lunes, 13 de junio de 2016

Un padre llamado Julio Ramón



Días de luz y sombra, como en todas las familias. Julio Ribeyro Cordero, 49 años, cineasta e hijo del escritor Julio Ramón Ribeyro, evoca en esta nota su experiencia de haber sido hijo de un padre cálido, pero absorto en sus ensueños literarios. Un padre que hoy es una leyenda.

Por Fernando Ampuero


Cuando Julio Ribeyro tenía 3 años solía jugar en un parque de París, ciudad donde residía con sus padres, el escritor Julio Ramón Ribeyro y la marchand de arte Alida Cordero. Una mañana de otoño, fresca y soleada, Alida tenía trabajo en casa y, por tal razón, el niño partió hacia el parque de la mano de su padre. Tan pronto llegaron, este se largó a corretear por los jardines, y Julio Ramón, como de costumbre, buscó una banca cercana, a fin de vigilarlo. Desde ahí, mientras leía “Le Monde” y otros diarios de actualidad, le echaba vistazos a su hijo o le pedía que no se alejara.

Una hora después, al regresar Julio Ramón a casa, Alida lo miró alarmada y le preguntó: “¿Y Julito? ¿Dónde está?”. Al escritor se le heló la sangre, pero enseguida dio media vuelta y echó a correr en pos del hijo olvidado.

¿Te acuerdas de ese incidente?

No, no – sonríe Julio –. Yo estaba jugando, no me di cuenta. Solo me enteré de aquel descuido de mi padre años más tarde.

La anécdota, ni que decir tiene, no pretende ilustrar lo bueno o mal padre que pudo haber sido Julio Ramón. Pero a lo mejor, de alguna manera, da cuenta de la naturaleza absorta del hombre que fue: un individuo observador del mundo que pasaba delante de sus narices –podía sentarse horas en la terraza de un café de Saint Germain viendo pasar a la gente– y, a la vez, alguien reconcentrado, o peor aún, incurablemente distraído.

¿Qué noticia habría estado leyendo Julio Ramón para olvidar a Julito?

(Por entonces, en la vida familiar y amical, se le llamaba Julito a Julio Ribeyro, para diferenciarlo de su padre; y este trato todavía se mantiene). Eso no se sabrá nunca. Pero lo que sí queda claro es que Julio Ramón era un padre afectuoso, que pasaba mucho tiempo en casa, sobre todo después de 1973, año en que el escritor se reponía de las terribles cirugías que le impuso un cáncer, y que, en lo sucesivo, mermó mucho sus energías, aunque lo convertiría en el peruano más delgado y elegante de París.

Julito Ribeyro creció viendo a su padre en la sala de su casa, leyendo y escuchando música clásica. Rara vez lo veía escribir. Julito deduce que debía de hacerlo de noche, mientras todos dormían. Pero recuerda hasta hoy la presencia paterna, tan constante, como un grato recuerdo.

Y recuerda también, eso sí, que hubo días oscuros, odiosos. Meses en los que su padre estaba en el hospital y su madre andaba muy ajetreada, y, llegado el mediodía, nadie lo recogía. Julito tenía 6 años. Y en vez de almorzar en su casa, lo hacía en el quiosco del colegio, en compañía de alumnos mayores que ni lo miraban, pues allí no comían alumnos de su edad.

¿Y por qué esto te resultaba tan odioso?

Por la coliflor. El plato de coliflor hervida que servían en el quiosco. Eso me parecía la peor pesadilla. Si hoy me invitan un plato de coliflor en una cena, me pongo pálido y me siento pésimo.

La adolescencia de Julito fue menos tensa. Julio Ramón, padre permisivo, no sofrenó los ímpetus de su hijo. Cuando este quiso practicar artes marciales, lo inscribió de inmediato en una academia de judo, donde llegó a cinturón negro. El padre, frágil, enjuto, sonreía ante sus progresos y, no sin cierto orgullo, comentaba con los amigos sobre su destreza y fortaleza.

Lea la entrevista completa en COSAS 594.

jueves, 26 de mayo de 2016

Seis libros de Julio Ramón Ribeyro




Más sobre el autor en:  http://julioramonribeyro.blogspot.mx/

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La_palabra_del_mudo_Antologia_Julio_Ramon_Ribeyro.rtf

Los_geniecillos_dominicales_Julio_Ramon_Ribeyro.rtf

Ribeyro_Julio_Ramon_-_Dichos_De_Luder.DOC

Ribeyro_Julio_Ramon_-_Prosas_Apatridas.doc

Ribeyro_Julio_Ramon_-_Santiago_El_Pajarero.doc

Tres_historias_sublevantes_Julio_Ramon_Ribeyro.rtf

Los escritores, por lo general, han sido y son grandes fumadores. Pero es curioso que no hayan escrito libros sobre el vicio del cigarrillo, como sí han escrito sobre el juego, la droga o el alcohol. ¿Dónde están el Dostoiewsky, el De Quincey o el Malcolm Lowry del cigarrillo? La primera referencia literaria al tabaco que conozco data del siglo XVII y figura en el Don Juan de Moliere. La obra arranca con esta frase: "Diga lo que diga Aristóteles y toda la filosofía, no hay nada comparable al tabaco... Quien vive sin tabaco, no merece vivir". Ignoro si Moliere era fumador -si bien en esa época el tabaco se aspiraba por la nariz o se mascaba-, pero esa frase me ha parecido siempre precursora y profunda, digna de ser tomada como divisa por los fumadores. Los grandes novelistas del siglo XIX -Balzac, Dickens, Tolstoi- ignoraron por completo el problema del tabaquismo y ninguno de sus cientos de personajes, por lo que recuerdo, tuvieron algo que ver con el cigarrillo. Para encontrar referencias literarias a este vicio hay que llegar al siglo XX. En La montaña mágica, Thomas Mann pone en labios de su héroe, Hans Castorp, estas palabras: "No comprendo cómo se puede vivir sin fumar... Cuando me despierto me alegra saber que podré fumar durante el día y cuando como tengo el mismo presentimiento. Sí, puedo decir que como para fumar... Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento, sería para mí un día absolutamente vacío e insípido y si por la mañana tuviese que decirme hoy no puedo fumar creo que no tendría el valor para levantarme". La observación me parece muy penetrante y revela que Thomas Mann debió ser un fumador encarnizado, lo que no le impidió vivir hasta los ochenta años. Pero el único escritor que ha tratado el tema del cigarrillo extensamente, con una agudeza y un humor insuperables, es Italo Svevo, quien le dedica treinta páginas magistrales en su novela La conciencia de Zeno. Después de él no veo nada digno de citarse, salvo una frase en el diario de André Gide, que también murió octogenario y fumando: "Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar".

El mutilado español que me fiaba cigarrillos fue un santo varón y una figura celestial que no encontraré más en mi vida. Estaba ya entonces en París y allí las cosas se pusieron color de hormiga. No al comienzo, pues cuando llegué disponía de medios para mantener adecuadamente mi vicio y hasta para adornarlo. Las surtidas tabaquerías francesas me permitieron explorar los dominios inglés, alemán, holandés, en su gama rubia más refinada, con la intención de encontrar, gracias a comparaciones y correlaciones, el cigarrillo perfecto. Pero a medida que avanzaba en estas pesquisas mis recursos fueron disminuyendo a tal punto que no me quedó más remedio que contentarme con el ordinario tabaco francés. Mi vida se volvió azul, pues azules eran los paquetes de Gauloises y de Gitanes. Era tabaco negro además, de modo que mi caída fue doblemente infamante. Ya para entonces el fumar se había infiltrado en todos los actos de mi vida, al punto que ninguno -salvo el dormir- podía cumplirse sin la intervención del cigarrillo. En este aspecto llegué a extremos maniacos o demoniacos, como el no poder abrir una carta importantísima y dejarla horas de horas sobre mi mesa hasta conseguir los cigarrillos que me permitieran desgarrar el sobre y leerla. Esa carta podía incluso contener el cheque que necesitaba para resolver el problema de mi falta de tabaco. Pero el orden no podía ser invertido: primero el cigarrillo y después la apertura del sobre y la lectura de la carta. Estaba pues instalado en plena insania y maduro ya para peores concesiones y bajezas.

Ocurrió que un día no pude ya comprar ni cigarrillos franceses -y en consecuencia leer mis cartas-, y tuve que cometer un acto vil: vender mis libros. Eran apenas doscientos o algo así, pero eran los que más quería, aquellos que arrastraba durante años por países, trenes y pensiones y que habían sobrevivido a todos los avatares de mi vida vagabunda. Yo había ido dejando por todo sitio abrigos, paraguas, zapatos y relojes, pero de estos libros nunca había querido desprenderme. Sus páginas anotadas, subrayadas o manchadas conservaban las huellas de mi aprendizaje literario y, en cierta forma, de mi itinerario espiritual. Todo consistió en comenzar. Un día me dije: "Este Valéry vale quizás un cartón de rubios americanos", en lo que me equivoqué, pues el bouquiniste que lo aceptó me pagó apenas con qué comprar un par de cajetillas. Luego me deshice de mis Balzac, que se convertían automáticamente en sendos paquetes de Lucky. Mis poetas surrealistas me decepcionaron, pues no daban más que para un Players británico. Un Ciro Alegría dedicado, en el que puse muchas esperanzas, fue solo recibido porque le añadí de paso el teatro de Chejov. A Flaubert lo fui soltando a poquitos, lo que me permitió fumar durante una semana los primitivos Gauloises. Pero mi peor humillación fue cuando me animé a vender lo último que me quedaba: diez ejemplares de mi libro Los gallinazos sin plumas, que un buen amigo había tenido el coraje de editar en Lima. Cuando el librero vio la tosca edición en español, y de autor desconocido, estuvo a punto de tirármela por la cabeza. "Aquí no recibimos esto. Vaya a Gilbert, donde compran libros al peso". Fue lo que hice. Volví al hotel con un paquete de Gitanes. Sentado en mi cama encendí un pitillo y quedé mirando mi estante vacío. Mis libros se habían hecho literalmente humo.

martes, 15 de septiembre de 2015

Las botellas y los hombres




 Las botellas y los hombres

 

            —Lo buscan —dijo el portero—. Un hombre lo espera en la puerta.
            Luciano alcanzó a dar una recia volea que hizo encogerse a su adversario y dejando su raqueta sobre la banca tomó el caminillo de tierra. Primero vio una cabeza calva, luego un vientre mal fajado pero sólo cuando la distancia le permitió distinguir la tosca cara de máscara javanesa, sintió que las piernas se le doblaban. Como antes de llegar a la puerta de salida había una cantina, se arrastró hacia ella y pidió una cerveza.
            Luego de echarse el primer sorbo, sobre esa boca quemada por la vergüenza, miró hacia el alambrado. El hombre seguía allí parado, lanzando de cuando en cuando una mirada tímida al interior del club. A veces observaba sus manos con esa atención ingenua que prestan a las cosas más insignificantes las personas que esperan.
            Luciano secó su cerveza y avanzó resueltamente hacia la puerta. El hombre, al verlo aparecer, quedó rígido, mirándolo con estupefacción. Pero pronto se repuso y sacando una sucia mano del bolsillo la extendió hacia adelante.
            —Dame unas chauchas —dijo—. Necesito ir al Callao.
            Luciano no respondió: hacía ocho años que no veía a su padre. Sus ojos no abandonaban esos rasgos que conociera de niño y que ahora le regresaban completamente usados y refractados por el tiempo.
            —¿No has oído? —repitió—. Necesito que me des unas chauchas.
            —Ésa no es manera de saludar —dijo Luciano—. Sígueme.
            Mientras caminaba, sintió unos pasos precipitados y luego una mano que lo cogía por el brazo.
            —¡Disculpa, ñato!, pero estoy fregado, sin plata, sin trabajo… Hace dos días que llegué de Arequipa.
            Luciano continuó su camino.
            —¿Y todos estos años?
            —He estado en Chile, en Argentina…
            —¿Te ha ido bien?
            —¡Como el ajiaco! He pasado la gran vida.
            Cuando llegaron a la cantina, Luciano pidió dos cervezas.
            —¡Nada de cerveza! Yo soy viejo pisquero. Un soldeíca para mí… Pregunté por ti, me dijeron que seguías en el club.
            Hacía calor. En la gran explanada se escuchaba apenas el ruido de las pelotas rebotando en las cuerdas. Luciano miró hacia la cancha, donde su compañero lo aguardaba aburrido, manoseando la red. Pensó que podría acercarse a la cantina, que podría crearse una situación embarazosa.
            —¿Estabas jugando? —preguntó el viejo—. Puedes seguir nomás. ¡Yo seco esto y me voy! No he venido para hacer tertulia. Pero eso sí, déjame para el tranvía. Tengo que ir al muelle para buscar un trabajo.
            —Tengo tiempo de sobra —replicó Luciano regresando la mirada hacia el mostrador. Su padre se llevaba a los labios el primer sorbo y enseguida se secó la boca con la mano, repitiendo ese gesto que se ve en las pulperías, entre los bebedores de barrio. Ambos permanecieron callados, cercanas las cabezas pero irremediablemente alejados por los años de ausencia. El viejo dirigió la mirada hacia las instalaciones del club, hacia el hermoso edificio perdido tras la arboleda.
            —Todo esto es nuevo, ¡yo no lo conocía! Me acuerdo cuando era guardián y vivíamos allí, en esa caseta. Tú has progresado, ya no recoges bolas. Ahora te mezclas con la cremita
            —Hace años que no recojo bolas.
            —¡Ahora juegas! —suspiró el viejo.
            Luciano comenzó a sentirse incómodo. El empleado de la cantina no quitaba la vista de ese extraño visitante con la camisa sebosa y la barba mal afeitada. Hombres de esa catadura sólo entraban al club por la puerta falsa, cuando había un caño por desatorar.
            —¡Allí viene tu rival! —dijo su padre, apurando su copa—. Me voy. Dame lo que te he pedido.
            Luciano vio que su compañero de juego se acercaba a pasos elásticos, dando de raquetazos a invisibles pelotas. Metiendo la mano al bolsillo buscó ansiosamente unas monedas, las cerró entre sus dedos, las mantuvo un momento prisioneras pero terminó por abandonarlas.
            —Bebe tranquilo —dijo—. A mí nadie me apura.
            Su amigo se detuvo frente a la cantina.
            —¿Vas a venir o no? Se me está enfriando el cuerpo.
            —Te presento a mi padre —dijo Luciano.
            —¿Tu padre?
            Ambos se estrecharon la mano. Mientras cambiaban los primeros saludos, Luciano trataba de explicarse por qué su amigo había puesto esa entonación en su pregunta. Sin poderlo evitar, observó con más atención el aspecto de su padre. Sus codos raídos, la basta deshilachada del pantalón, adquirieron en ese momento a sus ojos una significación moral: se daba cuenta que en Lima no se podía ser pobre, que la pobreza era aquí una espantosa mancha, la prueba plena de una mala reputación.
            —Hacía tiempo que no lo veía —añadió sin saber por qué—. Ha estado de viaje.
            —He estado en el Sur —confirmó el viejo—. Una gran turné de negocios por Santiago, por Buenos Aires… Yo me dedico a los negocios, un negocio de vinos, también de ferretería, pero ahora, con los impuestos, con las divisas, las cosas andan…
            Súbitamente se calló. El joven lo miraba atónito. Luciano se dio cuenta que comenzaban a sudarle las manos.
            —¿No se toman una copita? —añadió el viejo—. Ahora invito yo.
            —Lo dejaremos para más tarde —intervino Luciano, impaciente—. Tenemos que terminar la partida. ¿Dónde nos vemos?
            —Donde tú quieras. Ya te he dicho que voy para el Callao.
            —Te acompaño a la puerta.
            Ambos se encaminaron hacia la salida. Marchaban silenciosos.
            —No has debido hacerme entrar aquí —balbuceó el viejo—. ¿Qué dirán tus amigos?
            —¿Qué van a decir?
            —En fin, aquí viene gente elegante. Hay que venir muy palé, con pantalón tubo, ¿eh?
            —Si pasas por la casa, te puedo dar unas camisas.
            El viejo lo miró irritado.
            —¡No me vas a vestir ahora a mí: a mí, que te he comprado tus primeros chuzos!
            Luciano trató de recordar a qué chuzos se refería su padre. Todos sus recuerdos de infancia le venían descalzos desde la puerta de un callejón. A pesar de ello, cuando llegaron al alambrado, extrajo todo el dinero que tenía en el bolsillo.
            —A las seis en el jardín Santa Rosa —murmuró extendiendo la mano.
            Cuando el viejo terminó de contar el dinero levantó la cara pero ya Luciano se encontraba lejos, como si hubiera querido ahorrarle una de esas embarazosas escenas de gratitud.
            Poco después de las seis, Luciano llegaba al jardín Santa Rosa. Obedeciendo a un impulso de vanidad, se había puesto su mejor terno, sus mejores zapatos, un prendedor de oro en la corbata, como si se propusiera demostrarle a su padre con esos detalles que su ausencia del hogar no había tenido ninguna importancia, que había sido —por el contrario— una de las razones de su prosperidad.
            Esto no era exacto, sin embargo, y nadie sabía mejor que Luciano qué cantidad de humillaciones había sufrido su madre para permitirle terminar el colegio. Nadie sabía mejor que él, igualmente, que esa prosperidad que parecía leerse en su vestimenta, en sus relaciones de club —donde servía de pareja a los socios viejos y se emborrachaba con sus hijos— era una prosperidad provisional, amenazada, mantenida gracias a negocios oscuros. Si el club lo toleraba no era ciertamente por razones sociales sino porque Luciano, aparte de ser el infatigable sparring, conocía las debilidades de los socios y era algo así como el agente secreto de sus vicios, el órgano de enlace entre el hampa y el salón.
            Lo primero que vio al cruzar el umbral fue a su padre, bajo el emparrado, bebiendo aguardiente y conversando con dos hombres. Deteniéndose, quedó un momento contemplándolo. Tenía el aspecto de estar sentado allí muchas horas, quizás desde que se despidieron en el club. Se había desanudado la corbata y gesticulaba mucho, ayudándose con las manos. Sus interlocutores lo escuchaban, divertidos. Clientes de otras mesas estiraban la oreja para escuchar fragmentos de su charla.
            Su llegada debió producirle cierta inquietud porque esbozó con la mano un gesto inacabado, como ante un proyectil que vemos venir hacia nosotros y esfumarse en el camino. Enseguida se levantó, derribando aparatosamente una silla.
            —¡Ya está acá! —exclamó dando unos pasos, los brazos extendidos—. ¿Qué les decía yo? ¡Ha llegado mi ñato!
            Luciano lo vio venir y a pesar suyo se encontró aferrado contra su pecho. Durante un tiempo, que le pareció interminable, sufrió la violencia de su abrazo. A sus narices penetraba un tufo de licor barato, de cebolla de picantería. Este detalle lo conmovió y sus manos, que al principio vacilaban, se crisparon con fuerza sobre la espalda de su padre. Luego de tantos años, bien valía la pena de un abrazo.
            —Vamos a sentarnos —dijo el viejo—. Aquí te presento unos amigos, todos chicos muy simpáticos. Trabajan en la banca. Acabo de conocerlos.
            Luciano tomó asiento y por complacer a su padre se sirvió un pisco. Los empleados lo observaban con perplejidad. El prendedor de su corbata, pero sobre todo el rubí de su anular, parecía dejarlos cavilosos. No veían verdaderamente relación entre ese viejo seboso y charlatán y esa especie de mestizo con aires de dandi.
            —El chico es ingeniero —mintió el viejo—. Ha estudiado en La Molina. Siempre sacó las mejores notas. Yo también, cuando estaba en la Facultad… ¿te acuerdas, Luciano?
            Luciano permanecía silencioso y dejaba hablar a su padre. Al acudir a esa cita, su intención primera había sido acosarlo a preguntas, irlo acorralando hasta llegar a esa época de abandono en la cual todos los reproches eran posibles. Pero la presencia de los empleados y esa primera copa de pisco lo habían disuadido. Comenzaba a olvidarse de su ropa, de sus rencores, y a penetrar en ese mundo ficticio que crean los hombres cuando se sientan alrededor de una botella abierta. La mirada perdida en el fondo del jardín, veía a un grupo de parroquianos jugar a las bochas. De vez en cuando su padre le pedía confirmar un embuste y él repetía maquinalmente: «Es verdad». El rumor de su voz, además, irrigaba zonas muertas de su memoria. Había un partido de fútbol al cual su padre lo condujera de niño, algunas monedas de plata que le dieron acceso al paraíso de los turrones.
            —¡Vamos a jugarnos un sapo! —exclamó el viejo—. ¡A ver tú, caballerazo, pásame la dolorosa!
            El mozo se acercó. Luciano se vio conducido por su padre a un rincón.
            —Eh, ¿tienes allí algunos morlacos libres? Este par de bancarios está chupando a mis costillas. Pero, espérate, en el sapo nos desquitaremos.
            Luciano quedó arreglándose con el mozo mientras su padre avanzaba con los empleados hacia el juego del sapo. En el camino iba hablando en voz alta, palmeaba a los camareros, hacía chistes con los demás parroquianos, intervenía en todas las disputas. Su aspecto ambiguo de mercachifle y de reclutador de feria, su ronca voz de guarapero, lo habían hecho rápidamente popular y parecía, por momentos, el más antiguo de todos los clientes.
            —¿Por dónde está el gerente? —gritaba—. ¡Díganle que aquí está don Francisco, presidente del club Huaracino, para invitarle un huaracazo!
            Luciano apuró el paso y lo alcanzó. Había experimentado la necesidad de estar a su lado, de hacer ostensible su vinculación con ese hombre que dominaba un jardín de recreo. Cogiéndolo resueltamente del brazo, caminó silencioso a su vera.
            El viejo le habló al oído:
            —He apostado con los empleados una docena de Cristal.
            —¡Pero si yo no sé jugar!
            —¡Déjalo por mi cuenta!
            Las fichas comenzaron a volar hacia la boca del sapo. Los empleados, que estaban un poco borrachos, las arrojaban como piedras y descascaraban la pared del fondo. Su padre, en cambio, medía sus tiros y efectuaba los lanzamientos con un estilo impecable. Luciano no se cansaba de observarlo, creía descubrir en él una elegancia escondida que una vida miserable había recubierto de gestos vulgares sin llegar por completo a destruir. Pensó cómo sería su padre con un buen chaleco y se dijo que bien valía la pena obsequiarle el más lujoso que encontrara.
            Mientras tanto, las botellas de Cristal se vaciaban. A cada trago, el viejo parecía rejuvenecer, alcanzar una talla legendaria. Su desbordante euforia contagió a Luciano, quien se dijo que tenían una noche por delante y que sería necesario hacer algo con ella. Los empleados estorbaban. Uno de ellos había caído vomitando bajo la enramada y el otro trataba de levantarlo.
            —¡Vámonos! ¡Éstos ya enterraron el pico!
            —¡Todavía no! —protestó el viejo y Luciano hubo de seguirlo a través de todos los apartados, mezclarse en sus conversaciones, verlo, por último, jugarse una partida de bochas, en mangas de camisa, tronando como un titán y aniquilando a sus adversarios.
            —¡Así juegan los porteños! —vociferaba, mientras los palitroques volaban por los aires.
            Al fin Luciano logró convencerlo que debían irse de allí.
            —¿Habrá juerga? —indagó el viejo.
            —¡Iremos al Once Amigos Bolognesi, a La Victoria, donde mis verdaderos patines!
            Ambos abandonaron el jardín Santa Rosa y abrazados, cantando, se lanzaron por las calles de Magdalena a la caza de un taxi.
            En el club —un garaje deshabitado, al cual se penetraba por un postigo— había una docena de personas de catadura dudosa, jugando al craft, a las damas, fumando, bebiendo cerveza. El estrépito que hizo Luciano al entrar obligó a todos a volver la cabeza.
            —¡Señores! —gritó cuando llegó al centro de la pieza—. ¡Les presento a mi padre!
            Todos quedaron callados mirando a ese extraño hombre gordo que, la corbata desanudada, el pelo revuelto alrededor del pelado occipital, se apoyaba en el mostrador para no caer. Luciano avanzó hacia las mesas y echó por tierra los tableros y los cubiletes.
            —¡Se acabó el juego! Ahora todo el mundo chupa con nosotros. Un padre como éste no se ve todos los días. Nos encontramos en la calle. Hacía ocho años que no lo veía.
            Algunos amigos protestaron, otros trataron de reconstruir las partidas disputándose sobre la posición de las fichas, pero cuando escucharon que Luciano enviaba al cantinero por algunas botellas de champán, se resignaron a hacerle los honores al recién llegado.
            —¡Pero si tiene tu misma quijada! —dijo uno, acercándose al viejo para estrecharle la mano. Otros se levantaron y lo abrazaron. Se hicieron los primeros brindis.
            —¡A puerta cerrada! —dijo Luciano tirando el postigo—. ¡Aquí no entran ni los tombos!
            Las mesas fueron arrimadas unas contra otras hasta formar una superficie descomunal. El primer trago sacó al viejo de su torpor y luego de lanzar algunos carajos para aclararse la voz, se dispuso a mostrarse digno de aquella acogida. Primero con réplicas, luego con anécdotas, fue apoderándose de la conversación. Cuando el cantinero llegó con el champán, él era el único que hablaba. Sus historias, contadas en la sabrosa jerga criolla, inventadas en su mayoría, interrumpidas, retomadas, vueltas a contar de una manera diferente, adobadas con groseros refranes de su cosecha, con invocaciones a valses populares, provocaban estallidos de risa.
            En un rincón, Luciano asistía mudo a esta escena. Sus ojos animados, en lugar de posarse en su padre, viajaban por los rostros de sus amigos. La atención que en ellos leía, el regocijo, la sorpresa, eran los signos de la existencia paterna: en ellos terminaba su orfandad. Ese hombre de gran quijada lampiña, que él había durante tantos años odiado y olvidado, adquiría ahora tan opulenta realidad, que él se consideraba como una pobre excrecencia suya, como una dádiva de su naturaleza. ¿Cómo podría recompensarlo? Regalarle dinero, retenerlo en Lima, meterlo en sus negocios, todo le parecía poco. Maquinalmente se levantó y se fue aproximando a él, con precaución. Cuando estuvo detrás suyo, lo cogió de los hombros y lo besó violentamente en la boca.
            El viejo, interrumpido, hizo un movimiento de esquive sobre la silla. Los amigos rieron. Luciano quedó desconcertado. Abriendo los brazos a manera de excusa, regresó a su silla. Su padre prosiguió, luego de limpiarse los labios con la manga.
            Se hablaba de mujeres. Luciano se sintió de súbito triste. En su copa de champán quedaba un concho espumoso. Con un palillo de fósforo perforó sus burbujas mientras se acordaba de su madre, a quien visitaba de cuando en cuando en el callejón, llevándole frutas o pañuelos. Su atención se dispersaba. Alguien hablaba de ir a las calles alegres de La Victoria. Siempre era así: en las reuniones de hombres, por más numerosas que fueran, siempre llegaba un momento en que todos se sentían profundamente solos.
            Pero eso no era lo que lo preocupaba. Era la voz de su padre. Ella se aproximaba, hacía fintas sobre una zona peligrosa. Luciano sintió la tentación de hundir la frente entre las manos, de taparse los oídos. Era ya tarde.
            —¿Y cómo está la vieja?
            La pregunta llegó desde el otro extremo de la mesa, a través de todas las botellas. Se había hecho un silencio. Luciano miró a su padre y trató de sonreír.
            —Está bien —contestó y volvió a hundir su mirada en la copa vacía—. Tampoco le has hecho falta. Nunca ha preguntado por ti.
            —Hace ocho o diez años que no le veo ni el bulto —prosiguió el viejo, dirigiéndose a los amigos—. ¡Cómo corre el tiempo! Nos hacemos viejos… ¿No queda más champán para mí?… Vivíamos en un callejón, vivíamos como cerdos, ¿no es verdad, Luciano? Yo no podía aguantar eso… un hombre como yo, en fin, sin libertad… viendo siempre la misma cara, el mismo olor a mujer, qué mierda, había que conocer mundo y me fui… Sí, señores, ¡me fui!
            Luciano apretó la copa deseando que reventara entre sus dedos. El cristal resistió.
            —Además… —continuó el viejo, sonriendo con sorna—, yo, yo… ella, con el perdón de Luciano, pero la verdad es que ella, ustedes comprenden, ella…
            —¡Calla! —gritó Luciano, poniéndose de pie.
            —¡… ella se acostaba con todo el mundo!
            Las carcajadas de los amigos estallaron. En un instante Luciano se encontró al lado de su padre. Cuando los amigos terminaron de reír vieron que el viejo tenía sangre en los labios. Luciano lo tenía aferrado por la corbata y su ágil cabeza volvía a golpear la gran cara pastosa.
            —¡Agárrenlo, agárrenlo! —gritaba el viejo.
            Entre cuatro cogieron a Luciano y lo arrastraron a un rincón. Su pequeño cuerpo se revolvía, de su boca salía un resuello rabioso.
            —¡Si se quieren pegar que salgan a la calle! —exclamó uno—. ¡Aquí van a romper los confortables!
            Luego de un forcejeo en el cual intervinieron todos los amigos —no se sabía si para contenerlos o para expulsarlos—, Luciano y su padre se encontraron en la calle.
            —Al jirón Humboldt —dijo Luciano y se echó a caminar decididamente mientras se acomodaba la corbata y se alisaba el cabello con las manos. Su padre lo seguía a pasos cortos y precipitados.
            —¡Espera! ¿Por qué tan lejos?
            Cuando lo alcanzó, anduvo a su lado, borracho aún, hablando en voz alta, llenándolo de injurias.
            —¿No lo sabías tú, acaso? ¡Con todo el mundo! ¿Quién daba para el diario, entonces?
            Al llegar al jirón Humboldt comenzaron a recorrerlo, buscando una transversal oscura. Luciano se sentía fatigado, pensaba en las cien formas de enfrentarse a un rival corpulento y pesado: evitar el cuerpo a cuerpo, fintear provocando la fatiga, tierra en los ojos o una piedra metida con disimulo en el bolsillo de su saco.
            —Acá —dijo el viejo, señalando una bocacalle penumbrosa en medio de la cual pendía un foco amarillo. En el tapabarro de un colectivo abandonado dejaron sus sacos. Luego se remangaron la camisa. Luciano metió la basta de su pantalón bajo la liga de sus medias. Cuadrándose, tomaron distancia.
            Luciano vio que su padre tenía la guardia abierta y que su gran vientre se le ofrecía como un blanco infalible. A pesar de ello, retrocedió unos pasos. El viejo se aproximó. Luciano volvió a retroceder. El viejo continuó avanzando.
            —¿Me vas a dar pelea? ¡Aguárdate, que te calzo!
            Luciano llegó a tocar la pared con la espalda e impulsándose con las manos arremetió hacia adelante. De un salto salvó la distancia y ya iba a descargar su puño cuando advirtió un gesto, tan sólo un gesto de desconcierto —de pavor— en el rostro de su padre, y su puño quedó suspendido en el aire. El viejo estaba inmóvil. Ambos se miraban a los ojos como si estuvieran prontos a lanzar un grito. Aún tuvo tiempo de pensar Luciano: «Parece que me miro en un espejo», cuando sintió la pesada mano que le hendía el esternón y la otra que se alargaba rozando sus narices. Recobrándose, tomó distancia y recibió a la forma que avanzaba con un puntapié en el vientre. El viejo cayó de espaldas.
            Luciano cruzó velozmente por encima de él y recogiendo su saco corrió hacia la esquina. Al llegar al jirón Humboldt se detuvo en seco. El cuerpo continuaba allí —se le veía como un animal atropellado— en medio de la pista. Con prudencia se fue acercando. Al inclinarse, vio que el viejo dormía, la garganta llena de ronquidos. Tirándolo de las piernas lo arrastró hasta la vereda. Luego volvió a inclinarse para mirar por última vez esa mandíbula recia, esa ilusión de padre que jamás volvería a repetirse. Arrancando su anillo del anular, lo colocó en el meñique del vencido, con el rubí hacia la palma. Después encendió un cigarrillo y se retiró, pensativo, hacia los bares de La Victoria.


            (Berlín, 1958)