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Las botellas y los hombres




 Las botellas y los hombres

 

            —Lo buscan —dijo el portero—. Un hombre lo espera en la puerta.
            Luciano alcanzó a dar una recia volea que hizo encogerse a su adversario y dejando su raqueta sobre la banca tomó el caminillo de tierra. Primero vio una cabeza calva, luego un vientre mal fajado pero sólo cuando la distancia le permitió distinguir la tosca cara de máscara javanesa, sintió que las piernas se le doblaban. Como antes de llegar a la puerta de salida había una cantina, se arrastró hacia ella y pidió una cerveza.
            Luego de echarse el primer sorbo, sobre esa boca quemada por la vergüenza, miró hacia el alambrado. El hombre seguía allí parado, lanzando de cuando en cuando una mirada tímida al interior del club. A veces observaba sus manos con esa atención ingenua que prestan a las cosas más insignificantes las personas que esperan.
            Luciano secó su cerveza y avanzó resueltamente hacia la puerta. El hombre, al verlo aparecer, quedó rígido, mirándolo con estupefacción. Pero pronto se repuso y sacando una sucia mano del bolsillo la extendió hacia adelante.
            —Dame unas chauchas —dijo—. Necesito ir al Callao.
            Luciano no respondió: hacía ocho años que no veía a su padre. Sus ojos no abandonaban esos rasgos que conociera de niño y que ahora le regresaban completamente usados y refractados por el tiempo.
            —¿No has oído? —repitió—. Necesito que me des unas chauchas.
            —Ésa no es manera de saludar —dijo Luciano—. Sígueme.
            Mientras caminaba, sintió unos pasos precipitados y luego una mano que lo cogía por el brazo.
            —¡Disculpa, ñato!, pero estoy fregado, sin plata, sin trabajo… Hace dos días que llegué de Arequipa.
            Luciano continuó su camino.
            —¿Y todos estos años?
            —He estado en Chile, en Argentina…
            —¿Te ha ido bien?
            —¡Como el ajiaco! He pasado la gran vida.
            Cuando llegaron a la cantina, Luciano pidió dos cervezas.
            —¡Nada de cerveza! Yo soy viejo pisquero. Un soldeíca para mí… Pregunté por ti, me dijeron que seguías en el club.
            Hacía calor. En la gran explanada se escuchaba apenas el ruido de las pelotas rebotando en las cuerdas. Luciano miró hacia la cancha, donde su compañero lo aguardaba aburrido, manoseando la red. Pensó que podría acercarse a la cantina, que podría crearse una situación embarazosa.
            —¿Estabas jugando? —preguntó el viejo—. Puedes seguir nomás. ¡Yo seco esto y me voy! No he venido para hacer tertulia. Pero eso sí, déjame para el tranvía. Tengo que ir al muelle para buscar un trabajo.
            —Tengo tiempo de sobra —replicó Luciano regresando la mirada hacia el mostrador. Su padre se llevaba a los labios el primer sorbo y enseguida se secó la boca con la mano, repitiendo ese gesto que se ve en las pulperías, entre los bebedores de barrio. Ambos permanecieron callados, cercanas las cabezas pero irremediablemente alejados por los años de ausencia. El viejo dirigió la mirada hacia las instalaciones del club, hacia el hermoso edificio perdido tras la arboleda.
            —Todo esto es nuevo, ¡yo no lo conocía! Me acuerdo cuando era guardián y vivíamos allí, en esa caseta. Tú has progresado, ya no recoges bolas. Ahora te mezclas con la cremita
            —Hace años que no recojo bolas.
            —¡Ahora juegas! —suspiró el viejo.
            Luciano comenzó a sentirse incómodo. El empleado de la cantina no quitaba la vista de ese extraño visitante con la camisa sebosa y la barba mal afeitada. Hombres de esa catadura sólo entraban al club por la puerta falsa, cuando había un caño por desatorar.
            —¡Allí viene tu rival! —dijo su padre, apurando su copa—. Me voy. Dame lo que te he pedido.
            Luciano vio que su compañero de juego se acercaba a pasos elásticos, dando de raquetazos a invisibles pelotas. Metiendo la mano al bolsillo buscó ansiosamente unas monedas, las cerró entre sus dedos, las mantuvo un momento prisioneras pero terminó por abandonarlas.
            —Bebe tranquilo —dijo—. A mí nadie me apura.
            Su amigo se detuvo frente a la cantina.
            —¿Vas a venir o no? Se me está enfriando el cuerpo.
            —Te presento a mi padre —dijo Luciano.
            —¿Tu padre?
            Ambos se estrecharon la mano. Mientras cambiaban los primeros saludos, Luciano trataba de explicarse por qué su amigo había puesto esa entonación en su pregunta. Sin poderlo evitar, observó con más atención el aspecto de su padre. Sus codos raídos, la basta deshilachada del pantalón, adquirieron en ese momento a sus ojos una significación moral: se daba cuenta que en Lima no se podía ser pobre, que la pobreza era aquí una espantosa mancha, la prueba plena de una mala reputación.
            —Hacía tiempo que no lo veía —añadió sin saber por qué—. Ha estado de viaje.
            —He estado en el Sur —confirmó el viejo—. Una gran turné de negocios por Santiago, por Buenos Aires… Yo me dedico a los negocios, un negocio de vinos, también de ferretería, pero ahora, con los impuestos, con las divisas, las cosas andan…
            Súbitamente se calló. El joven lo miraba atónito. Luciano se dio cuenta que comenzaban a sudarle las manos.
            —¿No se toman una copita? —añadió el viejo—. Ahora invito yo.
            —Lo dejaremos para más tarde —intervino Luciano, impaciente—. Tenemos que terminar la partida. ¿Dónde nos vemos?
            —Donde tú quieras. Ya te he dicho que voy para el Callao.
            —Te acompaño a la puerta.
            Ambos se encaminaron hacia la salida. Marchaban silenciosos.
            —No has debido hacerme entrar aquí —balbuceó el viejo—. ¿Qué dirán tus amigos?
            —¿Qué van a decir?
            —En fin, aquí viene gente elegante. Hay que venir muy palé, con pantalón tubo, ¿eh?
            —Si pasas por la casa, te puedo dar unas camisas.
            El viejo lo miró irritado.
            —¡No me vas a vestir ahora a mí: a mí, que te he comprado tus primeros chuzos!
            Luciano trató de recordar a qué chuzos se refería su padre. Todos sus recuerdos de infancia le venían descalzos desde la puerta de un callejón. A pesar de ello, cuando llegaron al alambrado, extrajo todo el dinero que tenía en el bolsillo.
            —A las seis en el jardín Santa Rosa —murmuró extendiendo la mano.
            Cuando el viejo terminó de contar el dinero levantó la cara pero ya Luciano se encontraba lejos, como si hubiera querido ahorrarle una de esas embarazosas escenas de gratitud.
            Poco después de las seis, Luciano llegaba al jardín Santa Rosa. Obedeciendo a un impulso de vanidad, se había puesto su mejor terno, sus mejores zapatos, un prendedor de oro en la corbata, como si se propusiera demostrarle a su padre con esos detalles que su ausencia del hogar no había tenido ninguna importancia, que había sido —por el contrario— una de las razones de su prosperidad.
            Esto no era exacto, sin embargo, y nadie sabía mejor que Luciano qué cantidad de humillaciones había sufrido su madre para permitirle terminar el colegio. Nadie sabía mejor que él, igualmente, que esa prosperidad que parecía leerse en su vestimenta, en sus relaciones de club —donde servía de pareja a los socios viejos y se emborrachaba con sus hijos— era una prosperidad provisional, amenazada, mantenida gracias a negocios oscuros. Si el club lo toleraba no era ciertamente por razones sociales sino porque Luciano, aparte de ser el infatigable sparring, conocía las debilidades de los socios y era algo así como el agente secreto de sus vicios, el órgano de enlace entre el hampa y el salón.
            Lo primero que vio al cruzar el umbral fue a su padre, bajo el emparrado, bebiendo aguardiente y conversando con dos hombres. Deteniéndose, quedó un momento contemplándolo. Tenía el aspecto de estar sentado allí muchas horas, quizás desde que se despidieron en el club. Se había desanudado la corbata y gesticulaba mucho, ayudándose con las manos. Sus interlocutores lo escuchaban, divertidos. Clientes de otras mesas estiraban la oreja para escuchar fragmentos de su charla.
            Su llegada debió producirle cierta inquietud porque esbozó con la mano un gesto inacabado, como ante un proyectil que vemos venir hacia nosotros y esfumarse en el camino. Enseguida se levantó, derribando aparatosamente una silla.
            —¡Ya está acá! —exclamó dando unos pasos, los brazos extendidos—. ¿Qué les decía yo? ¡Ha llegado mi ñato!
            Luciano lo vio venir y a pesar suyo se encontró aferrado contra su pecho. Durante un tiempo, que le pareció interminable, sufrió la violencia de su abrazo. A sus narices penetraba un tufo de licor barato, de cebolla de picantería. Este detalle lo conmovió y sus manos, que al principio vacilaban, se crisparon con fuerza sobre la espalda de su padre. Luego de tantos años, bien valía la pena de un abrazo.
            —Vamos a sentarnos —dijo el viejo—. Aquí te presento unos amigos, todos chicos muy simpáticos. Trabajan en la banca. Acabo de conocerlos.
            Luciano tomó asiento y por complacer a su padre se sirvió un pisco. Los empleados lo observaban con perplejidad. El prendedor de su corbata, pero sobre todo el rubí de su anular, parecía dejarlos cavilosos. No veían verdaderamente relación entre ese viejo seboso y charlatán y esa especie de mestizo con aires de dandi.
            —El chico es ingeniero —mintió el viejo—. Ha estudiado en La Molina. Siempre sacó las mejores notas. Yo también, cuando estaba en la Facultad… ¿te acuerdas, Luciano?
            Luciano permanecía silencioso y dejaba hablar a su padre. Al acudir a esa cita, su intención primera había sido acosarlo a preguntas, irlo acorralando hasta llegar a esa época de abandono en la cual todos los reproches eran posibles. Pero la presencia de los empleados y esa primera copa de pisco lo habían disuadido. Comenzaba a olvidarse de su ropa, de sus rencores, y a penetrar en ese mundo ficticio que crean los hombres cuando se sientan alrededor de una botella abierta. La mirada perdida en el fondo del jardín, veía a un grupo de parroquianos jugar a las bochas. De vez en cuando su padre le pedía confirmar un embuste y él repetía maquinalmente: «Es verdad». El rumor de su voz, además, irrigaba zonas muertas de su memoria. Había un partido de fútbol al cual su padre lo condujera de niño, algunas monedas de plata que le dieron acceso al paraíso de los turrones.
            —¡Vamos a jugarnos un sapo! —exclamó el viejo—. ¡A ver tú, caballerazo, pásame la dolorosa!
            El mozo se acercó. Luciano se vio conducido por su padre a un rincón.
            —Eh, ¿tienes allí algunos morlacos libres? Este par de bancarios está chupando a mis costillas. Pero, espérate, en el sapo nos desquitaremos.
            Luciano quedó arreglándose con el mozo mientras su padre avanzaba con los empleados hacia el juego del sapo. En el camino iba hablando en voz alta, palmeaba a los camareros, hacía chistes con los demás parroquianos, intervenía en todas las disputas. Su aspecto ambiguo de mercachifle y de reclutador de feria, su ronca voz de guarapero, lo habían hecho rápidamente popular y parecía, por momentos, el más antiguo de todos los clientes.
            —¿Por dónde está el gerente? —gritaba—. ¡Díganle que aquí está don Francisco, presidente del club Huaracino, para invitarle un huaracazo!
            Luciano apuró el paso y lo alcanzó. Había experimentado la necesidad de estar a su lado, de hacer ostensible su vinculación con ese hombre que dominaba un jardín de recreo. Cogiéndolo resueltamente del brazo, caminó silencioso a su vera.
            El viejo le habló al oído:
            —He apostado con los empleados una docena de Cristal.
            —¡Pero si yo no sé jugar!
            —¡Déjalo por mi cuenta!
            Las fichas comenzaron a volar hacia la boca del sapo. Los empleados, que estaban un poco borrachos, las arrojaban como piedras y descascaraban la pared del fondo. Su padre, en cambio, medía sus tiros y efectuaba los lanzamientos con un estilo impecable. Luciano no se cansaba de observarlo, creía descubrir en él una elegancia escondida que una vida miserable había recubierto de gestos vulgares sin llegar por completo a destruir. Pensó cómo sería su padre con un buen chaleco y se dijo que bien valía la pena obsequiarle el más lujoso que encontrara.
            Mientras tanto, las botellas de Cristal se vaciaban. A cada trago, el viejo parecía rejuvenecer, alcanzar una talla legendaria. Su desbordante euforia contagió a Luciano, quien se dijo que tenían una noche por delante y que sería necesario hacer algo con ella. Los empleados estorbaban. Uno de ellos había caído vomitando bajo la enramada y el otro trataba de levantarlo.
            —¡Vámonos! ¡Éstos ya enterraron el pico!
            —¡Todavía no! —protestó el viejo y Luciano hubo de seguirlo a través de todos los apartados, mezclarse en sus conversaciones, verlo, por último, jugarse una partida de bochas, en mangas de camisa, tronando como un titán y aniquilando a sus adversarios.
            —¡Así juegan los porteños! —vociferaba, mientras los palitroques volaban por los aires.
            Al fin Luciano logró convencerlo que debían irse de allí.
            —¿Habrá juerga? —indagó el viejo.
            —¡Iremos al Once Amigos Bolognesi, a La Victoria, donde mis verdaderos patines!
            Ambos abandonaron el jardín Santa Rosa y abrazados, cantando, se lanzaron por las calles de Magdalena a la caza de un taxi.
            En el club —un garaje deshabitado, al cual se penetraba por un postigo— había una docena de personas de catadura dudosa, jugando al craft, a las damas, fumando, bebiendo cerveza. El estrépito que hizo Luciano al entrar obligó a todos a volver la cabeza.
            —¡Señores! —gritó cuando llegó al centro de la pieza—. ¡Les presento a mi padre!
            Todos quedaron callados mirando a ese extraño hombre gordo que, la corbata desanudada, el pelo revuelto alrededor del pelado occipital, se apoyaba en el mostrador para no caer. Luciano avanzó hacia las mesas y echó por tierra los tableros y los cubiletes.
            —¡Se acabó el juego! Ahora todo el mundo chupa con nosotros. Un padre como éste no se ve todos los días. Nos encontramos en la calle. Hacía ocho años que no lo veía.
            Algunos amigos protestaron, otros trataron de reconstruir las partidas disputándose sobre la posición de las fichas, pero cuando escucharon que Luciano enviaba al cantinero por algunas botellas de champán, se resignaron a hacerle los honores al recién llegado.
            —¡Pero si tiene tu misma quijada! —dijo uno, acercándose al viejo para estrecharle la mano. Otros se levantaron y lo abrazaron. Se hicieron los primeros brindis.
            —¡A puerta cerrada! —dijo Luciano tirando el postigo—. ¡Aquí no entran ni los tombos!
            Las mesas fueron arrimadas unas contra otras hasta formar una superficie descomunal. El primer trago sacó al viejo de su torpor y luego de lanzar algunos carajos para aclararse la voz, se dispuso a mostrarse digno de aquella acogida. Primero con réplicas, luego con anécdotas, fue apoderándose de la conversación. Cuando el cantinero llegó con el champán, él era el único que hablaba. Sus historias, contadas en la sabrosa jerga criolla, inventadas en su mayoría, interrumpidas, retomadas, vueltas a contar de una manera diferente, adobadas con groseros refranes de su cosecha, con invocaciones a valses populares, provocaban estallidos de risa.
            En un rincón, Luciano asistía mudo a esta escena. Sus ojos animados, en lugar de posarse en su padre, viajaban por los rostros de sus amigos. La atención que en ellos leía, el regocijo, la sorpresa, eran los signos de la existencia paterna: en ellos terminaba su orfandad. Ese hombre de gran quijada lampiña, que él había durante tantos años odiado y olvidado, adquiría ahora tan opulenta realidad, que él se consideraba como una pobre excrecencia suya, como una dádiva de su naturaleza. ¿Cómo podría recompensarlo? Regalarle dinero, retenerlo en Lima, meterlo en sus negocios, todo le parecía poco. Maquinalmente se levantó y se fue aproximando a él, con precaución. Cuando estuvo detrás suyo, lo cogió de los hombros y lo besó violentamente en la boca.
            El viejo, interrumpido, hizo un movimiento de esquive sobre la silla. Los amigos rieron. Luciano quedó desconcertado. Abriendo los brazos a manera de excusa, regresó a su silla. Su padre prosiguió, luego de limpiarse los labios con la manga.
            Se hablaba de mujeres. Luciano se sintió de súbito triste. En su copa de champán quedaba un concho espumoso. Con un palillo de fósforo perforó sus burbujas mientras se acordaba de su madre, a quien visitaba de cuando en cuando en el callejón, llevándole frutas o pañuelos. Su atención se dispersaba. Alguien hablaba de ir a las calles alegres de La Victoria. Siempre era así: en las reuniones de hombres, por más numerosas que fueran, siempre llegaba un momento en que todos se sentían profundamente solos.
            Pero eso no era lo que lo preocupaba. Era la voz de su padre. Ella se aproximaba, hacía fintas sobre una zona peligrosa. Luciano sintió la tentación de hundir la frente entre las manos, de taparse los oídos. Era ya tarde.
            —¿Y cómo está la vieja?
            La pregunta llegó desde el otro extremo de la mesa, a través de todas las botellas. Se había hecho un silencio. Luciano miró a su padre y trató de sonreír.
            —Está bien —contestó y volvió a hundir su mirada en la copa vacía—. Tampoco le has hecho falta. Nunca ha preguntado por ti.
            —Hace ocho o diez años que no le veo ni el bulto —prosiguió el viejo, dirigiéndose a los amigos—. ¡Cómo corre el tiempo! Nos hacemos viejos… ¿No queda más champán para mí?… Vivíamos en un callejón, vivíamos como cerdos, ¿no es verdad, Luciano? Yo no podía aguantar eso… un hombre como yo, en fin, sin libertad… viendo siempre la misma cara, el mismo olor a mujer, qué mierda, había que conocer mundo y me fui… Sí, señores, ¡me fui!
            Luciano apretó la copa deseando que reventara entre sus dedos. El cristal resistió.
            —Además… —continuó el viejo, sonriendo con sorna—, yo, yo… ella, con el perdón de Luciano, pero la verdad es que ella, ustedes comprenden, ella…
            —¡Calla! —gritó Luciano, poniéndose de pie.
            —¡… ella se acostaba con todo el mundo!
            Las carcajadas de los amigos estallaron. En un instante Luciano se encontró al lado de su padre. Cuando los amigos terminaron de reír vieron que el viejo tenía sangre en los labios. Luciano lo tenía aferrado por la corbata y su ágil cabeza volvía a golpear la gran cara pastosa.
            —¡Agárrenlo, agárrenlo! —gritaba el viejo.
            Entre cuatro cogieron a Luciano y lo arrastraron a un rincón. Su pequeño cuerpo se revolvía, de su boca salía un resuello rabioso.
            —¡Si se quieren pegar que salgan a la calle! —exclamó uno—. ¡Aquí van a romper los confortables!
            Luego de un forcejeo en el cual intervinieron todos los amigos —no se sabía si para contenerlos o para expulsarlos—, Luciano y su padre se encontraron en la calle.
            —Al jirón Humboldt —dijo Luciano y se echó a caminar decididamente mientras se acomodaba la corbata y se alisaba el cabello con las manos. Su padre lo seguía a pasos cortos y precipitados.
            —¡Espera! ¿Por qué tan lejos?
            Cuando lo alcanzó, anduvo a su lado, borracho aún, hablando en voz alta, llenándolo de injurias.
            —¿No lo sabías tú, acaso? ¡Con todo el mundo! ¿Quién daba para el diario, entonces?
            Al llegar al jirón Humboldt comenzaron a recorrerlo, buscando una transversal oscura. Luciano se sentía fatigado, pensaba en las cien formas de enfrentarse a un rival corpulento y pesado: evitar el cuerpo a cuerpo, fintear provocando la fatiga, tierra en los ojos o una piedra metida con disimulo en el bolsillo de su saco.
            —Acá —dijo el viejo, señalando una bocacalle penumbrosa en medio de la cual pendía un foco amarillo. En el tapabarro de un colectivo abandonado dejaron sus sacos. Luego se remangaron la camisa. Luciano metió la basta de su pantalón bajo la liga de sus medias. Cuadrándose, tomaron distancia.
            Luciano vio que su padre tenía la guardia abierta y que su gran vientre se le ofrecía como un blanco infalible. A pesar de ello, retrocedió unos pasos. El viejo se aproximó. Luciano volvió a retroceder. El viejo continuó avanzando.
            —¿Me vas a dar pelea? ¡Aguárdate, que te calzo!
            Luciano llegó a tocar la pared con la espalda e impulsándose con las manos arremetió hacia adelante. De un salto salvó la distancia y ya iba a descargar su puño cuando advirtió un gesto, tan sólo un gesto de desconcierto —de pavor— en el rostro de su padre, y su puño quedó suspendido en el aire. El viejo estaba inmóvil. Ambos se miraban a los ojos como si estuvieran prontos a lanzar un grito. Aún tuvo tiempo de pensar Luciano: «Parece que me miro en un espejo», cuando sintió la pesada mano que le hendía el esternón y la otra que se alargaba rozando sus narices. Recobrándose, tomó distancia y recibió a la forma que avanzaba con un puntapié en el vientre. El viejo cayó de espaldas.
            Luciano cruzó velozmente por encima de él y recogiendo su saco corrió hacia la esquina. Al llegar al jirón Humboldt se detuvo en seco. El cuerpo continuaba allí —se le veía como un animal atropellado— en medio de la pista. Con prudencia se fue acercando. Al inclinarse, vio que el viejo dormía, la garganta llena de ronquidos. Tirándolo de las piernas lo arrastró hasta la vereda. Luego volvió a inclinarse para mirar por última vez esa mandíbula recia, esa ilusión de padre que jamás volvería a repetirse. Arrancando su anillo del anular, lo colocó en el meñique del vencido, con el rubí hacia la palma. Después encendió un cigarrillo y se retiró, pensativo, hacia los bares de La Victoria.


            (Berlín, 1958)

Al pie de la letra / Julio Ramón Ribeyro


Al pie de la letra / Julio Ramón Ribeyro

Akito Kamura, un japonés de treinta años, estudia en la Sorbona Literatura Comparada. Sus profesores lo aprecian, pues es un alumno brillante, no así sus condiscípulos, que lo consideran distante, desdeñoso, demasiado imbuido de su valor intelectual.

No se junta con nadie y jamás deja pasar la ocasión de mostrar que sabe más que todos. Detalle importante: Akito mide apenas un metro cuarenta, es flaquísimo y de una fealdad que da miedo.

En su departamento del Barrio Latino –su padre le envía de Tokio una buena mesada– pasa la mayor parte de sus horas libres escuchando música, leyendo, escribiendo una tesis erudita sobre las figuras de retórica en la literatura amorosa.

Parece aceptar la soledad no como un castigo sino como un signo de superioridad espiritual, pensando tal vez, como ese personaje de Ibsen, que «el hombre más fuerte del mundo es aquél que está completamente solo».

En el transcurso del año se inscribe en su clase una muchacha holandesa guapa, cordial, sin pizca de malicia y muy dispuesta a la amistad y la comunicación. Este pequeño oriental tan inteligente, solitario y feo despierta su curiosidad. Es la única que lo saluda, que cambia con él unas palabras entre dos cursos.

Akito, al comienzo reticente, acepta un día tomar un café con ella, luego a dar un paseo por el Sena, posteriormente a ir de vez en cuando al cine. Llegan a ser, si no amigos, al menos buenos camaradas de clase.
Akito le hace un día una invitación formal: venir a cenar a su departamento. Elke acepta y se presenta llevándole de regalo un libro de sonetos de Ronsard y una rosa. Durante la comida hablan de literatura, de pintura, composición floral, costumbres japonesas y holandesas. Akito es una verdadera enciclopedia, sabe horrores de cosas, le recita poemas de Shiki y Onitsura, le lee una parte de su tesis.

Después del té, continúan conversando en el sofá de la sala. Sólo que la conversación cobra un giro inesperado. Akito empieza a disertar sobre la técnica del amor y en su apoyo le muestra un libro de estampas eróticas. Luego le coge la mano, trata de besarla y sin eufemismos le propone «ir a la cama».

A Elke esto le parece fuera de lugar, coge su bolso y se dirige hacia la puerta. Akito se excusa, trata de retenerla y finalmente le dice que lo espere un instante, que va a buscar su llave para acompañarla hasta los bajos.

Elke se entretiene mirando los grabados de Hokusai que hay en los muros. Al sentir las pisadas de Akito que regresa da media vuelta. No tiene tiempo ni de gritar: Akito está en medio de la sala apuntándole con una carabina. Una luz, un estampido y luego nada.

Elke está tendida en el vestíbulo del departamento, un orificio en la frente. Akito la jala de las piernas y la coloca sobre el sofá. Sin prisa la va desvistiendo: los zapatos, las medias, la falda, la ropa interior. Cuando está completamente desnuda la contempla, la toca, la acaricia y bruscamente trata de comérsela, empezando por un pie.
Apenas logra desgarrarle la piel de un dedo. Huesos, tendones y nervios ofrecen resistencia. Intenta hacer lo mismo con una mano, pero renuncia. Se pone entonces de pie, se desnuda y cubriéndole la cara con su camisa se extiende sobre el cadáver aún caliente.

Despierta de madrugada, tiritando, sobre ese cuerpo ahora helado. Viene a su mente un extraño hai-kai de Shiki: «Una vez muerta la araña, el solitario, fría es la noche».

Lo primero que hace es meter la ropa de Elke en una bolsa de plástico. Luego lleva el cuerpo a la cocina, tirándolo de las piernas. Trata de meterlo en una maleta de viaje, pero no entra. Busca entre sus utensilios un cuchillo de cortar carne y le secciona la cabeza. La sangre semi coagulada, apenas ensucia el piso.

Ahora intenta seccionarla por la cintura, pero calcula mal y tropieza con el hueso iliaco. Comienza más arriba, corta músculos y órganos y al llegar a la columna vertebral recurre a una pequeña sierra. Trae una segunda maleta y antes de meter el cuerpo en ambas, separa con el cuchillo las partes más blandas: un seno, un pedazo de nalga, el interior de un muslo, pedazos que coloca en una fuente y guarda en la nevera.

Luego de meter en las dos maletas el cuerpo despedazado se pregunta qué hacer con ellas. Pero ya la ciudad despertó. Por la ventana entra la luz y el ruido del tráfico matutino. Se recuesta esta vez en su cama y se queda profundamente dormido.

Al atardecer está ya levantado, vestido. Ha limpiado las huellas de sangre y metido en el cubo de basura del edificio la bolsa con las ropas de la víctima. Espera que anochezca para llevar las maletas a un lugar apartado. Como siente hambre, abre la nevera, saca un seno, lo calienta al vapor y se lo come.

Entrada la noche llama un taxi por teléfono y desciende por el ascensor con las dos maletas. Las mete en el cofre del vehículo y pide al chofer que lo lleve al bosque de Boulogne. Mala suerte: esa noche primaveral es cálida, parisinos y turistas retozan en la yerba o se pasean por senderos y avenidas.

Imposible bajar del taxi para deshacerse de las maletas. Tiene que regresar a su casa. Pasada la medianoche, desciende con su macabro equipaje, detiene un taxi en la calle y se dirige nuevamente al bosque de Boulogne.

El lugar está ya desierto, salvo uno que otro sátiro o exhibicionista emboscado entre los árboles al acecho de una víctima. Ordena al taxista detenerse en un lugar sombrío y, despachándolo, se interna en la espesura, una maleta en cada mano.

Dos días más tarde un guardabosque encuentra las maletas sangrientas. Imposible identificar a la víctima, de la cual no hay prenda ni documento. Pero nada más fácil que identificar al victimario. Akito no es un asesino profesional y no ha hecho más que dejar por todo sitio huellas y testimonios de su crimen.

El más imbécil inspector de policía descubriría al asesino en menos de veinticuatro horas. Por lo pronto las maletas, que a pesar de no llevar etiquetas ni iniciales, son maletas japonesas, lo que permite orientar las pesquisas. Luego los choferes de taxi que lo condujeron al bosque de Boulogne.
Por último, el inevitable testigo, un vecino insomne que lo vio descender del edificio con su pesada carga.
Una sola inspección bastó a la policía para confundirlo. Se encontraron con un japonés enano, hosco, nervioso, que no supo dar cuenta del empleo de su tiempo en las noches anteriores y en cuya casa descubrieron carabina, cuchillo, sierra y pedazos de carne de origen evidentemente humano. Al cabo de diez minutos de interrogatorio confesó su delito.
El crimen de Akito es horrible, nauseabundo, pues acumula asesinato, necrofilia y canibalismo. No es mi intención justificarlo. Simplemente tratar de encontrarle una explicación. Se pueden utilizar dos tipos de razonamiento.

El primero pertenece al campo de la sexología. Akito es un handicapé sexual, es decir, pertenece a esa minoría de personas que encuentran dificultad o se ven excluidas de todo tipo de relación sexual regular y normal. Clasificar a los handicapés sexuales sería temerario y aburrido, pues sus causas son físicas, mentales, culturales, sociales, etc.

La gama comprende desde los minusválidos en el sentido corriente (paralíticos, cojos, ciegos, débiles mentales) hasta los que sufren enfermedades repugnantes o deformaciones inaceptables (lepra, elefantiasis, obesidad, macrocefalia).

A lo que se puede añadir los presos y los locos, las minorías de trabajadores migrantes, los vagabundos y los pordioseros, los enanos y los gigantes. Y las personas de una fealdad intolerable.

Todos esos sujetos tienen en común el verse privados de una de las funciones más necesarias y gratificadoras de la especie, como es la relación sexual, con todas las consecuencias que esto puede traer sobre su equilibrio y comportamiento.
Sólo en ciertas sociedades avanzadas, en particular en los países nórdicos, se han preocupado de encontrar una solución a este problema, sobre todo tratándose de reclusos, enfermos mentales y minusválidos físicos. Pero fuera de estos países y casos, el handicapé sexual queda librado a sus inhibiciones y fantasmas.

Pero es el segundo razonamiento el que más me interesa. Akito, como queda dicho, era un estudiante serio, inteligente, con una cabal conciencia de su rendimiento intelectual.

Era, además, un hombre ecuánime, prudente, que sabía perfectamente distinguir lo lícito de lo ilícito y que hasta los treinta años no había nunca violado el pacto social. Su inducción hacia el crimen tiene una raigambre literaria o si se quiere lingüística.

Estudiante de Literatura Comparada, estaba familiarizado con las metáforas amorosas y conocía en consecuencia las figuras retóricas que asocian amor a manducación y, en un nivel más profundo, Eros a Tánatos.

Estas figuras pertenecen al ámbito de la literatura popular (cuando el amante le dice a la amada «quisiera comerte»), pero también en la culta se pueden encontrar ejemplos de esta misma pulsión expresada a través de imágenes de una factura más elegante.

Lo que sucedió con Akito es que, por uno de esos cortocircuitos de nuestro mecanismo mental, el plano del lenguaje se fundió o se confundió con el de la realidad. Cesó de haber diferencia entre la expresión metafórica y su referente.

La humanidad había tardado milenios en sofocar impulsos culturalmente aceptados en sus orígenes (la antropofagia, entre otros) para recuperarlos mediante fórmulas del lenguaje poético o familiar.

Ya nadie se come a su amada: se lo dice. Ya nadie mata al amigo, ni siquiera al enemigo: durante una polémica, lo amenaza con «aniquilarlo» o «hacerlo papilla». El lenguaje permite realizar simbólicamente pulsiones que, primitivamente, podían cumplirse sin infringir la norma.
Decir es una cosa, pero hacerla, otra. En Akito el decir y el hacer recobraron su unidad original. Su delito consistió en haber tomado una metáfora al pie de la letra.

* Este relato fue publicado originalmente por la revista Escandalar de Nueva York en 1981.


Nada que hacer Monsieur Baruch

El cartero continuaba echando por debajo de la puerta una publicidad a la que Monsieur Baruch permanecía completamente insensible. En los últimos tres días había deslizado un folleto de la Sociedad de Galvanoterapia en cuya primera pagina se veía la fotografía de un hombre con cara de cretino bajo el rotulo “gracias al método del doctor Klein ahora soy un hombre feliz”; había también un prospecto del detergente Ayax proponiendo un descuento de cinco centavos por el paquete familiar que se comprara en los próximos diez días; se veía por último programas ilustrados que ofrecían las memorias de sir Winston Churchill pagaderas en catorce mensualidades, un equipo completo de carpintería domestica cuya pieza maestra era un berbiquí eléctrico y finalmente un volante de colores particularmente vivos sobre “El arte de escribir y redactar”, que el cartero lanzó con tal pericia que estuvo a punto de caer en la propia mano de Monsieur Baruch. Pero éste, a pesar de encontrarse muy cerca de la puerta y con los ojos puestos en ella, no podía interesarse por esos asuntos, pues desde hace tres días estaba muerto.

Hacia tres días justamente Monsieur Baruch se había despertado a la mitad de la tarde, después de una noche de insomnio total en la cual había tratado de recordar sucesivamente todas las camas en las que había dormido en los últimos veinte años y todas las canciones que estuvieron de moda en su juventud. Lo primero que hizo al levantarse fue dirigirse al lavatorio de la cocina, para comprobar que seguía obstruído y que, como los días anteriores, le sería necesario, para lavarse, llenar el agua en una cacerola y enjuagarse sólo los dedos y la punta de la nariz.

Luego, sin darse el trabajo de quitarse el pijama, se abocó por rutina a un problema que lo había ocupado desde que Simón le cedió esa casa, hacia un año, y que nunca había logrado resolver: ¿cuál de las dos piezas de ese departamento sería la sala-comedor y cuál la dormitorio-escritorio? Desde su llegada a esa casa había barajado el pro y el contra de una eventual decisión y cada día le surgían nuevas objeciones que le impedían ponerla en práctica. Su perplejidad venía del hecho que ambas habitaciones eran absolutamente simétricas con relación a la puerta de calle –que daba sobre un minúsculo vestíbulo donde solo cabía una percha— ya que ambas estaban amobladas en forma similar: en ambas había un sofá-cama, una mesa, un armario, dos sillas y una chimenea condenada. La diferencia residía en que la habitación de la derecha comunicaba con la cocina y la de la izquierda con el wáter closet. Hacer su dormitorio a la derecha significaba poner fuera de su alcance inmediatamente el excusado, adonde un viejo desfallecimiento de su vejiga lo conducía con inusitada frecuencia; hacerlo a la izquierda implicaba alejarse de la cocina y de sus tazas de café nocturnas que se habían convertido para él en una necesidad de orden casi espiritual.

Por todo ello es que Monsieur Baruch, desde que llegó a esa casa, había dormido alternativamente en una u otra habitación y comía en una u otra mesa, según las soluciones sucesivas y siempre provisionales que le iba dando a su dilema. Y esta especie de nomadismo que ponía en práctica en su propia casa le había producido un sentimiento paradójico: por un lado le daba la impresión de vivir en una casa más grande, pues podía concluir que tenia dos salas-comedor y dos dormitorios-escritorio, pero al mismo tiempo se daba cuenta de la similitud de ambas piezas reducía en realidad su casa, ya que se trataba de una duplicación inútil del espacio, como la que podía provenir de un espejo, pues en la segunda habitación no podía encontrar nada que no hubiera en la primera y tratar de adicionarlas era una superchería, como la de quien al hacer el recuento de los títulos de su biblioteca pretende consignar en la lista dos ediciones exactas del mismo libro.
Ese día Monsieur Baruch tampoco pudo resolver el problema y dejándolo en suspenso una vez más regresó a la cocina para preparar su desayuno. Con su taza de café humeante en una mano y una tostada seca en la otra se instaló en la mesa más cercana, dio cuenta de su frugal alimento y luego se traslado a la mesa de la habitación continua, donde lo esperaba una carpeta con papel de carta. Cogiendo una hoja escribió unas breves líneas, que metió en un sobre. Encima de éste anotó: Madame Renée Baruch, 17 Rue de la Joie, Lyon. Y más abajo, con un bolígrafo de tinta roja, añadió: personal y urgente.

Dejando el sobre en un lugar visible de la mesa Monsieur Baruch prospectó mentalmente el resto de su jornada y aisló dos hechos que de costumbre realizaba antes de enfrentarse una vez más a la noche: comprarse un periódico y prepararse otro café con su tostada seca. Mientras esperaba que anocheciera vagó de una habitación a otra, mirando por sus respectivas ventanas. La de la derecha daba al corredor de una fábrica donde nunca supo que fabricaban, pero que debía ser un lugar de penitencia, pues solo la frecuentaban obreros negros, argelinos. La de la izquierda daba al techo de un garaje, detrás del cual, haciendo un esfuerzo, podía avistarse un pedazo de calle, por donde los automóviles pasaban interminablemente con sus faros ya encendidos. Pasó también un carro de bomberos haciendo sonar su sirena. Alguna casa ardía a la distancia.

Monsieur Baruch prolongó su paseo más de lo habitual, convenciéndose ya que debía renunciar al periódico. Aparte de las ofertas de trabajo, nunca los terminaba de leer, no entendía lo que decían: ¿qué querían los vietnamitas?, ¿quién era ese señor Lacerda?, ¿qué cosa era una ordenadora electrónica?, ¿dónde quedaba Karachi? Y en este paseo, mientras anochecía, volvió a sentir ese pequeño ruido en el interior de su cráneo, que no provenía, como lo había descubierto, del televisor de madame Pichot ni del calentador de agua del señor Belmonte ni de la maquina en la cual el señor Ribeyro escribía en los altos: era un ruido semejante al de un vagón que se desengancha del convoy de un tren estacionado e inicia por su propia cuenta un viaje imprevisto.

En el departamento ahora oscuro se mantuvo un momento al lado del conmutador de la luz, interrogándose. ¿Y si salía a dar una vuelta? Ese barrio apenas lo conocía. Desde su llegada había estudiado el itinerario más corto para llegar a la panadería, a la estación del metro y a la tienda de comestibles y se había ceñido a él escrupulosamente. Sólo una vez osó por apartarse de la ruta para caer en una plaza horrible que, según comprobó, se llamaba la plaza de la Reunión, circunferencia de tierra, con árboles sucios, bancas rotas, perros libertinos, ancianos tullidos, rondas de argelinos sin trabajo y casas, santo dios, casas chancrosas, sin alegría ni indulgencia, que se miraban aterradas, como si de pronto fueran a dar un grito y desaparecer en una explosión de vergüenza.

Descartado también el paseo, Monsieur Baruch encendió la luz de la habitación donde había dejado la carta, comprobó que seguía en su lugar y atravesando la siguiente habitación a oscuras entró en la cocina. En cinco minutos se afeitó con esmero, se puso un terno limpio y regresó ante el espejo del lavatorio para observarse el rostro. No había en él nada diferente de lo habitual. El largo régimen de café y tostadas había hundido sus carrillos, es verdad, y su nariz, que él siempre consideró con cierta conmiseración debido a su tendencia de encorvarse con los años, le pendía ahora entre las mejillas como una bandera arriada en señal de dimisión. Pero sus ojos tenían la expresión de siempre, la del pavor que le producía el tráfico, las corrientes de aire, los cinemas, las mujeres hermosas, los asilos, los animales con casco, las noches sin compañía y que lo hacía sobresaltarse y protegerse el corazón con la mano cuando un desconocido lo interpelaba en la calle para preguntarle la hora.

Debía ser el momento del film de sobremesa, pues del televisor vecino llegó una voz varonil, que podía ser muy bien la de Jean Gabin en comisario de policía hablando en argot con un cigarrillo en la boca, pero Monsieur Baruch, indiferente a la emoción que seguramente embargaba a madame Pichot, se limitó a enjuagar su maquina de afeitar, extraer la hoja y apagar la luz. Vestido se introdujo en la ducha, que quedaba dentro de una caseta metálica; en un rincón de la cocina y abriendo el caño dejo que el agua fría le fuera humedeciendo la cabeza, el cuello, el terno. Aferrando bien la hoja de afeitar entre el índice y el pulgar de la mano derecha levantó la mandíbula y se efectuó una incisión corta pero profunda en la garganta. Sintió un dolor menos vivo del que había supuesto y estuvo tentado de repetir la operación. Pero finalmente opto por sentarse en la ducha con las piernas cruzadas y se puso a esperar. Su ropa ya empapada lo hizo tiritar, por lo cual levantó el brazo para cerrar el caño. Cuando las últimas gotas dejaron de caer sobre su cabeza experimentó en el pecho una sensación de tibieza y casi de bienestar, que le hizo recordar las mañanas de sol en Marsella, cuando iba por los bares del puerto ofreciendo sin mucha fortuna corbatas a los marineros o aquellas otras mañanas genovesas, cuando ayudaba a despachar a Simón en su tienda de géneros. Y luego sus proyectos de viaje a Lituania, donde le dijeron que había nacido y a Israel, donde debía tener parientes cercanos, que él imaginaba numerosos, dibujando en sus rostros en blanco su propio rostro.

Un nuevo carro de bomberos pasó a la distancia haciendo sonar su sirena y entonces se dijo que era absurdo estar metido en esa caseta oscura y mojada, como quien purga una falta o se oculta de una mala acción (¿pero toda su vida acaso no había sido una mal acción?) y que mejor era extenderse en el sofá de cualquiera de las habitaciones y fundar con ese gesto una nueva pieza en su casa, la capilla mortuoria, pieza que desde que llegó sabía que existía potencialmente, asechándolo, en ese espacio simétrico.
No tuvo ninguna dificultad en ponerse de pie y salir de la ducha. Pero cuando estaba a punto de abandonar la cocina sintió una arcada que lo dobló y empezó a vomitar con tal violencia que perdió el equilibrio. Antes de que pudiera apoyarse en la pared se encontró tendido en el suelo bajo el dintel de la puerta, con las piernas en la cocina y el tronco en la habitación contigua. En la siguiente habitación la luz había quedado encendida y desde su posición de cúbito ventral Monsieur Baruch podía ver la mesa y en su borde el lomo de la carpeta con papel de carta.

Mentalmente se exploró el cuerpo, a la caza de algún dolor, de alguna fractura, de algún deterioro grave que revelara que su máquina humana estaba definitivamente fuera de uso. Pero no sentía ningún malestar. Lo único que sabía es que le era imposible ponerse de pie y que si algo en fin había sucedido era que en adelante debía renunciar a llevar una vida vertical y contentarse con la existencia lenta de las lombrices y sus quehaceres chatos, sin relieve, su penar al ras del suelo, del polvo de donde había surgido.

Inició entonces un largo viaje a través del piso sembrado de prospectos y periódicos viejos. Los brazos le pesaban y en su intento de avanzar comenzó a utilizar la mandíbula, los hombros, a quebrar la cintura, las rodillas, a raspar el suelo con la punta de sus zapatos. Se contuvo un rato tratando de recordar dónde había dejado esa larga venda con la que en invierno se envolvía la cintura para combatir sus dolores de ciática. Si la había dejado en el armario de la primera pieza sólo tendría que avanzar cuatro metros para llegar a él. De otro modo, su viaje se volvería tan improbable como el retorno a Lituania o el periplo al reino de Sion.

Mientras memorizaba y se debatía contra la sensación de que el aire se había convertido en algo agrio e irrespirable y reproducía los actos de sus últimas semanas y recreaba los objetos que guardaba en todos los cajones de la casa, Monsieur Baruch sintió una vez mas la sirena de los bomberos, pero acompañada esta vez por el traqueteo del vagón que se desengancha y acelerando progresivamente se lanza desbocado por la campiña rasa, sin horario ni destino, cruzando sin ver las estaciones de provincia, los bellos parajes marcados con una cruz en las cartas de turismo, desapegado, ebrio, sin otra conciencia que su propia celeridad y su condición de algo roto, segregado, condenado a no terminar más que en una vía perdida, donde no lo esperaba otra cosa que el enmohecimiento y el olvido.

Tal vez sus párpados cayeron o el globo de sus ojos abiertos se inundó con una sustancia opaca, porque dejó de ver su casa, sus armarios y sus mesas para ver nítidamente, esta vez sí, inesperadamente, a la luz de un proyector interior, maravillosamente, las camas en las que había dormido en los últimos veinte años, incluyendo la última doble de la tienda del Marais, donde Renée se apelotonaba a un lado y no permitía que pasara de una línea geométrica e ideal que la partía por la mitad. Camas de hoteles, pensiones, albergues, siempre estrechas, impersonales, ásperas, ingratas, que se sucedían rigurosamente en el tiempo, sin que faltara una sola, y se sumaban en el espacio formando un tren nocturno e infernal, sobre el que había reptado como ahora, durante noches sin fin, solo, buscando un refugio a su pavor. Pero lo que no pudo percibir fueron las canciones, aparte de un croar sin concierto, como de decenas de estaciones de radio cruzadas, que pugnaban por acallarse unas a otras y que solo lograban hacer descollar palabras sueltas, tal vez títulos de aires de moda, como traición, infidelidad, perfidia, soledad, cualquiera, angustia, venganza, verano, palabras sin melodía, que caían secamente como fichas en su oído y se acumulaban proponiendo tal vez una charada o constituyendo el registro escueto, capitular, de una pasión mediocre, sin dejar por ello de ser catastrófica, como la que consignan los diarios en su página policial.

El bordoneo cesó bruscamente y Monsieur Baruch se dio cuenta que veía otra vez, veía la lámpara inaccesible en la habitación contigua y bajo la lámpara la carpeta de cartas inaccesible. Y ese silencio en el que flotaban ahora los objetos familiares era peor que la ceguera. Si al menos empezara a llover sobre la calamina reseca o si madame Pichot elevara el volumen de su televisor o si al señor Belmonte se le ocurriera darse un baño tardío, algún ruido, por leve o estridente que fuere, lo rescataría de ese mundo de cosas presentes y silenciosas, que privadas del sonido parecían huecas, engañadoras, distribuidas con artificio por algún astuto escenógrafo para hacerle creer que seguía en el reino de los vivos.

Pero no oía nada y ni siquiera lograba recordar en qué rincón de la casa había podido dejar la venda de la ciática y lo más que podía era progresar en su viaje, sin mucha fe además, pues los periódicos se arrugaban ante su esfuerzo, formaban ondulaciones y accidentes que el se sentía incapaz de franquear. Aguzando la vista leyó un gran titular “Sheila acusa” y más abajo, con letras más discretas, “Lord Chalfont asegura que la libra esterlina no bajará” y al lado un recuadro que anunciaba “Un tifón barre el norte de Filipinas” y luego, con letras casi imperceptibles -y qué tenacidad ponía en descifrarlas- “Monsieur y madame Lescene se complacen en anunciar el nacimiento de su nieto Luc-Emmanuel”. Y después volvió a sentir el calor, la agradable brisa en su pecho y al instante escuchó la voz de Bernard diciéndole a Renée que si no le aumentaban de sueldo se iría de la tienda del Marais y la de Renée que decía que ese muchacho merecía un aumento y su propia voz recomendando esperar aún un tiempo y el crujido de las escaleras la primera vez que descendió de puntillas para espiar como conversaban y bromeaban detrás del mostrador, entre carteras, paraguas y guantes y un rasguido que no podía ser otro que el del mensaje que dejo Renée antes de su fuga, escrito en un papel de cuaderno y que él hizo añicos después de leerlo varias veces, pensando idiotamente que rompiendo la prueba destruiría lo probado.

Las voces y los ruidos se alejaron o Monsieur Baruch renuncio a sintonizarlos, pues al girar el globo del ojo efectuó una comprobación que lo obligó a cambiar en el acto todos sus proyectos: más cerca que los armarios de ambas habitaciones y de su venda improbable estaba la puerta de calle. Por su ranura inferior veía la luz del descanso de la escalera. Empezó entonces a girar sobre su vientre, con una dificultad extrema, pues le era necesario modificar toda la orientación de su itinerario inicial y mientras trataba de hacerlo la luz del descanso se encendió y se apagó varias veces, al par que sonaban pasos en las escaleras, pero probablemente en redondo o en los pisos más bajos o en el sótano, pues nunca, nunca terminaban de acercarse.

Con el esfuerzo que hizo por cambiar de rumbo, su cabeza dejó de apoyarse en la mandíbula y cayó pesadamente hacia un lado quedando reclinada sobre una oreja. Las paredes y el techo giraban ahora, la chimenea pasó varias veces delante de sus ojos, seguida por el armario, el sofá y los otros muebles y a la zaga una lámpara y estos objetos se perseguían unos a otros, en una ronda cada vez más desaforada. Monsieur Baruch apeló entonces a un último recurso, tenido hasta ese momento en reserva y quiso gritar, pero en ese desorden, ¿quién garantizaba dónde estaba su boca, su lengua, su garganta? Todo estaba disperso y las relaciones que guardaba con su cuerpo se habían vuelto tan vagas que no sabía realmente que forma tenía, cuál era su extensión, cuántas sus extremidades. Pero ya el torbellino había cesado y lo que veía ahora, fijo ante sus ojos, era un pedazo de periódico donde leyó “Monsieur y madame Lescene se complacen en anunciar el nacimiento de su nieto Luc-Emmanuel”.

Entonces abandonó todo esfuerzo y se abandonó sobre los diarios polvorientos. Apenas sentía la presencia de su cuerpo flotando en un espacio acuoso o inmerso en el fondo de una cisterna. Nadaba ahora con agilidad en un mar de vinagre. No, no era un mar de vinagre, era una laguna encalmada. Trinaba un pájaro en un árbol coposo. Discurría el agua por la verde quebrada. Nacía la luna en el cielo diáfano. Pacía el ganado en la fértil pradera. Por algún extraño recodo había llegado al paisaje ameno de los clásicos, donde todo era música, orden, levedad, razón, armonía. Todo se volvía además explicable. Ahora comprendía, sin ningún raciocinio, apodícticamente, que debía haber hecho el dormitorio en el lugar donde dejó la venda o haber dejado la venda en el lugar que iba a ser el dormitorio y haber echado a Bernard de la tienda y denunciado a Renée por haber huido con la plata y haberla perseguido hasta Lyon rogándole de rodillas que volviera y haberle dicho a Renée de partir sin que Bernard lo supiera y haberse matado la noche misma de su fuga para no sufrir un año entero y haber pagado un asesino para que acuchillara a Bernard o a Renée o a los dos o a él mismo en las gradas de un sinagoga y haberse ido a Lituania dejando a Renée en la indigencia y haberse casado en su juventud con la empleada de la pensión de Marsella a la que le faltaba un seno y haber guardado la plata en un banco en lugar de tenerla en la casa y haber hecho el dormitorio donde estaba tendido y no haber ido a la primera cita que le dio Renée en el Café des Sports y haberse embarcado en ese mercante rumbo a Buenos Aires y haberse dejado alguna vez un espeso bigote y haber guardado la venda en el armario más cercano para poder ahora que se moría, lejos ya del rincón ameno, caído mas bien en un barranco inmundo, tentar una curación in extremis, darse un plazo, durar, romper la carta anunciadora, escribirla la mañana siguiente o el año siguiente y seguirse paseando aún por esa casa, sesentón, cansado, sin oficio ni arte ni destreza, sin Renée ni negocio, mirando la fábrica enigmática o los techos del garaje o escuchando cómo bajaba el agua por las tuberías de los altos o madame Pichot encendía su televisor.

Y todo era además posible. Monsieur Baruch se puso de pie, pero en realidad seguía tendido. Gritó, pero sólo mostró los dientes. Levantó un brazo, pero sólo consiguió abrir la mano. Por eso es que a los tres días, cuando los guardias derribaron la puerta, lo encontramos extendido, mirándonos, y a no ser por el charco negro y las moscas hubiéramos pensado que representaba una pantomima y que nos aguardaba allí por el suelo, con el brazo estirado, anticipándose a nuestro saludo.

(Escrito en París en 1967)



Los huaqueros (Cuento inédito)

Los huaqueros

Publicamos en exclusiva un cuento desconocido de Julio Ramón Ribeyro, que no figura en ninguna de sus antologías. Fuente: Diario El Comercio (Perú)

Este cuento de Julio Ramón Ribeyro fue publicado en francés y no se conoce su versión original en español. En 1964, el prestigioso sello Gallimard difundió una selección de relatos del escritor peruano traducidos por Annie Cloulas-Brousseau. El volumen recibió el mismo título que el primer libro de Ribeyro, Charognards sans plumes (Los gallinazos sin plumas), pero la docena de cuentos fue entresacada de las tres colecciones que había publicado hasta el momento (además del título ya citado, Cuentos de circunstancias y Las botellas y los hombres). "Les pilleurs de sépultures" (es decir, "Los saqueadores de tumbas", que hemos preferido traducir como "Los huaqueros", expresión peruana más acorde con la historia) es el único texto del conjunto que no pertenece a libro alguno. Tampoco hemos descubierto que haya sido publicado en algún suplemento o revista, como solía hacer Ribeyro antes de configurar una colección. Lo más probable es que fuera un cuento que acababa de escribir y que entregó directamente a la traductora como anticipo de su próxima obra. En todo caso, lo cierto es que nunca lo recogió en ningún libro posterior.

¿Por qué? Sólo cabe especular al respecto. Transcurrieron nueve años antes de que Ribeyro volviera a publicar sus cuentos en forma de libro, en este caso la recopilación titulada La palabra del mudo, en dos tomos editados por Milla Batres en 1973. Aunque esta reunión de su narrativa breve incluía dos colecciones nuevas,"Los huaqueros" no forma parte de ninguna. Por un lado, quizá Ribeyro juzgara que el relato no encajaba dentro de ellas, ya fuera por temática o estilo. Tal vez consideró que no su nivel no era el que pretendía o que su tono humorístico correspondía a una etapa creativa anterior y no a lo que escribía en aquel momento. Por otra parte, también es posible que se le traspapelara y que con los años se olvidara del mismo. En definitiva, si aún existe la versión original esta debe de hallarse en el archivo de Gallimard o de la traductora, o entre los papeles que dejó el escritor al morir. Por ello, ante las dificultades que supone su búsqueda y con el fin de poner al alcance de los lectores un cuento desconocido del legado ribeyriano, nos hemos arriesgado a traducirlo del francés. Y aun cuando "Los huaqueros" no figure como uno de sus mayores aportes al género, debemos convenir en que se trata de una historia muy divertida y que nos retrotrae a uno de los escenarios favoritos de la infancia miraflorina de Ribeyro, la huaca Juliana (en la que también se ambienta el cuento "Sobre los modos de ganar la guerra"), como se la denominaba entonces. Guillermo Niño de Guzmán

Los huaqueros
Por Julio Ramón Ribeyro

Poco después
de medianoche, el mulato Tobías y su compadre Filiberto salieron de sus casuchas y se adentraron en los solares de Santa Cruz. Cada uno llevaba sobre la espalda un saco lleno de herramientas. Una vez que la noche se hizo cerrada, caminaron agachados, camuflándose tras las paredes y los arbustos espinosos donde cantaban los grillos. Detrás de ellos soplaba una brisa fresca cargada de recuerdos y rumores marinos. Adelante sólo veían el contorno de la huaca Juliana que se destacaba bajo las pálidas luces de Miraflores.

-Entonces, ¿con qué crees que don Valeriano se ha hecho construir su quinta? -murmuraba Tobías-. Según las malas lenguas, con un tesoro escondido. Es la pura verdad, viejo. Además, he visto los aretes que le ha regalado a su mujer, esa que tiene la cara picada de viruela.
A medida que se acercaban a la huaca, se volvían más suspicaces. Había casas en los alrededores desde donde podían verlos y una pista por la que pasaban taxis rezagados. Cuando la vía estuvo desierta, la cruzaron de un salto y alcanzaron el cerco de la huaca.
-¡Llegamos! -suspiró Tobías-. Tenemos por delante unas cuatro horas de trabajo, antes de que comience a hacerse de día.
-Habrá que echar un vistazo.
A tientas, tropezando con adobes sueltos, dieron una vuelta a la pirámide de tierra. Podían empezar indistintamente por uno u otro lado, pero Tobías se obstinó en escrutar las sombras, como si buscara un rastro, una inspiración.
-Aquí -dijo al fin, señalando un talud que parecía el resto de un antiguo muro.
Sin mayor preámbulo, sacaron sus herramientas y se pusieron a trabajar. Sus picos golpearon el muro alternadamente, haciendo un ruido sordo y desprendiendo una polvareda seca que los asfixiaba. Los minutos pasaban y los adobes se acumulaban a sus pies, como testigos de la magnitud de su obra.
-Deberíamos haber traído una linterna -dijo Tobías-. En toda la tierra que hemos sacado tal vez haya algo escondido.
Filiberto comenzaba a aburrirse. Sus pestañas estaban cubiertas de polvo y la sed lo torturaba. Como la estrechez del hoyo cavado sólo permitía que entrara un hombre, se dio cuenta de que no era práctico trabajar en esas condiciones.
-Tendríamos que cavar uno después del otro -propuso-. Un cuarto de hora cada uno. Comienza tú. Mientras tanto, yo vigilo.
Tobías accedió y Filiberto, luego de haber sacado una botella de pisco, se sentó sobre un muro, a treinta metros de allí. La noche estaba tan oscura que no distinguía a su compañero. Sólo escuchaba la caída regular del pico y, a lo lejos, los ladridos de los perros en los jardines.
Después del segundo trago, empezó a sentirse inquieto. Un búho había ululado tres veces por la parte de las acequias. Las historias de profanadores de tumbas que fueron encontrados muertos y que le hacían reír durante el día, ahora le parecían verosímiles. Aguzó el oído, tratando de captar el sonido del pico de Tobías, pero no escuchó nada.
-¿Adónde te has ido, compadre? -dijo, mientras avanzaba con los brazos extendidos.
Nadie le respondió. Se detuvo y se quedó inmóvil para auscultar el silencio. Un búho volvió a ulular. A su izquierda, percibió los golpes del pico. Se guió por ese ruido y se acercó. Cuando dio algunos pasos, el ruido cesó. Sólo se veía una silueta negra, encorvada e inmóvil.
-¿Por qué no respondes, compadre? -dijo y avanzó-. Te estoy buscando como loco.
Como única respuesta oyó una suerte de estertor y le pareció que la silueta se difuminaba. Filiberto sintió que la botella se le resbalaba de las manos. ¿Qué le ha pasado a Tobías?, se preguntó. Buscó apresuradamente una caja de fósforos y encendió uno.
Frente a él, vio a un desconocido con el rostro descompuesto, acuclillado, con un pico en la mano. Filiberto sintió un nudo en la garganta y dejó escapar un grito de horror. El desconocido respondió, al unísono, con un grito parecido. El fósforo se apagó. Filiberto gritó de nuevo y la voz del otro respondió como un eco. Sin saber cómo, Filiberto terminó enlazado al desconocido, en medio de alaridos salvajes y de un olor a tierra seca que flotaba en el aire. Mejilla contra mejilla, cada uno intentaba tumbar al otro al suelo.
-¡Yo también estoy cavando!
Filiberto creyó oír que su adversario mascullaba estas palabras.
-Pero yo también.
-Y entonces, ¿por qué no tiene cuidado, maestro?
-Y usted, ¿por qué me agarra del cuello?
Se soltaron y se alejaron unos cuantos pasos.
-Alumbre para que pueda verlo -dijo el desconocido.
Filiberto encendió un fósforo. Mientras duraba la llama, se examinaron el uno al otro y luego estallaron en carcajadas. Buscaron la botella, bebieron a la salud de ambos y se pusieron a charlar. Pronto vieron llegar a Tobías, intrigado por todo ese ruido.
-Este es un colega -dijo Filiberto.
-Soy Andrés, el zapatero. Pero no estoy solo. Mi compadre Toledo se encuentra al otro lado, cavando con su pico.
-¿Cómo? ¿También hay otro? -preguntó Tobías, preocupado.
-La huaca es de todo el mundo, ¿no? Hay sitio para todos. Quiero llamar a mi compañero. Él tiene otra botella.
Algunos instantes después, los cuatro se hallaban sentados al pie de la huaca y hacían circular la botella de pisco para festejar por los tesoros enterrados. Habían olvidado momentáneamente el trabajo y se contaban, bajo secreto, historias de amigos que habían descubierto momias de oro macizo, mantos, brazaletes de plata. Excepto Filiberto, todos eran viejos buscadores que hacía años que venían, una vez al mes, a excavar en esta tumba y en otras similares. Pero hasta ahora sólo habían encontrado trozos de cerámica, huesos, conchas y botellas vacías de Coca-Cola...
-Todo está en tener suerte -dijo el mestizo Toledo-, pero también un poco de paciencia. A veces se sigue una buena pista, pero uno se cansa, se agota y se va y no vuelve más a ese lugar. Ya que somos cuatro, deberíamos aprovechar para trabajar duro y parejo en el mismo sitio. ¿Por qué no vamos por mi lado? Mi olfato no me engaña. La tierra es bastante blanda y he visto una lagartija que se mordía la cola.
Después de una breve discusión, se pusieron de acuerdo y dieron la vuelta a la huaca para llegar a la esquina del mestizo Toledo. Hicieron un último brindis. Como la noche era agradable, se quitaron las camisas y las anudaron a la cintura.
Al cabo de una hora de trabajo, los cuatro se hallaban al fondo de un hoyo tan profundo que debían arrojar la tierra por encima de sus cabezas. En el momento en el que los primeros gallos empezaron a cantar en los huertos de Santa Cruz, el pico de Tobías arrancó un sonido extraño del suelo. En seguida, todos se volcaron sobre ese punto y comenzaron a hundir sus herramientas con frenesí. En medio de su confusión, no se percataron de que una sombra se inclinaba sobre la fosa.
-Así que huaqueando, ¿no? ¡Policía!
Al alzar la cabeza, sólo vieron el disco amarillo de la linterna. Luego, más abajo, las polainas de cuero. No había duda: era un policía.
-¿No han oído? ¡Vamos, salgan de ese hueco!
Los cuatro dejaron caer sus herramientas.
-Pero no estamos huaqueando -replicó el mestizo Toledo-. Nosotros somos albañiles y buscamos adobes.
-¡Ya veremos eso en la comisaría! ¿No saben que está prohibido huaquear?
-Un momento, jefe -interrumpió Tobías, dispuesto a jugarse el todo por el todo. Tiene razón. Estamos cavando. Pero la autoridad ha llegado a tiempo. Necesitamos una linterna. Le juro que aquí hay algo, algo valioso. ¡Oiga cómo suena la tierra!
Cogió su pico y golpeó el suelo, de donde brotó un eco profundo.
-¿No se da cuenta? ¡Aquí, en el fondo, hay algo que choca con el pico!
-¡Seguro que es un cofre lleno de monedas! -agregó Filiberto.
El policía permaneció un instante sin decir nada. Examinó la fosa a la luz de su linterna, la apagó y giró la cabeza en dirección de la calle. En la claridad del alba se distinguía un patrullero estacionado a unos cien metros.
-Caven un poco más, pero muy despacio -murmuró él-. El teniente duerme en el auto y podría despertarse. En todo caso, mitad y mitad; si no, ¡todos al calabozo!
Luego de intercambiar miradas, los cuatro aceptaron el ofrecimiento y reanudaron su labor. El policía, acuclillado, los miraba trabajar, lanzando de vez en cuando una ojeada hacia la calle.
-¿Y? ¿Todavía nada? -preguntó-. Apúrense, ¡se va a hacer de día!
-¡Luz! -dijo de pronto Tobías-. He tocado madera.
La linterna descubrió el ángulo de una caja. Los huaqueros dejaron sus herramientas y comenzaron a quitar tierra con las manos. El policía los animaba desde arriba y luego acabó por saltar dentro del hoyo para alumbrarlos de más cerca.
Descubrieron la superficie rectangular de una caja. Se disponían a forzarla con sus palancas cuando una segunda silueta se irguió en el borde de la fosa. El policía soltó su linterna. Los huaqueros dejaron de trabajar. Recortado contra el cielo, con la mano en la cartuchera, el teniente los contemplaba en silencio. Sus ojos observaron con calma a cada uno de los participantes y luego se posaron largamente sobre la caja.
-Perdone... -se atrevió a murmurar Tobías.
-¡Silencio! -gritó el teniente antes de saltar dentro del hoyo.
Se inclinó y recogió la linterna. Dispersó con su bota unos terrones y pateó la caja. Los hombres lo miraron sin saber qué hacer.
-¡Tú, sal de aquí! -le dijo al policía-. Anda a vigilar la calle. Y ustedes, ¿por qué se quedan mirando? ¡Sigan sacando tierra, caracho!
Tuvo que repetir su orden. Desconfiados al principio, los huaqueros se ocuparon de liberar la caja, cada uno por una esquina. Cuando vieron que el teniente se quitaba el saco y se ponía a trabajar, se sintieron tranquilos y, haciendo un enorme esfuerzo, alzaron la caja.
-Ábranla aquí mismo -ordenó el teniente-. Afuera podrían vernos.
Los picos cayeron sobre la madera y la tapa no tardó en ceder. Las cinco cabezas formaron un círculo ceñido en torno a la caja mientras las manos de Tobías arrancaban las últimas planchas.
Fue un cráneo lo que apareció en primer lugar. El resto del cuerpo se hallaba cubierto por una tela gastada.
-¡Una momia! -gritaron todos al unísono.
Examinaron con mucha atención aquel montón de trapos y huesos. Nadie se atrevía a abrir la boca. El rumor de la resaca ascendía por el acantilado.
-¿Desde cuándo las momias tienen zapatos de cuero? -acabó por decir el mestizo Toledo, consternado.
-Es un feto -añadió Filiberto.
-¿Con esas costillas? Es un enano -afirmó Tobías.
-¡Imbéciles! -interrumpió el teniente-. ¿Están ciegos? ¡Es el esqueleto de un niño!
Luego de un momento de estupor, se iniciaron las lamentaciones.
Cada uno se desahogaba a su gusto. La culpa era de Dios, del diablo, de los búhos, de la lagartija, del policía. Cuando no supieron a quién maldecir, se callaron y miraron con desesperación. Al ver sus cabellos hirsutos, sus rostros cubiertos de polvo y con grandes ojeras, en el fondo de un hoyo, a esa hora de la madrugada, se sintieron ridículos y, espontáneamente, se pusieron a reír. Durante cinco minutos sólo se escucharon las carcajadas que salían de la fosa, voces, pedazos de frases. Alguien arrojó una tibia que fue a parar al pie de la huaca. El policía lanzó su gorra al aire. Todos se precipitaron en pos de las botellas y bebieron alegremente al lado del muerto.
-¡Pero voy a tener que denunciarlos! -dijo de pronto el teniente, recobrando la seriedad.
Entonces cesaron las risas.
-¡No se pueden quedar aquí! -agregó-. Tal vez se trate de un asesinato.
Tobías protestó.
-¿Qué le va a decir al comisario? ¡Usted también está metido en este asunto!
-¡Al diablo! -refunfuñó el teniente-. Está bien, yo me voy. ¡Me tapan el hueco y que no quede fuera ni un solo hueso!
Volvió a ponerse el saco y emergió de la fosa lanzando maldiciones. Se dirigió hacia el auto donde lo esperaba el sargento. Desde el fondo del hoyo, los huaqueros oyeron que el vehículo se ponía en marcha. Permanecieron inmóviles durante algunos minutos, extenuados, habiendo perdido todas las ganas de reír, rumiando su decepción.
-¿Tapar esto? Ni hablar -dijo el mestizo Toledo, recogiendo sus herramientas.
-¿Y si nos llevamos la caja? -sugirió Filiberto-. Podríamos quemarla como leña.
Tobías lo miró boquiabierto.
-No es mala idea -dijo y sujetó el ataúd.
Lo puso al revés y su contenido cayó a tierra. Luego lo levantó sobre sus hombros y enrumbó hacia las casuchas, seguido por sus compañeros. Cuando habían recorrido la mitad del camino, los cuatro volvieron a estallar en carcajadas. Se habían olvidado de las momias y todo lo demás. Sólo pensaban en las buenas papas que iban a asar para el desayuno, sobre las brasas de aquellas viejas maderas.


ALIENACIÓN


ALIENACIÓN

A pesar de ser zambo y de llamarse López, quería parecerse cada vez menos a un zaguero de Alianza Lima y cada vez más a un rubio de Filadelfia. La vida se encargó de enseñarle que si quería triunfar en una ciudad colonial más valía saltar las etapas intermediarias y ser antes que un blanquito de acá un gringo de allá. Toda su tarea en los años que lo conocí consistió en deslopizarse y deszambarse lo más pronto posible y en americanizarse antes de que le cayera el huaico y lo convirtiera para siempre, digamos, en un portero de banco o en un chofer de colectivo. Tuvo que empezar por matar al peruano que había en él y por coger algo de cada gringo que conoció. Con el botín se compuso una nueva persona, un ser hecho de retazos, que no era ni zambo ni gringo, el resultado de un cruce contranatura, algo que su vehemencia hizo derivar, para su desgracia, de sueño rosado a pesadilla infernal. Pero no anticipemos. Precisemos que se llamaba Roberto, que años después se le conoció por Boby, pero que en los últimos documentos oficiales figura con el nombre de Bob. En su ascensión vertiginosa hacia la nada fue perdiendo en cada etapa una sílaba de su nombre. Todo empezó la tarde en que un grupo de blanquiñosos jugábamos con una pelota en la plaza Bolognesi. Era la época de las vacaciones escolares y los muchachos que vivíamos en los chalets vecinos, hombres y mujeres, nos reuníamos allí para hacer algo con esas interminables tardes de verano. Roberto iba también a la plaza, a pesar de estudiar en un colegio fiscal y de no vivir en chalet sino en el último callejón que quedaba en el barrio. Iba a ver jugar a las muchachas y a ser saludado por algún blanquito que lo había visto crecer en esas calles y sabía que era hijo de la lavandera. Pero en realidad, como todos nosotros, iba para ver a Queca. Todos estábamos enamorados de Queca, que ya llevaba dos años siendo elegida reina en las representaciones de fin de curso. Queca no estudiaba con las monjas alemanas del Santa Ursula, ni con las norteamericanas del Villa María, sino con las españolas de la Reparación, pero eso nos tenía sin cuidado, así como que su padre fuera un empleadito que iba a trabajar en ómnibus o que su casa tuviera un solo piso y geranios en lugar de rosas. Lo que contaba entonces era su tez capulí, sus ojos verdes, su melena castaña, su manera de correr, de reír, de saltar y sus invencibles piernas, siempre descubiertas y doradas y que con el tiempo serían legendarias. Roberto iba solo a verla jugar, pues ni los mozos que venían de otros barrios de Miraflores Iy más tarde de San Isidro y de Barranco lograban atraer su atención. Peluca Rodríguez se lanzó una vez de la rama más alta de un ficus, Lucas de Tramontana vino en una reluciente moto que tenía ocho faros, el chancho Gómez le rompió la nariz a un heladero que se atrevió a silbamos, Armando Wolff estrenó varios ternos de lanilla y hasta se puso corbata de mariposa. Pero no obtuvieron el menor favor de Queca. Queca no le hacía caso a nadie, le gustaba conversar con todos, correr, brincar, reír, jugar al vóleibol y dejar al anochecer a esa banda de adolescentes sumidos en profundas tristezas sexuales que solo la mano caritativa, entre las sábanas blancas, consolaba. Fue una fatídica bola la que alguien arrojó esa tarde y que Queca no llegó a alcanzar y que rodó hacia la banca donde Roberto, solitario, observaba. ¡Era la ocasión que esperaba desde hacía tanto tiempo! De un salto aterrizó en el césped, gateó entre los macizos de flores, salto el seto de granadilla, metió los pies en una acequia y atrapó la pelota que estaba a punto de terminar en las ruedas de un auto. Pero cuando se la alcanzaba, Queca, que estiraba ya las manos, pareció cambiar de lente, observar algo que nunca había mirado, un ser retaco, oscuro, bembudo y de pelo ensortijado, algo que tampoco le era desconocido, que había tal vez visto como veía todos los días las bancas o los ficus, y entonces se apartó aterrorizada. Roberto no olvidó nunca la frase que pronunció Queca al alejarse a la carrera: «Yo no juego con zambos». Estas cinco palabras decidieron su vida. Todo hombre que sufre se vuelve observador y Roberto siguió yendo a la plaza en los años siguientes, pero su mirada había perdido toda inocencia. Ya no era el reflejo del mundo sino el órgano vigilante que cala, elige, califica. Queca había ido creciendo, sus carreras se hicieron más moderadas, sus faldas se alargaron, sus saltos perdieron en impudicia y su trato con la pandilla se volvió más distante y selectivo. Todo eso lo notamos nosotros, pero Roberto vio algo más: que Queca tendía a descartar de su atención a los más trigueños, a través de sucesivas comparaciones, hasta que no se fijó más que en Chalo Sander, el chico de la banda que tenía el pelo más claro, el cutis sonrosado y que estudiaba además en un colegio de curas norteamericanos. Cuando sus piernas estuvieron más triunfales y torneadas que nunca ya solo hablaba con Chalo Sander y la primera vez que se fue con él de la mano hasta el malecón comprendimos que nuestra dehesa había dejado de pertenecemos y que ya no nos quedaba otro recurso que ser como el coro de la tragedia griega, presente y visible, pero alejado irremisiblemente de los dioses. Desdeñados, despechados, nos reuníamos después de los juegos en una esquina, donde fumábamos nuestros primeros cigarrillos nos acariciábamos con arrogancia el bozo incipiente y comentábamos lo irremediable. A veces entrábamos a la pulpería del chino Manuel y nos tomábamos una cerveza. Roberto nos seguía como una sombra, desde el umbral nos escrutaba con su mirada, sin perder nada de nuestro parloteo, le decíamos a veces hola zambo, tómate un trago y él siempre no, gracias, será para otra ocasión, pero a pesar de estar lejos y de sonreír sabíamos que compartía a su manera nuestro abandono. Y fue Chalo Sander naturalmente quien llevó a Queca a la fiesta de promoción cuando terminó el colegio. Desde temprano nos dimos cita en la pulpería, bebimos un poco más de la cuenta, urdimos planes insensatos, se habló de un rapto, de un cargamontón. Pero todo se fue en palabras. A las ocho de la noche estábamos frente al ranchito de los geranios, resignados a ser testigos de nuestra destitución. Chalo llegó en el carro de su papa, con un elegante smoking blanco y salió al poco rato acompañado de una Queca de vestido largo y peinado alto, en la que apenas reconocimos a la compañera de nuestros juegos. Queca ni nos miró, sonreía apretando en sus manos una carterita de raso. Visión fugaz, la última, pues ya nada sería como antes, moría en ese momento toda ilusión y por ello mismo no olvidaríamos nunca esa imagen, que clausuró para siempre una etapa de nuestra juventud.

*

Casi todos desertaron la plaza, unos porque preparaban el ingreso a la universidad, otros porque se fueron a otros barrios en busca de una imposible réplica de Queca. Sólo Roberto, que ya trabajaba como repartidor de una pastelería, recalaba al anochecer en la plaza, donde otros niños y niñas cogían el relevo de la pandilla anterior y repetían nuestros juegos con el candor de quien cree haberlos inventado. En su banca solitaria registraba distraídamente el trajín, pero de reojo, seguía mirando hacia la casa de Queca. Así pudo comprobar antes que nadie que Chalo había sido sólo un episodio en la vida de Queca, una especie de ensayo general que la preparó para la llegada del original del cual Chalo había sido la copia: Billy Mulligan, hijo de un funcionario del consulado de Estados Unidos. Billy era pecoso, pelirrojo, usaba camisas floreadas, tenía los pies enormes, reía con estridencia, el sol en lugar de dorado lo despellejaba, pero venía a ver a Queca en su carro y no en el de su papá. No se sabe dónde lo conoció Queca ni cómo vino a parar allí, pero cada vez se le fue viendo más, hasta que sólo se le vio a él sus raquetas de tenis, sus anteojos ahumados, sus cámaras de fotos a medida que la figura de Chalo se fue opacando, empequeñeciendo y espaciando y terminó por desaparecer. Del grupo al tipo y del tipo al individuo, Queca había al fin empuñado su carta. Solo Mulligan sería quien la llevaría al altar, con todas las de la ley, como sucedió después y tendría derecho a acariciar esos muslos con los que tanto, durante años, tan inútilmente soñamos.

*
Las decepciones, en general, nadie las aguanta, se echan al saco del olvido, se tergiversan sus causas, se convierten en motivo de irrisión y hasta en tema de composición literaria. Así el chancho Gómez se fue a estudiar a Londres, Peluca Rodríguez escribió un soneto realmente cojudo, Armando Wolff concluyó que Queca era una huachafa y Lucas de Tramontana se jactaba mentirosamente de habérsela pachamanqueado varias veces en el malecón. Fue sólo Roberto el que sacó de todo esto una enseñanza veraz y tajante: o Mulligan o nada. ¿De qué le valía ser un blanquito más si había tantos blanquitos fanfarrones, desesperados, indolentes y vencidos? Había un estado superior, habitado por seres que planeaban sin macularse sobre la ciudad gris y a quienes se cedía sin peleas los mejores frutos de la tierra. El problema estaba en cómo llegar a ser un Mulligan siendo un zambo. Pero el sufrimiento aguza también el ingenio, cuando no mata, y Roberto se había librado a un largo escrutinio y trazado un plan de acción. Antes que nada había que deszambarse. El asunto del pelo no le fue muy difícil: se lo tiñó con agua oxigenada y se lo hizo planchar. Para el color de la piel ensayó almidón, polvo de arroz y talco de botica hasta lograr el componente ideal. Pero un zambo teñido y empolvado sigue siendo un zambo. Le faltaba saber cómo se vestían, qué decían, cómo caminaban, lo que pensaban, quiénes eran en definitiva los gringos. Lo vimos entonces merodear, en sus horas libres, por lugares aparentemente incoherentes, pero que tenían algo en común: los frecuentaban los gringos. Unos lo vieron parado en la puerta del Country Club, otros a la salida del colegio Santa María, Lucas de Tramontana juraba haber distinguido su cara tras el seto del campo de golf, alguien le sorprendió en el aeropuerto tratando de cargarle la maleta a un turista, no faltaron quienes lo encontraron deambulando por los pasillos de la embajada norteamericana. Esta etapa de su plan le fue preciosa. Por lo pronto confirmó que los gringos se distinguían por una manera especial de vestir que él calificó, a su manera, de deportiva, confortable y poco convencional. Fue por ello uno de los primeros en descubrir las ventajas del blue-jeans, el aire vaquero y varonil de las anchas correas de cuero rematadas por gruesas hebillas, la comodidad de los zapatos de lona blanca y suela de jebe, el encanto colegial que daban las gorritas de lona con visera, la frescura de las camisas de manga corta a flores o anchas rayas verticales, la variedad de casacas de nylon cerradas sobre el pecho con una cremallera o el sello pandillero, provocativo y despreocupado que se desprendía de las camisetas blancas con el emblema de una universidad norteamericana. Todas estas prendas no se vendían en ningún almacén, había que encargarlas a Estados Unidos, lo que estaba fuera de su alcance. Pero a fuerza de indagar descubrió los remates domésticos. Había familias de gringos que debían regresar a su país y vendían todo lo que tenían: previo anuncio en los periódicos. Roberto se constituyó antes que nadie en esas casas y logró así hacerse de un guardarropa en el que invirtió todo el fruto de su trabajo y de sus privaciones. Pelo planchado y teñido, blue-jeans y camisa vistosa, Roberto estaba ya a punto de convertirse en Boby.


*
Todo esto le trajo problemas. En el callejón, decía su madre cuando venía a casa, le habían quitado el saludo al pretencioso. Cuando más le hacían bromas o lo silbaban como a un marica. Jamás daba un centavo para la comida, se pasaba horas ante el espejo, todo se lo gastaba en trapos. Su padre, añadía la negra, podía haber sido un blanco roñoso que se esfumó como Fumanchú al año de conocerla, pero no tenía vergüenza de salir con ella ni de ser piloto de barco. Entre nosotros, el primero en ficharlo fue Peluca Rodríguez, quien había encargado un blue-jeans a un purser de la Braniff. Cuando le llegó se lo puso para lucirlo, salio a la plaza y se encontró de sopetón con Roberto que llevaba uno igual. Durante días no hizo sino maldecir al zambo, dijo que le había malogrado la película, que seguramente lo había estado espiando para copiarlo, ya había notado que compraba cigarrillos Lucky y que se peinaba con un mechón sobre la frente. Pero lo peor fue en su trabajo, Cahuide Morales, el dueño de la pastelería, era un mestizo huatón, ceñudo y regionalista, que, adoraba los chicharrones y los valses criollos y se habla rajado el alma durante veinte años para montar ese negocio. Nada lo reventaba más que no ser lo que uno era. Cholo o blanco era lo de menos, lo importante era la mosca, el agua, el molido, conocía miles de palabras para designar la plata. Cuando vio que su empleado se había teñido el pelo aguantó una arruga más en la frente, al notar que se empolvaba se tragó un carajo que estuvo a punto de indigestarlo, pero cuando vino a trabajar disfrazado de gringo le salió la mezcla de papá, de policía, de machote y de curaca que había en él y lo llevó del pescuezo a la trastienda: la pastelería Morales Hermanos era una firma seria, había que aceptar las normas de la casa, ya había pasado por alto lo del maquillaje, pero si no venía con mameluco como los demás repartidores lo iba a sacar de allí de una patada en el culo. Roberto estaba demasiado embalado para dar marcha atrás y prefirió la patada.

*
Fueron interminables días de tristeza, mientras buscaba otro trabajo. Su ambición era entrar a la casa de un gringo como mayordomo, jardinero, chofer o lo que fuese. Pero las puertas se le cerraban una tras otra. Algo había descuidado en su estrategia y era el aprendizaje del inglés. Como no tenía recursos para entrar a una academia de lenguas se consiguió un diccionario, que empezó a copiar aplicada mente en un cuaderno. Cuando llegó a la letra C tiró el arpa, pues ese conocimiento puramente visual del inglés no lo llevaba a ninguna parte. Pero allí estaba el cine, una escuela que además de enseñar divertía. En la cazuela de los cines de estreno pasó tardes íntegras viendo en idioma original westerns y policiales. Las historias le importaban un comino, estaba solo atento a la manera de hablar de los personajes. Las palabras que lograba entender las apuntaba y las repetía hasta grabárselas para siempre. A fuerza de rever los films aprendió frases enteras y hasta discursos. Frente al espejo de su cuarto era tan pronto el vaquero romántico haciéndole una irresistible declaración de amor a la bailarina del bar, como el gangster feroz que pronunciaba sentencias lapidarias mientras cosía a tiros a su adversario. El cine además alimentó en él ciertos equívocos que lo colmaron de ilusión. Así creyó descubrir que tenía un ligero parecido con Alain Ladd, que en un western aparecía en blue-jeans y chaqueta a cuadros rojos y negros. En realidad solo tenía en común la estatura y el mechón de pelo amarillo que se dejaba caer sobre la frente. Pero vestido igual que el actor se vio diez veces seguidas la película y al término de esta se quedaba parado en la puerta, esperando que salieran los espectadores y se dijeran, pero mira, qué curioso ese tipo se parece a Alain Ladd. Cosa que nadie dijo, naturalmente, pues la primera vez que lo vimos en esa pose nos reímos de él en sus narices. * Su madre nos contó un día que al fin Roberto había encontrado un trabajo, no en la casa de un gringo como quería, pero tal vez algo mejor, en el club de Bowling de Miraflores. Servía en el bar de cinco de la tarde a doce de la noche. Las pocas veces que fuimos allí lo vimos reluciente y diligente. A los indígenas los atendía de una manera neutra y francamente impecable, pero con los gringos era untuoso y servil. Bastaba que entrara uno para que ya estuviera a su lado, tomando nota de su pedido y segundos más tarde el cliente tenía delante su hot-dog y su coca-cola. Se animaba además a lanzar palabras en inglés y como era respondido en la misma lengua fue incrementando su vocabulario. Pronto contó con un buen repertorio de expresiones, que le permitieron granjearse la simpatía de los gringos, felices de ver un criollo que los comprendiera. Como Roberto era muy difícil de pronunciar, fueron ellos quienes decidieron llamarlo Boby.

Y fue con el nombre de Boby López que pudo al fin matricularse en el Instituto Peruano-Norteamericano. Quienes entonces lo vieron dicen que fue el clásico chancón, el que nunca perdió una clase, ni dejó de hacer una tarea, ni se privó de interrogar al profesor sobre un punto oscuro de gramática. Aparte de los blancones que por razones profesionales seguían cursos allí, conoció a otros López, que desde otros horizontes y otros barrios, sin que hubiera mediado ningún acuerdo, alimentaban sus mismos sueños y llevaban vidas convergentes a la suya. Se hizo amigo especialmente de José María Cabanillas, hijo de un sastre de Surquillo. Cabanillas tenía la misma ciega admiración por los gringos y hacía años que había empezado a estrangular al zambo que había en él con resultados realmente vistosos. Tenía además la ventaja de ser más alto, menos oscuro que Boby y de parecerse no a Alan Ladd, que después de todo era un actor segundón admirado por un grupito de niñas snobs, sino al indestructible John Waynne. Ambos formaron entonces una pareja inseparable. Aprobaron el año con las mejores notas y míster Brown los puso como ejemplo al resto de los alumnos, hablando de «un franco deseo de superación».

*
La pareja debía tener largas, amenísimas conversaciones. Se les veía siempre culoncitos, embutidos en sus blue-jeans desteñidos, yendo de aquí para allá. Pero también es cierto que la ciudad no los tragaba, desarreglaban todas las cosas, ni parientes ni conocidos los podían pasar. Por ello alquilaron un cuarto en un edificio del jirón Mogollón y se fueron a vivir juntos. Allí edificaron un reducto inviolable, que les permitió interpolar lo extranjero en lo nativo y sentirse en un barrio californiano en esa ciudad brumosa. Cada cual contribuyó con lo que pudo, Boby con sus afiches y sus posters y José María, que era aficionado a la música, con sus discos de Frank Sinatra, Dean Martin y Tomy Dorsey. ¡Qué gringos eran mientras recostados en el sofá-cama, fumando su Lucky, escuchaban «The strangers in the night» y miraban pegado al muro el puente sobre el río Hudson! Un esfuerzo más y ¡hop! ya estaban caminando sobre el puente. Para nosotros era difícil viajar a Estados Unidos. Había que tener una beca o parientes allá o mucho dinero. Ni López ni Cabanillas estaban en ese caso. No vieron entonces otra salida que el salto de pulga, como ya lo practicaban otros blanquiñosos, gracias al trabajo de purser en una compañía de aviación. Todos los años convocaban a concurso y ellos se presentaron. Sabían más inglés que nadie, les encantaba servir, eran sacrificados e infatigables, pero nadie los conocía, no tenían recomendación y era evidente, para los calificadores, que se trataba de mulatos talqueados. Fueron desaprobados. * Dicen que Boby lloró y se meznó desesperadamente el cabello y que Cabanillas tentó un suicidio por salto al vacío desde un modesto segundo piso. En su refugio de Mogollón pasaron los días más sombríos de su vida la ciudad que los albergaba terminó por convertirse en un trapo sucio a fuerza de cubrirla de insultos y reproches. Pero el ánimo les volvió y nuevos planes surgieron. Puesto que nadie quería ver aquí con ellos, había que irse como fuese. Y no quedaba otra vía que la del inmigrante disfrazado de turista. Fue un año de duro de trabajo en el cual fue necesario privarse de todo a fin de ahorrar para el pasaje y formar una bolsa común que les permitiera defenderse en el extranjero. Así ambos pudieron al fin hacer maletas y abandonar para siempre esa ciudad odiada, en la cual tanto habían sufrido, y a la que no querían regresar así no quedara piedra sobre piedra. * Todo lo que viene después es previsible y no hace mucha falta imaginación para completar esta parábola. En el barrio dispusimos de informaciones directas: cartas de Boby a su mamás, noticias de viajeros y al final relato de un testigo. Por lo pronto Boby y José María se gastaron en un mes lo que pensaban les duraría un semestre. Se dieron cuenta además que en Nueva York se habían dado cita todos los López y Cabanillas del mundo, asiáticos, árabes, aztecas, africanos, ibéricos, mayas, chibchas, siciliano, caribeños, musulmanes, quechuas, polinesios, esquimales, ejemplares de toda procedencia, lengua, raza y pigmentación y que tenían solo en común el querer vivir como un yanqui, después de haber cedido su alma y haber intentado usurpar su apariencia. La ciudad los toleraba unos meses, complacientemente, mientras absorbía sus dólares ahorrados. Luego, como por un tubo, los dirigía hacia el mecanismo de la expulsión.

A duras penas obtuvieron ambos una prórroga de sus visas, mientras trataban de encontrar un trabajo estable que les permitiera quedarse, al par que las Quecas del lugar, y eran tantas, les pasaban por las narices, sin concederles ni siquiera la tención ofuscada que nos despierta una cucaracha. La ropa se les gastó, la música de Frank Sinatra les llegaba al huevo, la sola idea de tener por todo alimento que comerse un hot-dog, que en Lima era una gloria, les daba náuseas. Del hotel barato pasaron al albergue católico y luego a la banca del parque público. Pronto conocieron esa cosa blanca que caía del cielo, que los despintaba y que los hacía patinar como idiotas en veredas heladas y que era, por el color, una perfidia racista de la naturaleza. Sólo había una solución. A miles de kilómetros de distancia, en un país llamado Corea, rubios estadounidenses combatían contra unos horribles asiáticos. Estaba en juego la libertad de Occidente decían los diarios y lo repetían los hombres de estado en la televisión. ¡Pero era tan penoso enviar a los boys a ese lugar! Morían como ratas, dejando a pálidas madres desconsoladas en pequeñas granjas donde había un cuarto en el altillo lleno de viejos juguetes. El que quisiera ir a pelear un año allí tenía todo garantizado a su regreso: nacionalidad, trabajo, seguro social, integración, medallas. Por todo sitio existían centros de reclutamiento. A cada voluntario, el país le abría su corazón. Boby y José María se inscribieron para no ser expulsados. Y después de tres meses de entrenamiento en un cuartel partieron en un avión enorme. La vida era una aventura maravillosa, el viaje fue inolvidable. Habiendo nacido en un país mediocre, misérrimo y melancólico, haber conocido la ciudad más agitada del mundo, con miles de privaciones, es verdad, pero ya eso había quedado atrás, ahora llevaban un uniforme verde, volaban sobre planicies, mares y nevados, empuñaban armas devastadoras y se aproximaban jóvenes aún colmados de promesas, al reino de lo ignoto.

*
La lavandera María tiene cantidades de tarjetas postales con templos, mercados y calles exóticas, escritas con una letra muy pequeña y aplicada. ¿Dónde quedará Seúl? Hay muchos anuncios y cabarets. Luego cartas del frente, que nos enseñó cuando le vino el primer ataque y dejó de trabajar unos días. Gracias a estos documentos pudimos reconstruir bien que mal lo que pasó. Progresivamente, a través de sucesivos tanteos, Boby fue aproximándose a la cita que había concertado desde que vino al mundo. Había que llegar a un paralelo y hacer frente a oleadas de soldados amarillos que bajaban del polo como cancha. Para eso estaban los voluntarios, los indómitos vigías de Occidente. José María se salvó por milagro y enseñaba con orgullo el muñón de su brazo derecho cuando regresó a Lima, meses después. Su patrulla había sido enviada a reconocer un arrozal, donde se suponía que había emboscada una avanzadilla coreana. Boby no sufrió, dijo José María, la primera ráfaga le voló el casco y su cabeza fue a caer en una acequia, con todo el pelo pintado revuelto hacia abajo. El sólo perdió un brazo, pero estaba allí vivo, contando estas historias, bebiendo su cerveza helada, desempolvado ya y zambo como nunca, viviendo holgadamente de lo que le costó ser un ·mutilado. La mamá de Roberto había sufrido entonces su segundo ataque que la borró del mundo. No pudo leer así la carta oficial en la que le decían que Bob López había muerto en acción de armas y tenía derecho a una citación honorífica y a una prima para su familia. Nadie la pudo cobrar.

*
COLOFÓN

¿Y Queca? Si Bob hubiera conocido su historia tal vez su vida habría cambiado o tal vez no, eso nadie lo sabe. Billy Mulligan la llevó a su país, como estaba convenido, a un pueblo de Kentucky donde su padre había montado un negocio de carnes de cerdo enlatada. Pasaron unos meses de infinita felicidad, en esa linda casa con amplia calzada, verja, jardín y todos los aparatos eléctricos inventados por la industria humana, una casa en suma como las que había en cien mil pueblos de ese país-continente. Hasta que a Billy le fue saliendo el irlandés que disimulaba su educación puritana, al mismo tiempo que los ojos de Queca se agrandaron y adquirieron una tristeza limeña. Billy fue llegando cada vez más tarde, se aficionó a las máquinas tragamonedas y a las carreras de auto, sus pies le crecieron más y se llenaron de callos, le un lunar maligno en el pescuezo, los sábados se inflaba de bourbon en el club Amigos de Kentucky, se enredó con una empleada de la fábrica, chocó dos veces el carro, su mirada se volvió fija y aguachenta y terminó por darle de puñetazos a su mujer, a la linda, inolvidable Queca, en las madrugadas de los domingos, mientras sonreía estúpidamente y la llamaba chola de mierda.

(Escrito en París en 1954)