lunes, 13 de junio de 2016

Un padre llamado Julio Ramón



Días de luz y sombra, como en todas las familias. Julio Ribeyro Cordero, 49 años, cineasta e hijo del escritor Julio Ramón Ribeyro, evoca en esta nota su experiencia de haber sido hijo de un padre cálido, pero absorto en sus ensueños literarios. Un padre que hoy es una leyenda.

Por Fernando Ampuero


Cuando Julio Ribeyro tenía 3 años solía jugar en un parque de París, ciudad donde residía con sus padres, el escritor Julio Ramón Ribeyro y la marchand de arte Alida Cordero. Una mañana de otoño, fresca y soleada, Alida tenía trabajo en casa y, por tal razón, el niño partió hacia el parque de la mano de su padre. Tan pronto llegaron, este se largó a corretear por los jardines, y Julio Ramón, como de costumbre, buscó una banca cercana, a fin de vigilarlo. Desde ahí, mientras leía “Le Monde” y otros diarios de actualidad, le echaba vistazos a su hijo o le pedía que no se alejara.

Una hora después, al regresar Julio Ramón a casa, Alida lo miró alarmada y le preguntó: “¿Y Julito? ¿Dónde está?”. Al escritor se le heló la sangre, pero enseguida dio media vuelta y echó a correr en pos del hijo olvidado.

¿Te acuerdas de ese incidente?

No, no – sonríe Julio –. Yo estaba jugando, no me di cuenta. Solo me enteré de aquel descuido de mi padre años más tarde.

La anécdota, ni que decir tiene, no pretende ilustrar lo bueno o mal padre que pudo haber sido Julio Ramón. Pero a lo mejor, de alguna manera, da cuenta de la naturaleza absorta del hombre que fue: un individuo observador del mundo que pasaba delante de sus narices –podía sentarse horas en la terraza de un café de Saint Germain viendo pasar a la gente– y, a la vez, alguien reconcentrado, o peor aún, incurablemente distraído.

¿Qué noticia habría estado leyendo Julio Ramón para olvidar a Julito?

(Por entonces, en la vida familiar y amical, se le llamaba Julito a Julio Ribeyro, para diferenciarlo de su padre; y este trato todavía se mantiene). Eso no se sabrá nunca. Pero lo que sí queda claro es que Julio Ramón era un padre afectuoso, que pasaba mucho tiempo en casa, sobre todo después de 1973, año en que el escritor se reponía de las terribles cirugías que le impuso un cáncer, y que, en lo sucesivo, mermó mucho sus energías, aunque lo convertiría en el peruano más delgado y elegante de París.

Julito Ribeyro creció viendo a su padre en la sala de su casa, leyendo y escuchando música clásica. Rara vez lo veía escribir. Julito deduce que debía de hacerlo de noche, mientras todos dormían. Pero recuerda hasta hoy la presencia paterna, tan constante, como un grato recuerdo.

Y recuerda también, eso sí, que hubo días oscuros, odiosos. Meses en los que su padre estaba en el hospital y su madre andaba muy ajetreada, y, llegado el mediodía, nadie lo recogía. Julito tenía 6 años. Y en vez de almorzar en su casa, lo hacía en el quiosco del colegio, en compañía de alumnos mayores que ni lo miraban, pues allí no comían alumnos de su edad.

¿Y por qué esto te resultaba tan odioso?

Por la coliflor. El plato de coliflor hervida que servían en el quiosco. Eso me parecía la peor pesadilla. Si hoy me invitan un plato de coliflor en una cena, me pongo pálido y me siento pésimo.

La adolescencia de Julito fue menos tensa. Julio Ramón, padre permisivo, no sofrenó los ímpetus de su hijo. Cuando este quiso practicar artes marciales, lo inscribió de inmediato en una academia de judo, donde llegó a cinturón negro. El padre, frágil, enjuto, sonreía ante sus progresos y, no sin cierto orgullo, comentaba con los amigos sobre su destreza y fortaleza.

Lea la entrevista completa en COSAS 594.

martes, 15 de septiembre de 2015

Las botellas y los hombres




 Las botellas y los hombres

 

            —Lo buscan —dijo el portero—. Un hombre lo espera en la puerta.
            Luciano alcanzó a dar una recia volea que hizo encogerse a su adversario y dejando su raqueta sobre la banca tomó el caminillo de tierra. Primero vio una cabeza calva, luego un vientre mal fajado pero sólo cuando la distancia le permitió distinguir la tosca cara de máscara javanesa, sintió que las piernas se le doblaban. Como antes de llegar a la puerta de salida había una cantina, se arrastró hacia ella y pidió una cerveza.
            Luego de echarse el primer sorbo, sobre esa boca quemada por la vergüenza, miró hacia el alambrado. El hombre seguía allí parado, lanzando de cuando en cuando una mirada tímida al interior del club. A veces observaba sus manos con esa atención ingenua que prestan a las cosas más insignificantes las personas que esperan.
            Luciano secó su cerveza y avanzó resueltamente hacia la puerta. El hombre, al verlo aparecer, quedó rígido, mirándolo con estupefacción. Pero pronto se repuso y sacando una sucia mano del bolsillo la extendió hacia adelante.
            —Dame unas chauchas —dijo—. Necesito ir al Callao.
            Luciano no respondió: hacía ocho años que no veía a su padre. Sus ojos no abandonaban esos rasgos que conociera de niño y que ahora le regresaban completamente usados y refractados por el tiempo.
            —¿No has oído? —repitió—. Necesito que me des unas chauchas.
            —Ésa no es manera de saludar —dijo Luciano—. Sígueme.
            Mientras caminaba, sintió unos pasos precipitados y luego una mano que lo cogía por el brazo.
            —¡Disculpa, ñato!, pero estoy fregado, sin plata, sin trabajo… Hace dos días que llegué de Arequipa.
            Luciano continuó su camino.
            —¿Y todos estos años?
            —He estado en Chile, en Argentina…
            —¿Te ha ido bien?
            —¡Como el ajiaco! He pasado la gran vida.
            Cuando llegaron a la cantina, Luciano pidió dos cervezas.
            —¡Nada de cerveza! Yo soy viejo pisquero. Un soldeíca para mí… Pregunté por ti, me dijeron que seguías en el club.
            Hacía calor. En la gran explanada se escuchaba apenas el ruido de las pelotas rebotando en las cuerdas. Luciano miró hacia la cancha, donde su compañero lo aguardaba aburrido, manoseando la red. Pensó que podría acercarse a la cantina, que podría crearse una situación embarazosa.
            —¿Estabas jugando? —preguntó el viejo—. Puedes seguir nomás. ¡Yo seco esto y me voy! No he venido para hacer tertulia. Pero eso sí, déjame para el tranvía. Tengo que ir al muelle para buscar un trabajo.
            —Tengo tiempo de sobra —replicó Luciano regresando la mirada hacia el mostrador. Su padre se llevaba a los labios el primer sorbo y enseguida se secó la boca con la mano, repitiendo ese gesto que se ve en las pulperías, entre los bebedores de barrio. Ambos permanecieron callados, cercanas las cabezas pero irremediablemente alejados por los años de ausencia. El viejo dirigió la mirada hacia las instalaciones del club, hacia el hermoso edificio perdido tras la arboleda.
            —Todo esto es nuevo, ¡yo no lo conocía! Me acuerdo cuando era guardián y vivíamos allí, en esa caseta. Tú has progresado, ya no recoges bolas. Ahora te mezclas con la cremita
            —Hace años que no recojo bolas.
            —¡Ahora juegas! —suspiró el viejo.
            Luciano comenzó a sentirse incómodo. El empleado de la cantina no quitaba la vista de ese extraño visitante con la camisa sebosa y la barba mal afeitada. Hombres de esa catadura sólo entraban al club por la puerta falsa, cuando había un caño por desatorar.
            —¡Allí viene tu rival! —dijo su padre, apurando su copa—. Me voy. Dame lo que te he pedido.
            Luciano vio que su compañero de juego se acercaba a pasos elásticos, dando de raquetazos a invisibles pelotas. Metiendo la mano al bolsillo buscó ansiosamente unas monedas, las cerró entre sus dedos, las mantuvo un momento prisioneras pero terminó por abandonarlas.
            —Bebe tranquilo —dijo—. A mí nadie me apura.
            Su amigo se detuvo frente a la cantina.
            —¿Vas a venir o no? Se me está enfriando el cuerpo.
            —Te presento a mi padre —dijo Luciano.
            —¿Tu padre?
            Ambos se estrecharon la mano. Mientras cambiaban los primeros saludos, Luciano trataba de explicarse por qué su amigo había puesto esa entonación en su pregunta. Sin poderlo evitar, observó con más atención el aspecto de su padre. Sus codos raídos, la basta deshilachada del pantalón, adquirieron en ese momento a sus ojos una significación moral: se daba cuenta que en Lima no se podía ser pobre, que la pobreza era aquí una espantosa mancha, la prueba plena de una mala reputación.
            —Hacía tiempo que no lo veía —añadió sin saber por qué—. Ha estado de viaje.
            —He estado en el Sur —confirmó el viejo—. Una gran turné de negocios por Santiago, por Buenos Aires… Yo me dedico a los negocios, un negocio de vinos, también de ferretería, pero ahora, con los impuestos, con las divisas, las cosas andan…
            Súbitamente se calló. El joven lo miraba atónito. Luciano se dio cuenta que comenzaban a sudarle las manos.
            —¿No se toman una copita? —añadió el viejo—. Ahora invito yo.
            —Lo dejaremos para más tarde —intervino Luciano, impaciente—. Tenemos que terminar la partida. ¿Dónde nos vemos?
            —Donde tú quieras. Ya te he dicho que voy para el Callao.
            —Te acompaño a la puerta.
            Ambos se encaminaron hacia la salida. Marchaban silenciosos.
            —No has debido hacerme entrar aquí —balbuceó el viejo—. ¿Qué dirán tus amigos?
            —¿Qué van a decir?
            —En fin, aquí viene gente elegante. Hay que venir muy palé, con pantalón tubo, ¿eh?
            —Si pasas por la casa, te puedo dar unas camisas.
            El viejo lo miró irritado.
            —¡No me vas a vestir ahora a mí: a mí, que te he comprado tus primeros chuzos!
            Luciano trató de recordar a qué chuzos se refería su padre. Todos sus recuerdos de infancia le venían descalzos desde la puerta de un callejón. A pesar de ello, cuando llegaron al alambrado, extrajo todo el dinero que tenía en el bolsillo.
            —A las seis en el jardín Santa Rosa —murmuró extendiendo la mano.
            Cuando el viejo terminó de contar el dinero levantó la cara pero ya Luciano se encontraba lejos, como si hubiera querido ahorrarle una de esas embarazosas escenas de gratitud.
            Poco después de las seis, Luciano llegaba al jardín Santa Rosa. Obedeciendo a un impulso de vanidad, se había puesto su mejor terno, sus mejores zapatos, un prendedor de oro en la corbata, como si se propusiera demostrarle a su padre con esos detalles que su ausencia del hogar no había tenido ninguna importancia, que había sido —por el contrario— una de las razones de su prosperidad.
            Esto no era exacto, sin embargo, y nadie sabía mejor que Luciano qué cantidad de humillaciones había sufrido su madre para permitirle terminar el colegio. Nadie sabía mejor que él, igualmente, que esa prosperidad que parecía leerse en su vestimenta, en sus relaciones de club —donde servía de pareja a los socios viejos y se emborrachaba con sus hijos— era una prosperidad provisional, amenazada, mantenida gracias a negocios oscuros. Si el club lo toleraba no era ciertamente por razones sociales sino porque Luciano, aparte de ser el infatigable sparring, conocía las debilidades de los socios y era algo así como el agente secreto de sus vicios, el órgano de enlace entre el hampa y el salón.
            Lo primero que vio al cruzar el umbral fue a su padre, bajo el emparrado, bebiendo aguardiente y conversando con dos hombres. Deteniéndose, quedó un momento contemplándolo. Tenía el aspecto de estar sentado allí muchas horas, quizás desde que se despidieron en el club. Se había desanudado la corbata y gesticulaba mucho, ayudándose con las manos. Sus interlocutores lo escuchaban, divertidos. Clientes de otras mesas estiraban la oreja para escuchar fragmentos de su charla.
            Su llegada debió producirle cierta inquietud porque esbozó con la mano un gesto inacabado, como ante un proyectil que vemos venir hacia nosotros y esfumarse en el camino. Enseguida se levantó, derribando aparatosamente una silla.
            —¡Ya está acá! —exclamó dando unos pasos, los brazos extendidos—. ¿Qué les decía yo? ¡Ha llegado mi ñato!
            Luciano lo vio venir y a pesar suyo se encontró aferrado contra su pecho. Durante un tiempo, que le pareció interminable, sufrió la violencia de su abrazo. A sus narices penetraba un tufo de licor barato, de cebolla de picantería. Este detalle lo conmovió y sus manos, que al principio vacilaban, se crisparon con fuerza sobre la espalda de su padre. Luego de tantos años, bien valía la pena de un abrazo.
            —Vamos a sentarnos —dijo el viejo—. Aquí te presento unos amigos, todos chicos muy simpáticos. Trabajan en la banca. Acabo de conocerlos.
            Luciano tomó asiento y por complacer a su padre se sirvió un pisco. Los empleados lo observaban con perplejidad. El prendedor de su corbata, pero sobre todo el rubí de su anular, parecía dejarlos cavilosos. No veían verdaderamente relación entre ese viejo seboso y charlatán y esa especie de mestizo con aires de dandi.
            —El chico es ingeniero —mintió el viejo—. Ha estudiado en La Molina. Siempre sacó las mejores notas. Yo también, cuando estaba en la Facultad… ¿te acuerdas, Luciano?
            Luciano permanecía silencioso y dejaba hablar a su padre. Al acudir a esa cita, su intención primera había sido acosarlo a preguntas, irlo acorralando hasta llegar a esa época de abandono en la cual todos los reproches eran posibles. Pero la presencia de los empleados y esa primera copa de pisco lo habían disuadido. Comenzaba a olvidarse de su ropa, de sus rencores, y a penetrar en ese mundo ficticio que crean los hombres cuando se sientan alrededor de una botella abierta. La mirada perdida en el fondo del jardín, veía a un grupo de parroquianos jugar a las bochas. De vez en cuando su padre le pedía confirmar un embuste y él repetía maquinalmente: «Es verdad». El rumor de su voz, además, irrigaba zonas muertas de su memoria. Había un partido de fútbol al cual su padre lo condujera de niño, algunas monedas de plata que le dieron acceso al paraíso de los turrones.
            —¡Vamos a jugarnos un sapo! —exclamó el viejo—. ¡A ver tú, caballerazo, pásame la dolorosa!
            El mozo se acercó. Luciano se vio conducido por su padre a un rincón.
            —Eh, ¿tienes allí algunos morlacos libres? Este par de bancarios está chupando a mis costillas. Pero, espérate, en el sapo nos desquitaremos.
            Luciano quedó arreglándose con el mozo mientras su padre avanzaba con los empleados hacia el juego del sapo. En el camino iba hablando en voz alta, palmeaba a los camareros, hacía chistes con los demás parroquianos, intervenía en todas las disputas. Su aspecto ambiguo de mercachifle y de reclutador de feria, su ronca voz de guarapero, lo habían hecho rápidamente popular y parecía, por momentos, el más antiguo de todos los clientes.
            —¿Por dónde está el gerente? —gritaba—. ¡Díganle que aquí está don Francisco, presidente del club Huaracino, para invitarle un huaracazo!
            Luciano apuró el paso y lo alcanzó. Había experimentado la necesidad de estar a su lado, de hacer ostensible su vinculación con ese hombre que dominaba un jardín de recreo. Cogiéndolo resueltamente del brazo, caminó silencioso a su vera.
            El viejo le habló al oído:
            —He apostado con los empleados una docena de Cristal.
            —¡Pero si yo no sé jugar!
            —¡Déjalo por mi cuenta!
            Las fichas comenzaron a volar hacia la boca del sapo. Los empleados, que estaban un poco borrachos, las arrojaban como piedras y descascaraban la pared del fondo. Su padre, en cambio, medía sus tiros y efectuaba los lanzamientos con un estilo impecable. Luciano no se cansaba de observarlo, creía descubrir en él una elegancia escondida que una vida miserable había recubierto de gestos vulgares sin llegar por completo a destruir. Pensó cómo sería su padre con un buen chaleco y se dijo que bien valía la pena obsequiarle el más lujoso que encontrara.
            Mientras tanto, las botellas de Cristal se vaciaban. A cada trago, el viejo parecía rejuvenecer, alcanzar una talla legendaria. Su desbordante euforia contagió a Luciano, quien se dijo que tenían una noche por delante y que sería necesario hacer algo con ella. Los empleados estorbaban. Uno de ellos había caído vomitando bajo la enramada y el otro trataba de levantarlo.
            —¡Vámonos! ¡Éstos ya enterraron el pico!
            —¡Todavía no! —protestó el viejo y Luciano hubo de seguirlo a través de todos los apartados, mezclarse en sus conversaciones, verlo, por último, jugarse una partida de bochas, en mangas de camisa, tronando como un titán y aniquilando a sus adversarios.
            —¡Así juegan los porteños! —vociferaba, mientras los palitroques volaban por los aires.
            Al fin Luciano logró convencerlo que debían irse de allí.
            —¿Habrá juerga? —indagó el viejo.
            —¡Iremos al Once Amigos Bolognesi, a La Victoria, donde mis verdaderos patines!
            Ambos abandonaron el jardín Santa Rosa y abrazados, cantando, se lanzaron por las calles de Magdalena a la caza de un taxi.
            En el club —un garaje deshabitado, al cual se penetraba por un postigo— había una docena de personas de catadura dudosa, jugando al craft, a las damas, fumando, bebiendo cerveza. El estrépito que hizo Luciano al entrar obligó a todos a volver la cabeza.
            —¡Señores! —gritó cuando llegó al centro de la pieza—. ¡Les presento a mi padre!
            Todos quedaron callados mirando a ese extraño hombre gordo que, la corbata desanudada, el pelo revuelto alrededor del pelado occipital, se apoyaba en el mostrador para no caer. Luciano avanzó hacia las mesas y echó por tierra los tableros y los cubiletes.
            —¡Se acabó el juego! Ahora todo el mundo chupa con nosotros. Un padre como éste no se ve todos los días. Nos encontramos en la calle. Hacía ocho años que no lo veía.
            Algunos amigos protestaron, otros trataron de reconstruir las partidas disputándose sobre la posición de las fichas, pero cuando escucharon que Luciano enviaba al cantinero por algunas botellas de champán, se resignaron a hacerle los honores al recién llegado.
            —¡Pero si tiene tu misma quijada! —dijo uno, acercándose al viejo para estrecharle la mano. Otros se levantaron y lo abrazaron. Se hicieron los primeros brindis.
            —¡A puerta cerrada! —dijo Luciano tirando el postigo—. ¡Aquí no entran ni los tombos!
            Las mesas fueron arrimadas unas contra otras hasta formar una superficie descomunal. El primer trago sacó al viejo de su torpor y luego de lanzar algunos carajos para aclararse la voz, se dispuso a mostrarse digno de aquella acogida. Primero con réplicas, luego con anécdotas, fue apoderándose de la conversación. Cuando el cantinero llegó con el champán, él era el único que hablaba. Sus historias, contadas en la sabrosa jerga criolla, inventadas en su mayoría, interrumpidas, retomadas, vueltas a contar de una manera diferente, adobadas con groseros refranes de su cosecha, con invocaciones a valses populares, provocaban estallidos de risa.
            En un rincón, Luciano asistía mudo a esta escena. Sus ojos animados, en lugar de posarse en su padre, viajaban por los rostros de sus amigos. La atención que en ellos leía, el regocijo, la sorpresa, eran los signos de la existencia paterna: en ellos terminaba su orfandad. Ese hombre de gran quijada lampiña, que él había durante tantos años odiado y olvidado, adquiría ahora tan opulenta realidad, que él se consideraba como una pobre excrecencia suya, como una dádiva de su naturaleza. ¿Cómo podría recompensarlo? Regalarle dinero, retenerlo en Lima, meterlo en sus negocios, todo le parecía poco. Maquinalmente se levantó y se fue aproximando a él, con precaución. Cuando estuvo detrás suyo, lo cogió de los hombros y lo besó violentamente en la boca.
            El viejo, interrumpido, hizo un movimiento de esquive sobre la silla. Los amigos rieron. Luciano quedó desconcertado. Abriendo los brazos a manera de excusa, regresó a su silla. Su padre prosiguió, luego de limpiarse los labios con la manga.
            Se hablaba de mujeres. Luciano se sintió de súbito triste. En su copa de champán quedaba un concho espumoso. Con un palillo de fósforo perforó sus burbujas mientras se acordaba de su madre, a quien visitaba de cuando en cuando en el callejón, llevándole frutas o pañuelos. Su atención se dispersaba. Alguien hablaba de ir a las calles alegres de La Victoria. Siempre era así: en las reuniones de hombres, por más numerosas que fueran, siempre llegaba un momento en que todos se sentían profundamente solos.
            Pero eso no era lo que lo preocupaba. Era la voz de su padre. Ella se aproximaba, hacía fintas sobre una zona peligrosa. Luciano sintió la tentación de hundir la frente entre las manos, de taparse los oídos. Era ya tarde.
            —¿Y cómo está la vieja?
            La pregunta llegó desde el otro extremo de la mesa, a través de todas las botellas. Se había hecho un silencio. Luciano miró a su padre y trató de sonreír.
            —Está bien —contestó y volvió a hundir su mirada en la copa vacía—. Tampoco le has hecho falta. Nunca ha preguntado por ti.
            —Hace ocho o diez años que no le veo ni el bulto —prosiguió el viejo, dirigiéndose a los amigos—. ¡Cómo corre el tiempo! Nos hacemos viejos… ¿No queda más champán para mí?… Vivíamos en un callejón, vivíamos como cerdos, ¿no es verdad, Luciano? Yo no podía aguantar eso… un hombre como yo, en fin, sin libertad… viendo siempre la misma cara, el mismo olor a mujer, qué mierda, había que conocer mundo y me fui… Sí, señores, ¡me fui!
            Luciano apretó la copa deseando que reventara entre sus dedos. El cristal resistió.
            —Además… —continuó el viejo, sonriendo con sorna—, yo, yo… ella, con el perdón de Luciano, pero la verdad es que ella, ustedes comprenden, ella…
            —¡Calla! —gritó Luciano, poniéndose de pie.
            —¡… ella se acostaba con todo el mundo!
            Las carcajadas de los amigos estallaron. En un instante Luciano se encontró al lado de su padre. Cuando los amigos terminaron de reír vieron que el viejo tenía sangre en los labios. Luciano lo tenía aferrado por la corbata y su ágil cabeza volvía a golpear la gran cara pastosa.
            —¡Agárrenlo, agárrenlo! —gritaba el viejo.
            Entre cuatro cogieron a Luciano y lo arrastraron a un rincón. Su pequeño cuerpo se revolvía, de su boca salía un resuello rabioso.
            —¡Si se quieren pegar que salgan a la calle! —exclamó uno—. ¡Aquí van a romper los confortables!
            Luego de un forcejeo en el cual intervinieron todos los amigos —no se sabía si para contenerlos o para expulsarlos—, Luciano y su padre se encontraron en la calle.
            —Al jirón Humboldt —dijo Luciano y se echó a caminar decididamente mientras se acomodaba la corbata y se alisaba el cabello con las manos. Su padre lo seguía a pasos cortos y precipitados.
            —¡Espera! ¿Por qué tan lejos?
            Cuando lo alcanzó, anduvo a su lado, borracho aún, hablando en voz alta, llenándolo de injurias.
            —¿No lo sabías tú, acaso? ¡Con todo el mundo! ¿Quién daba para el diario, entonces?
            Al llegar al jirón Humboldt comenzaron a recorrerlo, buscando una transversal oscura. Luciano se sentía fatigado, pensaba en las cien formas de enfrentarse a un rival corpulento y pesado: evitar el cuerpo a cuerpo, fintear provocando la fatiga, tierra en los ojos o una piedra metida con disimulo en el bolsillo de su saco.
            —Acá —dijo el viejo, señalando una bocacalle penumbrosa en medio de la cual pendía un foco amarillo. En el tapabarro de un colectivo abandonado dejaron sus sacos. Luego se remangaron la camisa. Luciano metió la basta de su pantalón bajo la liga de sus medias. Cuadrándose, tomaron distancia.
            Luciano vio que su padre tenía la guardia abierta y que su gran vientre se le ofrecía como un blanco infalible. A pesar de ello, retrocedió unos pasos. El viejo se aproximó. Luciano volvió a retroceder. El viejo continuó avanzando.
            —¿Me vas a dar pelea? ¡Aguárdate, que te calzo!
            Luciano llegó a tocar la pared con la espalda e impulsándose con las manos arremetió hacia adelante. De un salto salvó la distancia y ya iba a descargar su puño cuando advirtió un gesto, tan sólo un gesto de desconcierto —de pavor— en el rostro de su padre, y su puño quedó suspendido en el aire. El viejo estaba inmóvil. Ambos se miraban a los ojos como si estuvieran prontos a lanzar un grito. Aún tuvo tiempo de pensar Luciano: «Parece que me miro en un espejo», cuando sintió la pesada mano que le hendía el esternón y la otra que se alargaba rozando sus narices. Recobrándose, tomó distancia y recibió a la forma que avanzaba con un puntapié en el vientre. El viejo cayó de espaldas.
            Luciano cruzó velozmente por encima de él y recogiendo su saco corrió hacia la esquina. Al llegar al jirón Humboldt se detuvo en seco. El cuerpo continuaba allí —se le veía como un animal atropellado— en medio de la pista. Con prudencia se fue acercando. Al inclinarse, vio que el viejo dormía, la garganta llena de ronquidos. Tirándolo de las piernas lo arrastró hasta la vereda. Luego volvió a inclinarse para mirar por última vez esa mandíbula recia, esa ilusión de padre que jamás volvería a repetirse. Arrancando su anillo del anular, lo colocó en el meñique del vencido, con el rubí hacia la palma. Después encendió un cigarrillo y se retiró, pensativo, hacia los bares de La Victoria.


            (Berlín, 1958)

martes, 3 de junio de 2014

Programa Congreso Internacional Ribeyro 2014‏

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Congreso Internacional Julio Ramón Ribeyro:
por tiempo indefinido

 Lima, del 4 al 6 de junio de 2014

PROGRAMA
Miércoles 4 de junio
11:00 a. m.
Inauguración a cargo de Marco Martos Carrera, presidente de la Academia Peruana de la Lengua
Conferencias
11:30 a. m.
«Una poética de la narrativa en los diarios de Julio Ramón Ribeyro»
Ismael Márquez (University of Wisconsin-Milwaukee)
«Anotaciones al margen de las Cartas a Juan Antonio Ribeyro»
Marco Martos Carrera (Academia Peruana de la Lengua/UNMSM)

Mesa 1
4:00 p.m.
1. «La eficacia del ritmo de la prosa en “De color modesto” de Julio Ramón Ribeyro»
Williams Nicks Ventura Vásquez (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
2. «Confirmación de la identidad en la otredad en “De color modesto”un relato de Julio Ramón Ribeyro»
Lenin Izarra Izarra (Universidad Nacional Federico Villarreal)
3. «La voz del subalterno en Interior L” de Julio Ramón Ribeyro»
Karina Zapata Piña (Universidad Nacional Federico Villarreal)
4. «La selva vista como un espacio circense: “Fénix” de Julio Ramón Ribeyro»
Giancarla Di Laura (Prairie View A & M University)

Mesa 2
5:30 p. m.
1. «Funciones de la descripción en: Cuentos de circunstancias de Julio Ramón Ribeyro»
 María Natalia Rebaza Wu (Pontificia Universidad Católica del Perú)
2. «Elementos estructurales en la narrativa de Ribeyro. Algunas incisiones sobre Tres historias sublevantes»
Alejandro Mautino Guillén (Universidad Nacional de Ancash “Santiago Antúnez de Mayolo”)
3. «La tragedia individual de los antihéroes en Cuentos olvidados de Ribeyro»
Rodrigo Barraza Urbano (Universidad Nacional de Ancash “Santiago Antúnez de Mayolo”)
4. «Habitar los extramuros: espacios metafísicos en los lindes, en la cuentística de Julio Ramón Ribeyro»   
Eva Valero Juan (Universidad de Alicante) 

Jueves 5 de junio
Mesa 3
11:00 a. m.
1. «En torno a los diarios íntimos: Una propuesta de género en el ensayo de Julio Ramón Ribeyro»
Pedro Espinoza Huaroto (Universidad Nacional Federico Villarreal)
2. «La tentación del fracaso como creación de la memoria»
Hugo Rafael Anselmi Samanez (Universidad Antonio Ruiz de Montoya)
3. «Una mirada crítica a la trayectoria literaria de Julio Ramón Ribeyro a partir de sus documentos autobiográficos»
Sandra Granados Vidal (Pontificia Universidad Católica del Perú)


Mesa 4
4:00 p. m.
1. «Crónica de San Gabriel en los avatares de la nueva novela latinoamericana»
Macedonio Villafán Broncano (Universidad Nacional de Ancash “Santiago Antúnez de Mayolo”)
2.  «Saturación y heterogeneidad en Crónica de San Gabriel de Julio Ramón Ribeyro»
Dennis Lazo Ramos (Universidad Nacional Federico Villarreal)
3. «Julio Ramón Ribeyro, los años cincuenta, la ciudad de Lima y Los geniecillos dominicales»
Jorge Ramos Cabezas (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

Mesa 5
5:00 p. m.
1. «Los diversos niveles de deterioro en la novela experimental Cambio de guardia»
Segundo Castro García (Universidad Nacional de Ancash “Santiago Antúnez de Mayolo”)
2. «Agonía y estratificación cultural de los personajes femeninos en la novelística de Julio Ramón Ribeyro»
Raúl Jurado Párraga (Universidad Nacional “Enrique Guzmán y Valle”- La Cantuta)
3. «El discreto encanto de Julio Ramón Ribeyro: notas a su obra cuentística»
César Ferreira (University of Wisconsin-Milwaukee)

Mesa 6
6:00 p. m.
1. «Julio Ramón Ribeyro: el cazador sutil. Asedios a su praxis como crítico literario y periodista»
 Néstor Tenorio Requejo (Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo - Lambayeque)
2. «Notas al margen: El ejercicio de la crítica literaria en La caza sutil de Julio Ramón Ribeyro»
María Gaynor Gonzales Chumpitaz (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
3. «La reflexividad crítica en La caza sutil de Julio Ramón Ribeyro»
Javier Morales Mena (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

Viernes 6 de junio
Mesa 7
11:00 a. m.
1. «La visión del niño en la narrativa breve de Julio Ramón Ribeyro»
Fernando Carrasco Núñez (Universidad Nacional “Enrique Guzmán y Valle”- La Cantuta)
2. «Imágenes paternas en la cuentística de Julio Ramón Ribeyro»
Gladys Flores Heredia (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
3. «Julio Ramón Ribeyro: del fracaso temático al éxito narrativo»
Antonio Vásquez Rodríguez (Universidad de San Martín de Porres)
4. «Recordando a Ribeyro»
Juan José Barrientos Contreras (Universidad Veracruzana, México)

Mesa 8
4:00 p. m.
1. «Literatura y libertad: la rebelión metafísica en La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro»

Kent Oré de la Cruz (Universidad Nacional “Enrique Guzmán y Valle”- La Cantuta)

2. «Representaciones de la escritura literaria en La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro»

Álex Flores Flores (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

3. «La tentación del fracaso en “El último cliente” (1975) de Julio Ramón  Ribeyro»

Eliana Vásquez Colichón (Universidad Antonio Ruiz de Montoya)


Mesa 9
5:00 p. m.
1. «Los finales trágicos de Julio Ramón Ribeyro»
Paloma Torres Pérez-Solero (Universidad Complutense de Madrid)
2. «El acto de escribir en las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro»
Jorge Valenzuela Garcés (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
3. «Del centro a los márgenes: el fracaso de los héroes ribeyrianos en su interacción con los sustratos sociales subordinados»
Américo Mudarra Montoya (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

Conferencias
6:00 p. m.
«Lo biográfico en las obras de ficción de Ribeyro»
Jorge Coaguila (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
«La metaliterariedad en algunos textos en prosa, de Julio Ramón Ribeyro»
Antonio González Montes  (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

Presentación de libros
7:00 p. m.
Julio Ramón Ribeyro para niños
Actas del Congreso Internacional Julio Ramón Ribeyro por tiempo indefinido
Jorge Coaguila (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
Gladys Flores Heredia (Fondo Editorial de la Academia Peruana de la Lengua)
Marco Martos Carrera (Academia Peruana de la Lengua)

Ceremonia de clausura
7:30 p. m.
Marco Martos Carrera, presidente de la Academia Peruana de la Lengua
Brindis de honor

Lugar
Instituto Raúl Porras Barrenechea
Dirección: Calle Colina 398, Miraflores
Teléfono: 619-7000 anexo 6102

Organiza

Academia Peruana de la Lengua
Instituto de Investigaciones Humanísticas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Comité  Organizador
Marco Martos Carrera (presidente), Antonio González Montes (vicepresidente), Javier Morales Mena (coordinador general), Gladys Flores Heredia, Eliana Vásquez Colichón (comité ejecutivo), Álex Flores Flores, Silvia Ramos Romero, Jairo Jurado Urbina (comité de apoyo) y Magaly Rueda Frías (secretaria ejecutiva)


Auspician
                                                              
Instituto Raúl Porras Barrenechea  Editorial Cátedra Vallejo


miércoles, 21 de agosto de 2013

Por las azoteas [Julio Ramón Ribeyro]





Por las azoteas
Julio Ramón Ribeyro

A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.
Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los maniquíes.
Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas largas campañas, que no iban sin peligros -pues había que salvar vallas o saltar corredores abismales- regresaba siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo. La presencia esporádica de alguna sirvienta que tendía ropa o de algún obrero que reparaba una chimenea, no me causaba ninguna inquietud pues yo estaba afincado soberanamente en una tierra en la cual ellos eran solo nómades o poblaciones trashumantes.
En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había una zona inexplorada que siempre despertó mi codicia. Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero una alta empalizada de tablas puntiagudas me impedía seguir adelante. Yo no podía resignarme a que este accidente natural pusiera un límite a mis planes de expansión.
A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de la tierra desconocida. Arrastrando de techo en techo un velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde de la empalizada y construí una alta torre. Encaramándome en ella, logre pasar la cabeza. Al principio sólo distinguí una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga farola. Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra nueva, divisé a un hombre sentado en una perezosa. El hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y sus ojos, sombreados por un amplio sombrero de paja, estaban cerrados. Su rostro mostraba una barba descuidada, crecida casi por distracción, como la barba de los náufragos.
Probablemente hice algún ruido pues el hombre enderezó la cabeza y quedo mirándome perplejo. El gesto que hizo con la mano lo interpreté como un signo de desalojo, y dando un salto me alejé a la carrera.
Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi azotea fortificando sus defensas, poniendo a buen recaudo mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que sería una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el hombre barbudo; saqueado, expulsado al atroz mundo de los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos, tías escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los techos reinaba la calma más grande y en vano pasé horas atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de vez en cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel.
En vista de ello decidí efectuar una salida para cerciorarme con qué clase de enemigo tenía que vérmelas, si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugitivo que pedía tan solo derecho de asilo. Armado hasta los dientes, me aventuré fuera de mi fortín y poco a poco fui avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la torre, contorneé la valla de maderas, buscando un agujero. Por entre la juntura de dos tablas apliqué el ojo y observé: el hombre seguía en la perezosa, contemplando sus largas manos trasparentes o lanzando de cuando en cuando una mirada hacia el cielo, para seguir el paso de las nubes viajeras.
Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado con delicia al espionaje, si es que el hombre, después de girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero.
-Pasa -dijo haciéndome una seña con la mano-. Ya sé que estás allí. Vamos a conversar.
Esta invitación, si no equivalía a una rendición incondicional, revelaba al menos el deseo de parlamentar. Asegurando bien mis armamentos, trepé por el perchero y salté al otro lado de la empalizada. El hombre me miraba sonriente. Sacando un pañuelo blanco del bolsillo -¿era un signo de paz?- se enjugó la frente.
-Hace rato que estas allí -dijo-. Tengo un oído muy fino. Nada se me escapa... ¡Este calor!
-¿Quién eres tú? -le pregunté.
-Yo soy el rey de la azotea -me respondió.
-¡No puede ser! -protesté- El rey de la azotea soy yo. Todos los techos son míos. Desde que empezaron las vacaciones paso todo el tiempo en ellos. Si no vine antes por aquí fue porque estaba muy ocupado por otro sitio.
-No importa -dijo-. Tú serás el rey durante el día y yo durante la noche.
-No -respondí-. Yo también reinaré durante la noche. Tengo una linterna. Cuando todos estén dormidos, caminaré por los techos.
-Está bien -me dijo-. ¡Reinarás también por la noche! Te regalo las azoteas pero déjame al menos ser el rey de los gatos.
Su propuesta me pareció aceptable. Mentalmente lo convertía ya en una especie de pastor o domador de mis rebaños salvajes.
-Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de al lado, si quieres. Pero todo lo demás es mío.
-Acordado -me dijo-. Acércate ahora. Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues: «Había una vez un hombre que sabía algo. Por esta razón lo colocaron en un púlpito. Después lo metieron en una cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo encerraron en un hospital. Después lo pusieron en un altar. Después quisieron colgarlo de una horca. Cansado, el hombre dijo que no sabía nada. Y sólo entonces lo dejaron en paz».
Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte que terminó por ahogarse. Al ver que yo lo miraba sin inmutarme, se puso serio.
-No te ha gustado mi cuento -dijo-. Te voy a contar otro, otro mucho más fácil: «Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante años repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: ‘Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario’».
Esta vez el hombre no rió sino que quedó pensativo, mirándome con sus ojos indagadores.
-¿Quién eres tú? -le volví a preguntar- ¿No me habrás engañado? ¿Por qué estás todo el día sentado aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un vago?
-¡Demasiadas preguntas! -me respondió, alargando un brazo, con la palma vuelta hacia mí- Otro día te responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regresas mañana? Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como un ojo irritado. El ojo del infierno.
Yo miré hacia lo alto y vi solo un disco furioso que me encegueció. Caminé, vacilando, hasta la empalizada y cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba sobre sus rodillas y se cubría la cara con su sombrero de paja.
Al día siguiente regresé.
-Te estaba esperando -me dijo el hombre-. Me aburro, he leído ya todos mis libros y no tengo nada qué hacer.
En lugar de acercarme a él, que extendía una mano amigable, lancé una mirada codiciosa hacia un amontonamiento de objetos que se distinguía al otro lado de la farola. Vi una cama desarmada, una pila de botellas vacías.
-Ah, ya sé -dijo el hombre-. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea -añadió con amargura- no sirve para nada.
-No vengo por los trastos -le respondí-. Tengo bastantes, tengo más que todo el mundo.
-Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. A mí me gustan las ciudades frías, las que tienen allá arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol?
-Una sombrilla -le dije-, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad.
-Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos.
Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo mojado, que la transpiración corría por sus barbas y humedecía sus manos.
-¿Sabes por qué estaban tan contentos los portapliegos de la oficina? -me pregunto de pronto-. Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones. Ellos creían haber cambiado de destino, cuando sólo se habían mudado de traje.
-¿La construiremos de tela o de papel? -le pregunté.
El hombre quedo mirándome sin entenderme.
-¡Ah, la sombrilla! -exclamó- La haremos mejor de piel, ¿qué te parece? De piel humana. Cada cual dará una oreja o un dedo. Y al que no quiera dárnoslo, se lo arrancaremos con una tenaza.
Yo me eche a reír. El hombre me imitó. Yo me reía de su risa y no tanto de lo que había imaginado -que le arrancaba a mi profesora la oreja con un alicate- cuando el hombre se contuvo.
-Es bueno reír -dijo-, pero siempre sin olvidar algunas cosas: por ejemplo, que hasta las bocas de los niños se llenarían de larvas y que la casa del maestro será convertida en cabaret por sus discípulos.
A partir de entonces iba a visitar todas las mañanas al hombre de la perezosa. Abandonando mi reserva, comencé a abrumarlo con toda clase de mentiras e invenciones. Él me escuchaba con atención, me interrumpía sólo para darme crédito y alentaba con pasión todas mis fantasías. La sombrilla había dejado de preocuparnos y ahora ideábamos unos zapatos para andar sobre el mar, unos patines para aligerar la fatiga de las tortugas.
A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embargo, yo sabía poco o nada de él. Cada vez que lo interrogaba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u oscuras:
-Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca has subido de noche? Si vienes alguna vez verás cómo me crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen en procesión para hacerme reverencias.
O decía:
-Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo olvides: un trasto.
Otro día me dijo:
-Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron.
A mediados del verano, el calor se hizo insoportable. El sol derretía el asfalto de las pistas, donde los saltamontes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba brutalidad y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en los tranvías atestados, llegaba a casa arenoso y famélico y después de almorzar subía a la azotea para visitar al hombre de la perezosa.
Este había instalado un parasol al lado de su sillona y se abanicaba con una hoja de periódico. Sus mejillas se habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo.
-¡El sol, el sol! -repetía-. Pasará él o pasaré yo. ¡Si pudiéramos derribarlo con una escopeta de corcho!
Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un lado de su sillona tenía una caja de cartón. Apenas me vio, extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limonada.
-Hoy es mi santo -dijo-. Vamos a festejarlo. ¿Sabes lo que es tener treinta y tres años? Conocer de las cosas el nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinitamente pequeño, tan pequeño -que la uña de mi dedo meñique sería un mundo a su lado. Pero ¿no decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa?
Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el sol de brujas encendió los cristales de las farolas y crecieron largas sombras detrás de cada ventana teatina.
Cuando me retiraba, el hombre me dijo:
-Pronto terminarán las vacaciones. Entonces, ya no vendrás a verme. Pero no importa, porque ya habrán llegado las primeras lloviznas.
En efecto, las vacaciones terminaban. Los muchachos vivíamos ávidamente esos últimos días calurosos, sintiendo ya en lontananza un olor a tinta, a maestro, a cuadernos nuevos. Yo andaba oprimido por las azoteas, inspeccionando tanto espacio conquistado en vano, sabiendo que se iba a pique mi verano, mi nave de oro cargada de riquezas.
El hombre de la perezosa parecía consumirse. Bajo su parasol, lo veía cobrizo, mudo, observando con ansiedad el último asalto del calor, que hacía arder la torta de los techos.
-¡Todavía dura! -decía señalando el cielo- ¿No te parece una maldad? Ah, las ciudades frías, las ventosas. Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a un cuchillo.
Al día siguiente me entregó un libro:
-Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás de tu amigo..., de este largo verano.
Era un libro con grabados azules, donde había un personaje que se llamaba Rogelio. Mi madre lo descubrió en el velador. Yo le dije que me lo había regalado «el hombre de la perezosa». Ella indagó, averiguó y cogiendo el libro con un papel, fue corriendo a arrojarlo a la basura.
-¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese hombre? ¡Ya verás esta noche cuando venga tu papá! Nunca más subirás a la azotea.
Esa noche mi papá me dijo:
-Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a verlo. Nunca más subirás a la azotea.
Mi mamá comenzó a vigilar la escalera que llevaba a los techos. Yo andaba asustado por los corredores de mi casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas, miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor -una manzana, un plátano, repetidos hasta el infinito- u hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi oído sólo estaba atento a los rumores del techo, donde los últimos días dorados me aguardaban. Y mi amigo en ellos, solitario entre los trastos.
Se abrieron las clases en días aun ardientes. Las ocupaciones del colegio me distrajeron. Pasaba mañanas interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de los catorce incas y dibujando el mapa del Perú con mis lápices de cera. Me parecían lejanas las vacaciones, ajenas a mí, como leídas en un almanaque viejo.
Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una brisa fría barrió el aire caldeado y pronto la garúa comenzó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de otoño. De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi jubiloso recibiendo con las manos abiertas esa agua caída del cielo que lavaría su piel, su corazón.
Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita. Burlando la vigilancia materna, subí a los techos. A esa hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los cordeles, la ropa olvidada se mecía y respiraba en la penumbra, y contra las farolas los maniquís parecían cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y a través de barandas y tragaluces llegué a la empalizada. Encaramándome en el perchero, me asomé al otro lado.
Sólo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación. Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida. Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos de luto circulaban pensativos.
Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde.