viernes, 28 de agosto de 2009

Al pie de la letra / Julio Ramón Ribeyro


Al pie de la letra / Julio Ramón Ribeyro

Akito Kamura, un japonés de treinta años, estudia en la Sorbona Literatura Comparada. Sus profesores lo aprecian, pues es un alumno brillante, no así sus condiscípulos, que lo consideran distante, desdeñoso, demasiado imbuido de su valor intelectual.

No se junta con nadie y jamás deja pasar la ocasión de mostrar que sabe más que todos. Detalle importante: Akito mide apenas un metro cuarenta, es flaquísimo y de una fealdad que da miedo.

En su departamento del Barrio Latino –su padre le envía de Tokio una buena mesada– pasa la mayor parte de sus horas libres escuchando música, leyendo, escribiendo una tesis erudita sobre las figuras de retórica en la literatura amorosa.

Parece aceptar la soledad no como un castigo sino como un signo de superioridad espiritual, pensando tal vez, como ese personaje de Ibsen, que «el hombre más fuerte del mundo es aquél que está completamente solo».

En el transcurso del año se inscribe en su clase una muchacha holandesa guapa, cordial, sin pizca de malicia y muy dispuesta a la amistad y la comunicación. Este pequeño oriental tan inteligente, solitario y feo despierta su curiosidad. Es la única que lo saluda, que cambia con él unas palabras entre dos cursos.

Akito, al comienzo reticente, acepta un día tomar un café con ella, luego a dar un paseo por el Sena, posteriormente a ir de vez en cuando al cine. Llegan a ser, si no amigos, al menos buenos camaradas de clase.
Akito le hace un día una invitación formal: venir a cenar a su departamento. Elke acepta y se presenta llevándole de regalo un libro de sonetos de Ronsard y una rosa. Durante la comida hablan de literatura, de pintura, composición floral, costumbres japonesas y holandesas. Akito es una verdadera enciclopedia, sabe horrores de cosas, le recita poemas de Shiki y Onitsura, le lee una parte de su tesis.

Después del té, continúan conversando en el sofá de la sala. Sólo que la conversación cobra un giro inesperado. Akito empieza a disertar sobre la técnica del amor y en su apoyo le muestra un libro de estampas eróticas. Luego le coge la mano, trata de besarla y sin eufemismos le propone «ir a la cama».

A Elke esto le parece fuera de lugar, coge su bolso y se dirige hacia la puerta. Akito se excusa, trata de retenerla y finalmente le dice que lo espere un instante, que va a buscar su llave para acompañarla hasta los bajos.

Elke se entretiene mirando los grabados de Hokusai que hay en los muros. Al sentir las pisadas de Akito que regresa da media vuelta. No tiene tiempo ni de gritar: Akito está en medio de la sala apuntándole con una carabina. Una luz, un estampido y luego nada.

Elke está tendida en el vestíbulo del departamento, un orificio en la frente. Akito la jala de las piernas y la coloca sobre el sofá. Sin prisa la va desvistiendo: los zapatos, las medias, la falda, la ropa interior. Cuando está completamente desnuda la contempla, la toca, la acaricia y bruscamente trata de comérsela, empezando por un pie.
Apenas logra desgarrarle la piel de un dedo. Huesos, tendones y nervios ofrecen resistencia. Intenta hacer lo mismo con una mano, pero renuncia. Se pone entonces de pie, se desnuda y cubriéndole la cara con su camisa se extiende sobre el cadáver aún caliente.

Despierta de madrugada, tiritando, sobre ese cuerpo ahora helado. Viene a su mente un extraño hai-kai de Shiki: «Una vez muerta la araña, el solitario, fría es la noche».

Lo primero que hace es meter la ropa de Elke en una bolsa de plástico. Luego lleva el cuerpo a la cocina, tirándolo de las piernas. Trata de meterlo en una maleta de viaje, pero no entra. Busca entre sus utensilios un cuchillo de cortar carne y le secciona la cabeza. La sangre semi coagulada, apenas ensucia el piso.

Ahora intenta seccionarla por la cintura, pero calcula mal y tropieza con el hueso iliaco. Comienza más arriba, corta músculos y órganos y al llegar a la columna vertebral recurre a una pequeña sierra. Trae una segunda maleta y antes de meter el cuerpo en ambas, separa con el cuchillo las partes más blandas: un seno, un pedazo de nalga, el interior de un muslo, pedazos que coloca en una fuente y guarda en la nevera.

Luego de meter en las dos maletas el cuerpo despedazado se pregunta qué hacer con ellas. Pero ya la ciudad despertó. Por la ventana entra la luz y el ruido del tráfico matutino. Se recuesta esta vez en su cama y se queda profundamente dormido.

Al atardecer está ya levantado, vestido. Ha limpiado las huellas de sangre y metido en el cubo de basura del edificio la bolsa con las ropas de la víctima. Espera que anochezca para llevar las maletas a un lugar apartado. Como siente hambre, abre la nevera, saca un seno, lo calienta al vapor y se lo come.

Entrada la noche llama un taxi por teléfono y desciende por el ascensor con las dos maletas. Las mete en el cofre del vehículo y pide al chofer que lo lleve al bosque de Boulogne. Mala suerte: esa noche primaveral es cálida, parisinos y turistas retozan en la yerba o se pasean por senderos y avenidas.

Imposible bajar del taxi para deshacerse de las maletas. Tiene que regresar a su casa. Pasada la medianoche, desciende con su macabro equipaje, detiene un taxi en la calle y se dirige nuevamente al bosque de Boulogne.

El lugar está ya desierto, salvo uno que otro sátiro o exhibicionista emboscado entre los árboles al acecho de una víctima. Ordena al taxista detenerse en un lugar sombrío y, despachándolo, se interna en la espesura, una maleta en cada mano.

Dos días más tarde un guardabosque encuentra las maletas sangrientas. Imposible identificar a la víctima, de la cual no hay prenda ni documento. Pero nada más fácil que identificar al victimario. Akito no es un asesino profesional y no ha hecho más que dejar por todo sitio huellas y testimonios de su crimen.

El más imbécil inspector de policía descubriría al asesino en menos de veinticuatro horas. Por lo pronto las maletas, que a pesar de no llevar etiquetas ni iniciales, son maletas japonesas, lo que permite orientar las pesquisas. Luego los choferes de taxi que lo condujeron al bosque de Boulogne.
Por último, el inevitable testigo, un vecino insomne que lo vio descender del edificio con su pesada carga.
Una sola inspección bastó a la policía para confundirlo. Se encontraron con un japonés enano, hosco, nervioso, que no supo dar cuenta del empleo de su tiempo en las noches anteriores y en cuya casa descubrieron carabina, cuchillo, sierra y pedazos de carne de origen evidentemente humano. Al cabo de diez minutos de interrogatorio confesó su delito.
El crimen de Akito es horrible, nauseabundo, pues acumula asesinato, necrofilia y canibalismo. No es mi intención justificarlo. Simplemente tratar de encontrarle una explicación. Se pueden utilizar dos tipos de razonamiento.

El primero pertenece al campo de la sexología. Akito es un handicapé sexual, es decir, pertenece a esa minoría de personas que encuentran dificultad o se ven excluidas de todo tipo de relación sexual regular y normal. Clasificar a los handicapés sexuales sería temerario y aburrido, pues sus causas son físicas, mentales, culturales, sociales, etc.

La gama comprende desde los minusválidos en el sentido corriente (paralíticos, cojos, ciegos, débiles mentales) hasta los que sufren enfermedades repugnantes o deformaciones inaceptables (lepra, elefantiasis, obesidad, macrocefalia).

A lo que se puede añadir los presos y los locos, las minorías de trabajadores migrantes, los vagabundos y los pordioseros, los enanos y los gigantes. Y las personas de una fealdad intolerable.

Todos esos sujetos tienen en común el verse privados de una de las funciones más necesarias y gratificadoras de la especie, como es la relación sexual, con todas las consecuencias que esto puede traer sobre su equilibrio y comportamiento.
Sólo en ciertas sociedades avanzadas, en particular en los países nórdicos, se han preocupado de encontrar una solución a este problema, sobre todo tratándose de reclusos, enfermos mentales y minusválidos físicos. Pero fuera de estos países y casos, el handicapé sexual queda librado a sus inhibiciones y fantasmas.

Pero es el segundo razonamiento el que más me interesa. Akito, como queda dicho, era un estudiante serio, inteligente, con una cabal conciencia de su rendimiento intelectual.

Era, además, un hombre ecuánime, prudente, que sabía perfectamente distinguir lo lícito de lo ilícito y que hasta los treinta años no había nunca violado el pacto social. Su inducción hacia el crimen tiene una raigambre literaria o si se quiere lingüística.

Estudiante de Literatura Comparada, estaba familiarizado con las metáforas amorosas y conocía en consecuencia las figuras retóricas que asocian amor a manducación y, en un nivel más profundo, Eros a Tánatos.

Estas figuras pertenecen al ámbito de la literatura popular (cuando el amante le dice a la amada «quisiera comerte»), pero también en la culta se pueden encontrar ejemplos de esta misma pulsión expresada a través de imágenes de una factura más elegante.

Lo que sucedió con Akito es que, por uno de esos cortocircuitos de nuestro mecanismo mental, el plano del lenguaje se fundió o se confundió con el de la realidad. Cesó de haber diferencia entre la expresión metafórica y su referente.

La humanidad había tardado milenios en sofocar impulsos culturalmente aceptados en sus orígenes (la antropofagia, entre otros) para recuperarlos mediante fórmulas del lenguaje poético o familiar.

Ya nadie se come a su amada: se lo dice. Ya nadie mata al amigo, ni siquiera al enemigo: durante una polémica, lo amenaza con «aniquilarlo» o «hacerlo papilla». El lenguaje permite realizar simbólicamente pulsiones que, primitivamente, podían cumplirse sin infringir la norma.
Decir es una cosa, pero hacerla, otra. En Akito el decir y el hacer recobraron su unidad original. Su delito consistió en haber tomado una metáfora al pie de la letra.

* Este relato fue publicado originalmente por la revista Escandalar de Nueva York en 1981.


martes, 11 de agosto de 2009

Nada que hacer Monsieur Baruch

El cartero continuaba echando por debajo de la puerta una publicidad a la que Monsieur Baruch permanecía completamente insensible. En los últimos tres días había deslizado un folleto de la Sociedad de Galvanoterapia en cuya primera pagina se veía la fotografía de un hombre con cara de cretino bajo el rotulo “gracias al método del doctor Klein ahora soy un hombre feliz”; había también un prospecto del detergente Ayax proponiendo un descuento de cinco centavos por el paquete familiar que se comprara en los próximos diez días; se veía por último programas ilustrados que ofrecían las memorias de sir Winston Churchill pagaderas en catorce mensualidades, un equipo completo de carpintería domestica cuya pieza maestra era un berbiquí eléctrico y finalmente un volante de colores particularmente vivos sobre “El arte de escribir y redactar”, que el cartero lanzó con tal pericia que estuvo a punto de caer en la propia mano de Monsieur Baruch. Pero éste, a pesar de encontrarse muy cerca de la puerta y con los ojos puestos en ella, no podía interesarse por esos asuntos, pues desde hace tres días estaba muerto.

Hacia tres días justamente Monsieur Baruch se había despertado a la mitad de la tarde, después de una noche de insomnio total en la cual había tratado de recordar sucesivamente todas las camas en las que había dormido en los últimos veinte años y todas las canciones que estuvieron de moda en su juventud. Lo primero que hizo al levantarse fue dirigirse al lavatorio de la cocina, para comprobar que seguía obstruído y que, como los días anteriores, le sería necesario, para lavarse, llenar el agua en una cacerola y enjuagarse sólo los dedos y la punta de la nariz.

Luego, sin darse el trabajo de quitarse el pijama, se abocó por rutina a un problema que lo había ocupado desde que Simón le cedió esa casa, hacia un año, y que nunca había logrado resolver: ¿cuál de las dos piezas de ese departamento sería la sala-comedor y cuál la dormitorio-escritorio? Desde su llegada a esa casa había barajado el pro y el contra de una eventual decisión y cada día le surgían nuevas objeciones que le impedían ponerla en práctica. Su perplejidad venía del hecho que ambas habitaciones eran absolutamente simétricas con relación a la puerta de calle –que daba sobre un minúsculo vestíbulo donde solo cabía una percha— ya que ambas estaban amobladas en forma similar: en ambas había un sofá-cama, una mesa, un armario, dos sillas y una chimenea condenada. La diferencia residía en que la habitación de la derecha comunicaba con la cocina y la de la izquierda con el wáter closet. Hacer su dormitorio a la derecha significaba poner fuera de su alcance inmediatamente el excusado, adonde un viejo desfallecimiento de su vejiga lo conducía con inusitada frecuencia; hacerlo a la izquierda implicaba alejarse de la cocina y de sus tazas de café nocturnas que se habían convertido para él en una necesidad de orden casi espiritual.

Por todo ello es que Monsieur Baruch, desde que llegó a esa casa, había dormido alternativamente en una u otra habitación y comía en una u otra mesa, según las soluciones sucesivas y siempre provisionales que le iba dando a su dilema. Y esta especie de nomadismo que ponía en práctica en su propia casa le había producido un sentimiento paradójico: por un lado le daba la impresión de vivir en una casa más grande, pues podía concluir que tenia dos salas-comedor y dos dormitorios-escritorio, pero al mismo tiempo se daba cuenta de la similitud de ambas piezas reducía en realidad su casa, ya que se trataba de una duplicación inútil del espacio, como la que podía provenir de un espejo, pues en la segunda habitación no podía encontrar nada que no hubiera en la primera y tratar de adicionarlas era una superchería, como la de quien al hacer el recuento de los títulos de su biblioteca pretende consignar en la lista dos ediciones exactas del mismo libro.
Ese día Monsieur Baruch tampoco pudo resolver el problema y dejándolo en suspenso una vez más regresó a la cocina para preparar su desayuno. Con su taza de café humeante en una mano y una tostada seca en la otra se instaló en la mesa más cercana, dio cuenta de su frugal alimento y luego se traslado a la mesa de la habitación continua, donde lo esperaba una carpeta con papel de carta. Cogiendo una hoja escribió unas breves líneas, que metió en un sobre. Encima de éste anotó: Madame Renée Baruch, 17 Rue de la Joie, Lyon. Y más abajo, con un bolígrafo de tinta roja, añadió: personal y urgente.

Dejando el sobre en un lugar visible de la mesa Monsieur Baruch prospectó mentalmente el resto de su jornada y aisló dos hechos que de costumbre realizaba antes de enfrentarse una vez más a la noche: comprarse un periódico y prepararse otro café con su tostada seca. Mientras esperaba que anocheciera vagó de una habitación a otra, mirando por sus respectivas ventanas. La de la derecha daba al corredor de una fábrica donde nunca supo que fabricaban, pero que debía ser un lugar de penitencia, pues solo la frecuentaban obreros negros, argelinos. La de la izquierda daba al techo de un garaje, detrás del cual, haciendo un esfuerzo, podía avistarse un pedazo de calle, por donde los automóviles pasaban interminablemente con sus faros ya encendidos. Pasó también un carro de bomberos haciendo sonar su sirena. Alguna casa ardía a la distancia.

Monsieur Baruch prolongó su paseo más de lo habitual, convenciéndose ya que debía renunciar al periódico. Aparte de las ofertas de trabajo, nunca los terminaba de leer, no entendía lo que decían: ¿qué querían los vietnamitas?, ¿quién era ese señor Lacerda?, ¿qué cosa era una ordenadora electrónica?, ¿dónde quedaba Karachi? Y en este paseo, mientras anochecía, volvió a sentir ese pequeño ruido en el interior de su cráneo, que no provenía, como lo había descubierto, del televisor de madame Pichot ni del calentador de agua del señor Belmonte ni de la maquina en la cual el señor Ribeyro escribía en los altos: era un ruido semejante al de un vagón que se desengancha del convoy de un tren estacionado e inicia por su propia cuenta un viaje imprevisto.

En el departamento ahora oscuro se mantuvo un momento al lado del conmutador de la luz, interrogándose. ¿Y si salía a dar una vuelta? Ese barrio apenas lo conocía. Desde su llegada había estudiado el itinerario más corto para llegar a la panadería, a la estación del metro y a la tienda de comestibles y se había ceñido a él escrupulosamente. Sólo una vez osó por apartarse de la ruta para caer en una plaza horrible que, según comprobó, se llamaba la plaza de la Reunión, circunferencia de tierra, con árboles sucios, bancas rotas, perros libertinos, ancianos tullidos, rondas de argelinos sin trabajo y casas, santo dios, casas chancrosas, sin alegría ni indulgencia, que se miraban aterradas, como si de pronto fueran a dar un grito y desaparecer en una explosión de vergüenza.

Descartado también el paseo, Monsieur Baruch encendió la luz de la habitación donde había dejado la carta, comprobó que seguía en su lugar y atravesando la siguiente habitación a oscuras entró en la cocina. En cinco minutos se afeitó con esmero, se puso un terno limpio y regresó ante el espejo del lavatorio para observarse el rostro. No había en él nada diferente de lo habitual. El largo régimen de café y tostadas había hundido sus carrillos, es verdad, y su nariz, que él siempre consideró con cierta conmiseración debido a su tendencia de encorvarse con los años, le pendía ahora entre las mejillas como una bandera arriada en señal de dimisión. Pero sus ojos tenían la expresión de siempre, la del pavor que le producía el tráfico, las corrientes de aire, los cinemas, las mujeres hermosas, los asilos, los animales con casco, las noches sin compañía y que lo hacía sobresaltarse y protegerse el corazón con la mano cuando un desconocido lo interpelaba en la calle para preguntarle la hora.

Debía ser el momento del film de sobremesa, pues del televisor vecino llegó una voz varonil, que podía ser muy bien la de Jean Gabin en comisario de policía hablando en argot con un cigarrillo en la boca, pero Monsieur Baruch, indiferente a la emoción que seguramente embargaba a madame Pichot, se limitó a enjuagar su maquina de afeitar, extraer la hoja y apagar la luz. Vestido se introdujo en la ducha, que quedaba dentro de una caseta metálica; en un rincón de la cocina y abriendo el caño dejo que el agua fría le fuera humedeciendo la cabeza, el cuello, el terno. Aferrando bien la hoja de afeitar entre el índice y el pulgar de la mano derecha levantó la mandíbula y se efectuó una incisión corta pero profunda en la garganta. Sintió un dolor menos vivo del que había supuesto y estuvo tentado de repetir la operación. Pero finalmente opto por sentarse en la ducha con las piernas cruzadas y se puso a esperar. Su ropa ya empapada lo hizo tiritar, por lo cual levantó el brazo para cerrar el caño. Cuando las últimas gotas dejaron de caer sobre su cabeza experimentó en el pecho una sensación de tibieza y casi de bienestar, que le hizo recordar las mañanas de sol en Marsella, cuando iba por los bares del puerto ofreciendo sin mucha fortuna corbatas a los marineros o aquellas otras mañanas genovesas, cuando ayudaba a despachar a Simón en su tienda de géneros. Y luego sus proyectos de viaje a Lituania, donde le dijeron que había nacido y a Israel, donde debía tener parientes cercanos, que él imaginaba numerosos, dibujando en sus rostros en blanco su propio rostro.

Un nuevo carro de bomberos pasó a la distancia haciendo sonar su sirena y entonces se dijo que era absurdo estar metido en esa caseta oscura y mojada, como quien purga una falta o se oculta de una mala acción (¿pero toda su vida acaso no había sido una mal acción?) y que mejor era extenderse en el sofá de cualquiera de las habitaciones y fundar con ese gesto una nueva pieza en su casa, la capilla mortuoria, pieza que desde que llegó sabía que existía potencialmente, asechándolo, en ese espacio simétrico.
No tuvo ninguna dificultad en ponerse de pie y salir de la ducha. Pero cuando estaba a punto de abandonar la cocina sintió una arcada que lo dobló y empezó a vomitar con tal violencia que perdió el equilibrio. Antes de que pudiera apoyarse en la pared se encontró tendido en el suelo bajo el dintel de la puerta, con las piernas en la cocina y el tronco en la habitación contigua. En la siguiente habitación la luz había quedado encendida y desde su posición de cúbito ventral Monsieur Baruch podía ver la mesa y en su borde el lomo de la carpeta con papel de carta.

Mentalmente se exploró el cuerpo, a la caza de algún dolor, de alguna fractura, de algún deterioro grave que revelara que su máquina humana estaba definitivamente fuera de uso. Pero no sentía ningún malestar. Lo único que sabía es que le era imposible ponerse de pie y que si algo en fin había sucedido era que en adelante debía renunciar a llevar una vida vertical y contentarse con la existencia lenta de las lombrices y sus quehaceres chatos, sin relieve, su penar al ras del suelo, del polvo de donde había surgido.

Inició entonces un largo viaje a través del piso sembrado de prospectos y periódicos viejos. Los brazos le pesaban y en su intento de avanzar comenzó a utilizar la mandíbula, los hombros, a quebrar la cintura, las rodillas, a raspar el suelo con la punta de sus zapatos. Se contuvo un rato tratando de recordar dónde había dejado esa larga venda con la que en invierno se envolvía la cintura para combatir sus dolores de ciática. Si la había dejado en el armario de la primera pieza sólo tendría que avanzar cuatro metros para llegar a él. De otro modo, su viaje se volvería tan improbable como el retorno a Lituania o el periplo al reino de Sion.

Mientras memorizaba y se debatía contra la sensación de que el aire se había convertido en algo agrio e irrespirable y reproducía los actos de sus últimas semanas y recreaba los objetos que guardaba en todos los cajones de la casa, Monsieur Baruch sintió una vez mas la sirena de los bomberos, pero acompañada esta vez por el traqueteo del vagón que se desengancha y acelerando progresivamente se lanza desbocado por la campiña rasa, sin horario ni destino, cruzando sin ver las estaciones de provincia, los bellos parajes marcados con una cruz en las cartas de turismo, desapegado, ebrio, sin otra conciencia que su propia celeridad y su condición de algo roto, segregado, condenado a no terminar más que en una vía perdida, donde no lo esperaba otra cosa que el enmohecimiento y el olvido.

Tal vez sus párpados cayeron o el globo de sus ojos abiertos se inundó con una sustancia opaca, porque dejó de ver su casa, sus armarios y sus mesas para ver nítidamente, esta vez sí, inesperadamente, a la luz de un proyector interior, maravillosamente, las camas en las que había dormido en los últimos veinte años, incluyendo la última doble de la tienda del Marais, donde Renée se apelotonaba a un lado y no permitía que pasara de una línea geométrica e ideal que la partía por la mitad. Camas de hoteles, pensiones, albergues, siempre estrechas, impersonales, ásperas, ingratas, que se sucedían rigurosamente en el tiempo, sin que faltara una sola, y se sumaban en el espacio formando un tren nocturno e infernal, sobre el que había reptado como ahora, durante noches sin fin, solo, buscando un refugio a su pavor. Pero lo que no pudo percibir fueron las canciones, aparte de un croar sin concierto, como de decenas de estaciones de radio cruzadas, que pugnaban por acallarse unas a otras y que solo lograban hacer descollar palabras sueltas, tal vez títulos de aires de moda, como traición, infidelidad, perfidia, soledad, cualquiera, angustia, venganza, verano, palabras sin melodía, que caían secamente como fichas en su oído y se acumulaban proponiendo tal vez una charada o constituyendo el registro escueto, capitular, de una pasión mediocre, sin dejar por ello de ser catastrófica, como la que consignan los diarios en su página policial.

El bordoneo cesó bruscamente y Monsieur Baruch se dio cuenta que veía otra vez, veía la lámpara inaccesible en la habitación contigua y bajo la lámpara la carpeta de cartas inaccesible. Y ese silencio en el que flotaban ahora los objetos familiares era peor que la ceguera. Si al menos empezara a llover sobre la calamina reseca o si madame Pichot elevara el volumen de su televisor o si al señor Belmonte se le ocurriera darse un baño tardío, algún ruido, por leve o estridente que fuere, lo rescataría de ese mundo de cosas presentes y silenciosas, que privadas del sonido parecían huecas, engañadoras, distribuidas con artificio por algún astuto escenógrafo para hacerle creer que seguía en el reino de los vivos.

Pero no oía nada y ni siquiera lograba recordar en qué rincón de la casa había podido dejar la venda de la ciática y lo más que podía era progresar en su viaje, sin mucha fe además, pues los periódicos se arrugaban ante su esfuerzo, formaban ondulaciones y accidentes que el se sentía incapaz de franquear. Aguzando la vista leyó un gran titular “Sheila acusa” y más abajo, con letras más discretas, “Lord Chalfont asegura que la libra esterlina no bajará” y al lado un recuadro que anunciaba “Un tifón barre el norte de Filipinas” y luego, con letras casi imperceptibles -y qué tenacidad ponía en descifrarlas- “Monsieur y madame Lescene se complacen en anunciar el nacimiento de su nieto Luc-Emmanuel”. Y después volvió a sentir el calor, la agradable brisa en su pecho y al instante escuchó la voz de Bernard diciéndole a Renée que si no le aumentaban de sueldo se iría de la tienda del Marais y la de Renée que decía que ese muchacho merecía un aumento y su propia voz recomendando esperar aún un tiempo y el crujido de las escaleras la primera vez que descendió de puntillas para espiar como conversaban y bromeaban detrás del mostrador, entre carteras, paraguas y guantes y un rasguido que no podía ser otro que el del mensaje que dejo Renée antes de su fuga, escrito en un papel de cuaderno y que él hizo añicos después de leerlo varias veces, pensando idiotamente que rompiendo la prueba destruiría lo probado.

Las voces y los ruidos se alejaron o Monsieur Baruch renuncio a sintonizarlos, pues al girar el globo del ojo efectuó una comprobación que lo obligó a cambiar en el acto todos sus proyectos: más cerca que los armarios de ambas habitaciones y de su venda improbable estaba la puerta de calle. Por su ranura inferior veía la luz del descanso de la escalera. Empezó entonces a girar sobre su vientre, con una dificultad extrema, pues le era necesario modificar toda la orientación de su itinerario inicial y mientras trataba de hacerlo la luz del descanso se encendió y se apagó varias veces, al par que sonaban pasos en las escaleras, pero probablemente en redondo o en los pisos más bajos o en el sótano, pues nunca, nunca terminaban de acercarse.

Con el esfuerzo que hizo por cambiar de rumbo, su cabeza dejó de apoyarse en la mandíbula y cayó pesadamente hacia un lado quedando reclinada sobre una oreja. Las paredes y el techo giraban ahora, la chimenea pasó varias veces delante de sus ojos, seguida por el armario, el sofá y los otros muebles y a la zaga una lámpara y estos objetos se perseguían unos a otros, en una ronda cada vez más desaforada. Monsieur Baruch apeló entonces a un último recurso, tenido hasta ese momento en reserva y quiso gritar, pero en ese desorden, ¿quién garantizaba dónde estaba su boca, su lengua, su garganta? Todo estaba disperso y las relaciones que guardaba con su cuerpo se habían vuelto tan vagas que no sabía realmente que forma tenía, cuál era su extensión, cuántas sus extremidades. Pero ya el torbellino había cesado y lo que veía ahora, fijo ante sus ojos, era un pedazo de periódico donde leyó “Monsieur y madame Lescene se complacen en anunciar el nacimiento de su nieto Luc-Emmanuel”.

Entonces abandonó todo esfuerzo y se abandonó sobre los diarios polvorientos. Apenas sentía la presencia de su cuerpo flotando en un espacio acuoso o inmerso en el fondo de una cisterna. Nadaba ahora con agilidad en un mar de vinagre. No, no era un mar de vinagre, era una laguna encalmada. Trinaba un pájaro en un árbol coposo. Discurría el agua por la verde quebrada. Nacía la luna en el cielo diáfano. Pacía el ganado en la fértil pradera. Por algún extraño recodo había llegado al paisaje ameno de los clásicos, donde todo era música, orden, levedad, razón, armonía. Todo se volvía además explicable. Ahora comprendía, sin ningún raciocinio, apodícticamente, que debía haber hecho el dormitorio en el lugar donde dejó la venda o haber dejado la venda en el lugar que iba a ser el dormitorio y haber echado a Bernard de la tienda y denunciado a Renée por haber huido con la plata y haberla perseguido hasta Lyon rogándole de rodillas que volviera y haberle dicho a Renée de partir sin que Bernard lo supiera y haberse matado la noche misma de su fuga para no sufrir un año entero y haber pagado un asesino para que acuchillara a Bernard o a Renée o a los dos o a él mismo en las gradas de un sinagoga y haberse ido a Lituania dejando a Renée en la indigencia y haberse casado en su juventud con la empleada de la pensión de Marsella a la que le faltaba un seno y haber guardado la plata en un banco en lugar de tenerla en la casa y haber hecho el dormitorio donde estaba tendido y no haber ido a la primera cita que le dio Renée en el Café des Sports y haberse embarcado en ese mercante rumbo a Buenos Aires y haberse dejado alguna vez un espeso bigote y haber guardado la venda en el armario más cercano para poder ahora que se moría, lejos ya del rincón ameno, caído mas bien en un barranco inmundo, tentar una curación in extremis, darse un plazo, durar, romper la carta anunciadora, escribirla la mañana siguiente o el año siguiente y seguirse paseando aún por esa casa, sesentón, cansado, sin oficio ni arte ni destreza, sin Renée ni negocio, mirando la fábrica enigmática o los techos del garaje o escuchando cómo bajaba el agua por las tuberías de los altos o madame Pichot encendía su televisor.

Y todo era además posible. Monsieur Baruch se puso de pie, pero en realidad seguía tendido. Gritó, pero sólo mostró los dientes. Levantó un brazo, pero sólo consiguió abrir la mano. Por eso es que a los tres días, cuando los guardias derribaron la puerta, lo encontramos extendido, mirándonos, y a no ser por el charco negro y las moscas hubiéramos pensado que representaba una pantomima y que nos aguardaba allí por el suelo, con el brazo estirado, anticipándose a nuestro saludo.

(Escrito en París en 1967)