CUENTOS DE JULIO R. RIBEYRO

Ewald Weitzdörfer*

Dirección para correspondencia


El término “fantástico” ha sido estudiado bastante, porque sus formas varían o se acercan a menudo a otros términos similares como lo maravilloso, lo quimérico, lo insólito, etc. El Diccionario Salamanca lo define como un producto “de la fantasía o de la imaginación” y describe el mundo fantástico como “un mundo… lleno de ilusiones y de quimeras opuesto a la realidad”. El Pequeño Larousse lo define como “quimérico, irreal” y agrega que “se habla de un género literario, cinematográfico o artístico, en el que aparecen elementos sobrenaturales e irracionales”. En su estudio En busca del unicornio: Los cuentos de Julio Cortázar (1983), Jaime Alazraki dedica todo un capítulo a las diferentes significaciones del término resumiendo las ideas de las autoridades del género más importantes como Tzvetan Todorov, Roger Caillois o Louis Vax. Catorce años más tarde (1997), Óscar Hahn publica otro estudio sobre lo fantástico seguido de una antología de textos fantásticos hispanoamericanos del siglo XIX. En su libro, Hahn opone a dos teóricos del género fantástico, Tzvetan Todorov e Irène Bessière con sus trabajos de investigación muy sofisticados llegando a una conclusión muy sencilla: “Una condición indispensable para que se produzca lo fantástico es la existencia de acontecimientos a-normales, que contradicen nuestra percepción de lo natural y aun de lo sobrenatural y que, por lo tanto, escapan a nuestros marcos de referencias” (Hahn, 1997: 22). Las investigaciones más recientes no aportan a nada nuevo a la definición de lo fantástico y dan cuenta de la dificultad de definirlo (“Lo fantástico puede ser cualquier cosa para cualquier hombre... Su sustancia es la sustancia de lo que se resiste a ser clasificado, enmarcado, categorizado” (Rodero, 2006: 27).

En lo que sigue, voy a analizar ––siguiendo la definición de Oscar Hahn–– “los acontecimientos a-normales, que contradicen nuestra percepción de lo natural” en algunos cuentos de Julio Ramón Ribeyro.

Por cierto, Ribeyro no es un autor en cuya obra predomine lo fantástico como, por ejemplo, en la de Borges o en la de Cortázar. Sin embargo, en la edición de cuatro volúmenes de sus cuentos completos La palabra del mudo1 se encuentra un pequeño grupo de relatos evidentemente no-realistas. Se trata de los cuentos “Doblaje”, “El libro en blanco”, “La insignia”, “Ridder y el pisapapeles”, “Los jacarandás”, “Demetrio” y “Silvio en el rosedal” (el último no sin reservas). Giovanni Minardi acentúa la importancia de estos textos en el conjunto de la obra del peruano diciendo que Ribeyro “sobresale de manera excelente en el género fantástico” (en Requejo, 1996: 147). Por mi parte al analizar lo no-realista en estos cuentos descubro tres formas de lo fantástico.

La forma más usada por Ribeyro, que observamos en cuatro de los siete cuentos seleccionados, puede ser caracterizada como un fantástico con base pseudocientífica; un tipo de lo fantástico al que se llega partiendo de una situación aparentemente científica, explicable pero que pasa por lo inverosímil o, en palabras de Emilio Carilla, se trata de un fantástico “que está en los límites de la explicación científica y realista” (1968: 20). Este tipo de lo fantástico se descubre en los cuentos “Doblaje”, “El libro en blanco”, “La insignia” y “Demetrio”.2

“Todos tenemos un doble que vive en las antípodas. Pero encontrarlo es muy difícil porque los dobles tienden siempre en efectuar el movimiento contrario” (I: 129). Esas frases citadas de un libro de ciencias ocultas traído de Indiaforman la base pseudocientífica del cuento “Doblaje”. La similitud de dos seres humanos hasta su casi identidad completa, el fenómeno de los sosías, es algo conocido y tiene una tradición literaria desde el Anfitrión de la antigüedad griega hasta nuestros días (Cfr. H.G.Wells, The story of the Late Mr. Elvesham; H. James, The Jolly Corner o J. Cortázar, El otro cielo). César Silva Santiesteban incluso ve en el tema un mito que Otto Rank (citado por él) explica como “una primitiva defensa psicológica contra la destrucción del yo” (2005:6). Claro. Nunca hemos tratado de estudiar este fenómeno a fondo; nos hemos contentado siempre con la apariencia física. Si lo físico de dos personas puede ser idéntico, ¿por qué no sería posible “la identidad de temperamento… y de destino?” (160) se pregunta el narrador del cuento, un pintor ubicado en Londres, que busca en un globo las antípodas de la capital británica. Constata que la ciudad que corresponde a Londres es Sidney y toma el avión para buscar allí su doble. Al llegar a la ciudad australiana se da cuenta de lo absurdo de su idea y siente vergüenza de sus quimeras, de su locura. A pesar de entrar obviamente en razón el narrador, en vez de unos días, como habría previsto, se queda siete semanas, siete por siete días, un tiempo seguramente de valor simbólico para “un inglés que se dedica al ocultismo” (31). La causa de esta estadía prolongada es “un enamoramiento fulminante” (131). Después de algún tiempo, esta historia de amor se hace conflictiva porque, evidentemente, el narrador y Winnie, su amante, no coinciden en “el nivel” sentimental de su amor.

Para el narrador todo es nuevo y para Winnie todo parece rutina. La presencia de mariposas amarillas en las paredes de la casa y en el jardín acompaña poéticamente esta extraña historia de amor. La situación se hace cada vez más insoportable, así que el narrador hace sus maletas y regresa a Londres.

¿Lo fantástico es nada más que la locura de un inglés maniático? Desgraciadamente no, porque obviamente el doble del narrador parece haber vivido todo el tiempo en su casa de Londres desempeñando todos sus compromisos sociales y artísticos. Incluso, un cuadro de la madona, que había dejado en bosquejo estaba terminado y el rostro de la madona era el de Winnie. Para colmo, una mariposa amarilla revoltea alrededor de la lámpara. La idea de lo pseudocientífico del principio, que se había abandonado a lo largo del relato como quimera o locura se establece al final como una realidad innegable, confirmada por la presencia de la encantadora mariposa amarilla. A pesar de la mínima posibilidad de una lectura realista del texto nadie creerá en ella. Efectivamente, se trata de un relato no-realista, posiblemente no fantástico en el sentido de Roger Caillois, quien define la literatura fantástica como “un juego con el miedo” (Caillois, 1970:21) sino, más bien, maravilloso, porque en lo maravilloso, siempre –según Caillois– “el espanto que proviene de la violación de las leyes naturales no tiene ningún lugar” (21).

En el cuento “El libro en blanco”, lo pseudocientífico tiene que ver con la superstición o el azar. Hay tantas situaciones en la vida, que queremos explicar con estos dos fenómenos. Tal como empieza el cuento, “De pura casualidad” (139), el narrador encuentra a Francesca, una amiga a quien no había visto desde hace mucho tiempo. Va con ella a su casa, donde descubre “un libro forrado en damasco y sin ninguna referencia (con) todas sus páginas en blanco” (139). Como este libro le gusta al narrador y como le puede “sacar más provecho” (140) que ella, siendo escritor, Francesca se lo regala. Entonces, empieza un juego fatal: la persona que tiene el libro parece tener que sufrir todo tipo de desgracias. El narrador cae enfermo del estómago, pierde su trabajo y se ve abandonado por su novia. Sin pensar en un efecto nocivo del libro, lo regala un día a Álvaro Chocano, un amigo poeta, “para que escriba (sus) mejores poemas” (142) en él. Chocano recibe el regalo en un momento dichoso de su vida: había entrado en la famosa editorial Gallimard y se había casado con una profesora de liceo. Sin embargo, poco después de recibir el libro Chocano se siente mal; tiene mareos insoportables con dolores de cabeza, debe ser hospitalizado y, al cabo de una semana, muere de un tumor al cerebro. El narrador, en cambio, puede recuperarse de sus males y volver a una vida normal. Después de la muerte de Chocano, el libro vuelve primero al narrador (con los efectos fatales sospechados por el lector); luego a Francesca quien no lo acepta comentando que: “Lo regalado no se devuelve” (145) y otra vez al narrador, que descubre esta vez un poema de Chocano en él. Una línea del poema dice: “Un libro no escrito (puede) conducirte a la muerte” (145). Ahora el narrador parece comprender la fatalidad que lleva conmigo el libro. “Como no tiene en este momento enemigos dignos de este castigo” (145) no lo regala a nadie, lo arroja en un parque en medio de “un tupido parterre de espléndidas rosas” (146). Pero no. La historia no termina con este acto de liberación. Unos días después el narrador pasa de nuevo por el parque y constata que de las esplendidas rosas sólo quedan “las ramas secas sobre un manto de pétalos marchitos” (146). Nuestra experiencia nos dice que hay cosas que traen mala suerte, por eso queda un mínimo núcleo de verosimilitud en este cuento. Sin embargo, la lógica que se establece a lo largo del texto sobrepasa lo que estamos dispuestos a aceptar y, por eso, el cuento se leerá como un cuento no-realista. ¿Cómo caracterizar lo no-realista en este cuento? No creo que sea un cuento fantástico o maravilloso en el sentido de Caillois. Me parece, más bien, un ejemplo de lo inverosímil o de lo inexplicable, pero también se podría pensar en una lectura simbólica de lo no-realista como lo veremos en el caso del cuento “Silvio en el rosedal”. El verso de Chocano nos lleva a esta interpretación: Tener la capacidad de escribir un libro y no hacerlo es como tener un libro en blanco. El rechazo de un don natural es una violación de la naturaleza. Al igual que un libro sin contenido, un libro en blanco constituye una violación de la esencia de un libro, dos tipos de desnaturalización que merecen el castigo correspondiente.

En el cuento “La insignia” el narrador encuentra en un basural del malecón “una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos... incomprensibles” (I: 113). La pone en el bolsillo de su chaqueta y la olvida. Sólo después de recoger la chaqueta de la tienda en la que ésta había sido lavada se decide a usarla, sobre todo, porque el dependiente se la había entregado en una cajita, como algo muy precioso. A partir de este momento el narrador se ve enfrentado a una serie de “sucesos extraños” (113), que no se pueden explicar, pero que siguen una lógica perfectamente comprensible dentro de lo a-normal. La iniciación al mundo no-realista se hace en una librería, donde el patrón se acerca al narrador-personaje diciéndole “con un tono de complicidad, entre guiños y muecas convencionales: “Aquí tenemos algunos libros de Pfeiffer” (113), un autor por quien el narrador no había preguntado y que, además, le “era completamente desconocido” (113) como a cualquier lector del cuento. El segundo acontecimiento no-realista se produce en una plaza de las afueras. Un desconocido le entrega una tarjeta con una dirección y una cita “SEGUNDA SESIÓN: MARTES 4” sin hacer ningún comentario al respecto. Claro, el narrador no podría atribuirle ninguna importancia a esta reunión, pero la curiosidad le hace acudir a esa sesión. Allí se encuentra en un círculo de personas que llevan insignias y asiste a una conferencia de la que no entiende nada. Lo único de lo que se acuerda, después, son unas rayas rojas pintadas en una pizarra por el ponente al final de su presentación. El narrador no puede despedirse de la reunión sin haber hablado con el disertante, quien le da una tarea para la próxima semana: “una lista de todos los teléfonos que empiecen con ”(115), algo que nos parece absurdo. A este deber extraño sigue “una serie de encargos semejantes” (116): “conseguir una docena de papagayos, levantar un croquis del edifico municipal en una ciudad de provincia, arrojar cáscaras de plátano en la puerta de algunas residencias escrupulosamente señaladas, escribir un artículo sobre los cuerpos celestes, adiestrar un mono en gestos parlamentarios” (116). Los dos últimos encargos, llevar cartas y espiar a mujeres exóticas” (116) parecen menos extraños, pero la verdad es que carecen también de sentido. La gente en la casa del narrador, personas sensatas como el lector, desaprueba su comportamiento y le sugieren que consulte a un alienista. Pero el narrador no les hace caso. Al contrario, se dedica cada vez más a estas actividades absurdas. Así, después de un año es “elevado de rango” en ese círculo (116), lo que constituye el principio de una carrera brillante, que culmina en “una renta de cinco mil dólares, casas en los balnearios. Sirvientes con librea, y hasta una mujer encantadora que viene... por las noches sin que... la llame” (117). A pesar de ello el narrador vive “en la más absoluta ignorancia” (117) en cuanto al sentido de la organización, cuya presidencia asumirá al cabo de diez años. Lo único concreto son las “rayas rojas en una pizarra negra” y una posible “explicación que se funda inexorablemente en Cábala” (117). No sé si una interpretación cabalística puede aclarar los acontecimientos extraños de este cuento. Lo leo, más bien, como una parodia en que lo no-realista sería una forma de lo grotesco, una exageración de los comportamientos humanos, que nos hace pensar en un espejo deformador ¿El objeto de la parodia? El sin número de clubes o asociaciones con sus reglas y sus actividades; también las grandes organizaciones internacionales como el club de los leones o de los rotarios o los masones. Esta interpretación va seguramente conforme con la biografía del autor3: Ribeyro seguramente no era un hombre solitario, pero su pequeño mundo familiar y algunos buenos amigos eran lo que él deseaba como vida social. Es interesante en este contexto un comentario de Ribeyro en una carta a Wolfgang A. Luchting, que encontré después de terminar este, en la que rechaza la interpretación del cuento de éste como “una parábola sobre el compromiso político” (Luchting, 1971:238). Ribeyro dice que en los años 1951/52, cuando escribió el cuento, “estaba descartado... de (su) proyecto toda idea de alusión al compromiso político” (Luchting, 1971:246). Más adelante agrega que el motivo para escribir este cuento fue “criticar a un tío (suyo) que, porque se aburría, decidió ingresar a una agrupación llamada Los Caballeros de León” (Luchting, 1971:246). El tío no pudo (o no quiso) darle a Ribeyro ninguna información sobre su secta, sin embargo “lo ascendieron hasta llegar a la más alta jerarquía” (Luchting, 1971:246).

En el “Demetrio” lo fantástico es similar a lo del cuento “Doblaje”. En ambos textos se desarrolla un fenómeno, que hemos observado todos alguna vez en la vida, con una lógica que lo entiende como si fuera un campo de investigación serio. En el caso del “Doblaje” era la existencia del sosías y en el cuento “Demetrio” es el hecho de percibir el tiempo subjetivamente. (Una vez un minuto nos parece una eternidad y, en otra situación, un año nos parece un día). Esta experiencia lleva a Marius Carlen, el narrador, a la conclusión que tienen que existir dos tipos de tiempo: un tiempo real y un tiempo personal. La causa para reflexiones de esta índole es el recientemente encontrado diario de su amigo, el famoso escritor Demetrio von Hagen, fallecido ocho años y nueve meses atrás. Lo interesante del diario es que contiene entradas fechadas después del día de su entierro, el 2 de enero de 1945. La fecha y la hora real al principio del cuento son el 10 de noviembre de 1953, las doce menos cuarto de la noche. En este momento el narrador lee la nota de Demetrio: “El 10 de noviembre de 1953 visité a mi amigo Marius Carlen” (III: 119). ¿Significaría esto la llegada inminente del difunto? Ya había hecho investigaciones referentes a las siguientes anotaciones “póstumas”, la entrada con la fecha del 28 de julio de 1948: “Hoy asistí al sepelio de Ernesto Panclós” (120); otra con la fecha del 14 de abril de 1949, dice: “Esta tarde tomaré el avión para Oslo y visitaré el Museo Nacional de la ciudad” (120) y la del 31 de agosto de 1951, en la que aprendemos que Demetrio había regresado de Alemania y que no olvidaría nunca a Marion, una chica que había conocido en el pueblo alemán de Freimann. En todos los casos, la investigación había dado resultados positivos. Efectivamente tuvieron lugar todos los acontecimientos citados. Consternado de esta situación extraña y ansiosa de encontrar una explicación sensata el narrador había pedido la exhumación del cadáver de su amigo. Sin embargo, los médicos legistas no podían sosegarle, el cadáver corresponde al de Demetrio von Hagen, cuyo sepelio se había celebrado el 2 de enero de 1945. En su apuro, el narrador había decidido consultar la opinión de los “entendidos en la materia” (121), pero las explicaciones de éstos ––que iban en el tono de expresiones como locura, prospección de la conciencia y azar–– no podían apaciguarle. La única solución que le queda ahora es aceptar como real la hipótesis de la diferencia entre un tiempo del calendario oficial “útil solamente como referencia a hechos contingentes... ineficaz para medir el tiempo interior de cada persona” (121) y el tiempo personal. En este proceso, lo que más le cuesta es comprender “cómo puede trasladarse (la) duración subjetiva al campo de la acción” (122). Es fácil hablar sobre el sentimiento que un minuto nos parece una eternidad, pero ¿Cómo trasladar los hechos de esta eternidad sentida a la realidad del calendario oficial? En el diario de Demetrio hay muchísimas cosas que hizo “en su tiempo personal y que están aún para realizarse” (122) en el tiempo real. Una de ellas es la ya mencionada visita en la casa del narrador, el día 10 de noviembre de 1953, el día de la redacción del cuento. Casi han pasado los quince minutos restantes de ese día. ¿Qué resta por pasar? Leamos las últimas líneas del relato: “alguien sube las escaleras. Unos pasos se aproximan. (El) reloj marca las doce de la noche. Tocan la puerta. Demetrio ya está aquí...” (122). Desgraciadamente el cuento termina de esta manera, así que no podemos ver la cara del visitante nocturno. Todas las pruebas han sido concluyentes y no hay ninguna posible salida hacia lo que consideramos racional, como, por ejemplo, el despertar después de un sueño. Lo fantástico se ha probado con los métodos de la experiencia científica empírica: Demetrio está aquí presente.

Lo a-normal en los cuentos “Ridder y el pisapapeles” y “Los jacarandás” (que se encuentran en el tomo III) carece completamente de cualquier posibilidad de interpretación psicológica o (pseudo)científica. Lo irracional se coloca al lado de lo racional como si fuera lo más normal del mundo. Alazraki en el capítulo I de estudio, ya mencionado, habla en este contexto de lo “neofantástico” (Alazraki, 1983: 1) refiriéndose, sobre todo, a obras de Kafka como Metamorfosis, en la que nadie se extraña de la metamorfosis de Gregor Samsa en un escarabajo gigante. En su artículo “Julio Ramón Ribeyro en la generación del ”Washington Delgado insiste, también, en la influencia de Kafka en lo fantástico de Ribeyro cuando dice: “Kafka le enseñó a Ribeyro a narrar un hecho fantástico rodeándolo de múltiples detalles realistas” (Cfr. Requejo, 1996:115).

En “Ridder y el pisapapeles”, el narrador visita al escritor Ridder en su casa en Bélgica. La visita se pone muy pesada, porque el autor escribe bien, pero es una persona bastante torpe y no domina muy bien el arte de conversar. Después de la comida, van al despacho del escritor y allí el narrador del cuento descubre el pisapapeles, que había arrojado a unos gatos en celo en la azotea de su casa en Miraflores por el ruido que hicieron en la noche. El día después había buscado este pisapapeles (una pieza de mucho valor, que el abuelo del narrador le había traído de Europa), pero sin encontrarlo. Había desaparecido. Cuando el narrador pregunta a Ridder cómo llegó el pisapapeles precioso a su escritorio, éste le contesta: “Usted lo arrojó” (125). Dos cosas a-normales se aceptan como normales sin que nadie se extrañe: que se puede tirar un objeto desde el Perú hasta Bélgica y que el que lo encuentra en su jardín sabe quién lo lanzó. Si se acepta esta imposibilidad en el mundo narrado, el cuento “Ridder y el pisapapeles” no pone grandes problemas de interpretación.

Mucho más complejo y enigmático es el otro cuento de ambiente neofantástico, “Los jacarandás”. Por un lado, tiene elementos que podrían salir de un cuadro del Bosco y, por el otro, dejan al lector confuso ante situaciones inexplicables e incoherentes. El relato tiene como fondo la ciudad de Ayacucho, donde se está realizando un cambio de profesores en un instituto. El doctor Lorenzo Manrique va a regresar a Lima y miss Evans va a tomar su puesto. La historia en sí no tiene nada de fantástico, pero se ve acompañada de elementos a-normales de los cuales nadie parece extrañarse. Mientras el doctor Manrique y su sucesora se pasean por las calles de la ciudad discutiendo la situación académica en el instituto ven, por ejemplo, al juez que “viajaba hacia su oficina cargado por sus secretarios” (274) o “a un viejo que llevaba en los hombros una vaquilla desolada y más allá a dos niños indígenas descalzos que pateaban jugando al fútbol, una enorme mariposa azul” (275). Luego, en el consultorio del doctor Alipio, Manrique ve cómo éste pone un tumor de ocho kilos en un bocal de peces exóticos en la sala de espera (Cfr.276). Todas estas son situaciones a-normales o, por lo menos, grotescas por la evidente discrepancia entre las proporciones que tienen en la situación del cuento y las de la experiencia del lector. Escenas como en el teatro de lo absurdo sin coherencia lógica, la aparición de personas raras como los “dos mozos extremadamente fornidos” (277), que hacen pensar en los dos ayudantes del señor K. en la novela El castillo de Kafka o la apertura de lo real al mundo onírico (“llegaba ruidosamente haste el borde de su sueño” (283)) completan el cuadro surrealista de este cuento que culmina en la identidad enigmática de miss Evans que, al mismo tiempo, es Winnie y Olga (¡también un personaje de El Castillo !) y que, a la vez, existe en el presente y en el pasado, que vive y que está muerta en el ataúd que se saca de su nicho en una ceremonia de exhumación. Por otro lado, la música de las Cuatro Estaciones de Vivaldi y los jacarandás rejuvencidos por el chaparrón, que pronto tendrán flores y que “respiran en la noche sin viento” (290) representan un mundo poético y digno de confianza en este universo surrealista lleno de sorpresas.

Después de la primera lectura de todos los cuentos de Ribeyro, tenía la idea de incluir también el cuento “Silvio en el rosedal” (tomo III) en mi estudio de los textos fantásticos, cuento que el mismo Ribeyro consideró como el más logrado (2003:603). Sin embargo, tras dos lecturas más, ya no creo que se trate de un cuento fantástico a pesar de lo enigmático del rosedal, que queda sin explicación. John Penuel, obviamente, tiene las mismas dudas al hablar de este texto como “un claustro enigmático a medio camino entre lo real y lo fantástico” (2002:221). Las formas geométricas de las diversas plantas del rosedal ––que tanto habían fascinado a Silvio y que había leído según el alfabeto Morse como las palabras RES o SER con todas sus implicaciones y que habían asumido tanta importancia en su vida––, tales formas geométricas, al final, cuando Silvio deja una fiesta en su casa para tocar el violín solo en el minarete desde donde las había observado antes muy claramente, ya no se pueden ver como tales.

Lo que Silvio ve es “confusión y desorden, un caprichoso arabesco de tintes, líneas y corolas” (150). Este cambio no tiene explicación lógica, por eso pertenece a lo que Hahn llama lo “a-normal”. Pero, mientras lo a-normal en los cuentos fantásticos no tiene ninguna explicación ––o, más bien, interpretación lógica posible–– en el caso de “Silvio en el rosedal” sí creo que tiene una. Silvio ha tenido que aprender una cosa (= lat. res) durante su vida en la soledad campestre de su casa para llegar a su SER auténtico de hombre. Y este proceso de aprendizaje se concreta para él en el último momento del cuento cuando toca el violín con la perfección que ha alcanzado durante estos meses de estadía en su hacienda. “Levantando su violín lo encajó contra su mandíbula y empezó a tocar para nadie, en medio del estruendo (= de la fiesta). Para nadie. Y tuvo la certeza de que nunca lo había hecho mejor” (150) ¿El mensaje del texto? El esfuerzo que el hombre pone en sus quehaceres constituye, en sí, su verdadero SER o como lo dice el propio autor citado por Wolfgang Luchting: “la única conclusión que (Silvio) saca de su paso por el mundo es la de continuar haciendo (la cursiva es mía) lo que íntimamente deseaba” (1988:156). Cuando el hombre ha aprendido su lección, los estímulos como las formas geométricas del rosedal ya no son necesarios y pueden desaparecer. Así, el cuento me parece más bien una versión moderna del mito faustiano que un auténtico cuento fantástico.

NOTAS

1 Ribeyro, Julio Ramón. La palabra del mudo (I-IV). Lima: Jaime Capodónico Editor, 1994. Citaremos por esta edición.

2 “Doblaje”, “El libro en blanco” y “La insignia” se encuentran en el Tomo I; “Demetrio” en el Tomo III.

3 Para estudiar la biografía de Ribeyro es aconsejable leer su diario íntimo. La tentación del fracaso. Barcelona: Seix Barral, 2003.

BIBLIOGRAFÍA

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