lunes, 18 de mayo de 2009

Personajes femeninos en la obra de Ribeyro


Personajes femeninos en la obra de Ribeyro
Por: Jorge Coaguila.
Fuente: Identidades; Lima 6/12/04

Las mujeres en la narrativa de Julio Ramón Ribeyro ofrecen rasgos negativos.

Un poco la experiencia personal del autor tuvo que ver en esa imagen un poco perversa. El 4 de diciembre de 1994, hace diez años, falleció el mudo más grande de las letras peruanas. Lo recordamos de este modo.

En su relación con las mujeres, los hombres acaban casi siempre como perdedores.

En 1993, después de enumerarle ejemplos, le pregunté a Julio Ramón Ribeyro si aceptaba la presencia negativa de las mujeres en sus obras. Después de darle una pitada a su cigarro, respondió: "Es cierto, las mujeres han sido un poco como las malas de la película".

Hay muchos casos que prueban esa visión un poco perversa. Por ejemplo, en el primer capítulo de la novela Crónica de San Gabriel (1960), el tío Felipe le dice al protagonista Lucho: "No creas en la honestidad de las mujeres. ¿Sabes que no hay mujer honrada sino mal seducida? Todas, óyelo bien, todas son en el fondo igualmente corrompidas".

Una de las características en la obra ribeyriana es la frustración del protagonista. Por lo general, éste no consigue el éxito económico, literario y amoroso. Resulta importante resaltar que la gran mayoría de los personajes principales son hombres. Es decir, en su relación con las mujeres, éstos acaban casi siempre como perdedores.

En el cuento "Al pie del acantilado", Samuel le dice al narrador: "Las mujeres, ¿para qué sirven las mujeres? Ellas nos hacen maldecir y nos meten el odio en los ojos". Esta declaración refleja una de las taras de la sociedad peruana: el machismo. En su afán de ser realista, Ribeyro describe un poco las conductas de nuestros habitantes. Por otro lado, la infidelidad, el interés económico, la mentira, el racismo y la traición son algunos de los ingredientes negativos de las mujeres en la obra ribeyriana.

En la citada novela, Crónica de San Gabriel, Leticia juega con los sentimientos de Lucho. En otra novela, Los geniecillos dominicales (1965), la prostituta Estrella se aprovecha y traiciona al personaje principal: Ludo Totem. En el drama Santiago, el pajarero (1965), Rosaluz abandona a su novio por razones económicas, para comprometerse con el duque de San Carlos. Además, hay tres cuentos significativos.

En "Alienación", Queca rechaza por racismo al zambo Roberto López. Para que el chasco se equilibre, ella termina casándose con un gringo estadounidense que la engaña, la golpea a puñetazos y la trata de "chola de mierda". En "La solución", una esposa es infiel. En "La juventud en la otra ribera", la joven francesa Solange se burla del doctor de origen andino Plácido Huamán.

¿Por qué Ribeyro ofrece esa imagen de algunas mujeres? Es conveniente repasar ciertos aspectos de su vida amorosa, pues algunas malas experiencias con ellas se encuentran expresadas en su obra. Algo semejante sucede con personajes calvos y bajitos. Cierta vez, Ribeyro me comentó que un tipo le increpó, en una reunión, por qué sus personajes malos eran siempre calvos y bajitos. "Lo más gracioso del caso", me manifestó Ribeyro entre risas, "es que este tipo era, como esta clase de personajes: calvo y bajito". El narrador, con su habitual cigarrillo entre dedos, agregó: "Le expliqué que no era mi intención retratar a esas personas de manera negativa. Le conté, además, que había tenido dos o tres experiencias negativas con hombres calvos y bajitos. Por ejemplo, un tinterillo, que me enredó e hizo perder un juicio, era calvo y bajito. Se me ha quedado eso".

Uno de sus primeros amores es una prima materna,Yolanda Ravines, nacida en 1932, a quien Ribeyro conoció en la hacienda de Tulpo, sierra de Trujillo, durante sus vacaciones escolares de 1942. Esta adolescente le sirvió al autor para crear el personaje Leticia, de la citada Crónica de San Gabriel, la más lograda de sus novelas, aunque le inspiró sólo en ciertos aspectos, pues ella contaba 10 años entonces y en la narración el personaje que toma mucho de ella tenía 14 años. Se la menciona asimismo en el cuento "Té literario", del libro Solo para fumadores (1987). En una entrevista realizada por Ángel Gaviria Ruiz y Hermes
Torres Pereda, publicada en el número 9 de la revista Santiago de Chuco, en 1999, Yolanda Ravines refiere que Ribeyro sintió un amor platónico por otra prima, y no por ella. Más tarde quien parece interesar al narrador es Estrella. Él entonces era estudiante de Derecho en la Universidad Católica. Esta joven mujer aparece mencionada con su nombre, pero no con su apellido, en la novela Los geniecillos dominicales y en el cuento "El primer paso", del libro Los gallinazos sin plumas (1955). Por las descripciones, es una mujer de baja estatura que trabajaba en Surquillo. Tal vez, Ribeyro descubrió con ella el placer sexual.

Durante el período universitario, el escritor en ciernes vivió la bohemia con gran intensidad, frecuentaba los bares del centro de Lima y de Surquillo. En su diario La tentación del fracaso (1992), 23 de julio de 1952, anota: "¿Cuándo me corregiré? Ayer no vine a dormir a casa. Pasé toda la noche con Paco Bendezú y Tulio Carrasco. Estuvimos en el Negro-Negro, luego recorrimos los bulines. Terminamos tomando desayuno en La Parada y alquilando un cuarto de hotel en el Mercado Mayorista para dormir la borrachera".

Instalado en París, a veces vivía etapas de miseria. Sin embargo, en las ocasiones que recibía dinero lo despilfarraba, pues vivía el momento. El 24 de noviembre de 1953, asegura: "Olor a mujer en mi cuarto. En la cama Marie Jeanne. De ella sólo sé su nombre y nada más. Situación enojosa, pues no hay amor de mi parte. Sin aquel ingrediente, el acto es animal y causa desazón. No veo las horas de que se vaya". Ese año, según su diario, viaja a Madrid, mantiene una breve relación con la española Yola. En un cuento escrito en 1993, "Nuit caprense cirius illuminata", ella será recordada. En Año Nuevo de 1953 conoce a la misteriosa C., la inicial de Cathie, una joven peruana con quien vivirá momentos de intenso amor, peleas continuas, borracheras, destrucción de la salud, celos. Es decir, una relación ondulante, situación que parece trasladar a su primera novela, Crónica de San Gabriel.

Ribeyro menciona sus intenciones de casarse con Cathie, pero ella viaja a Lima el 30 de octubre. El joven escritor toca fondo, se embriaga en bares sórdidos, la recuerda constantemente y le escribe cartas durante meses. El autor no la puede sacar de la mente. Casi dos años después de su separación con Cathie, el 16 de agosto de 1956, en Múnich, Ribeyro escribe que daría cualquier cosa para que ella estuviera a su lado. Sigue saliendo con mujeres, sin embargo, nadie despierta gran interés.

En 1993, le pregunté también a Ribeyro ¿cuál fue la reacción de Cathie, la misteriosa C., al leer La tentación del fracaso? "¿Tal vez se emocionó?", le dije. Julio Ramón me respondió: "No, al contrario, estaba furiosa. Además, dice que todo lo que he escrito es mentira, falso. Vaya, qué frágil es la memoria.

Un día, hace un mes, vino a cenar con unos amigos y, hablando sobre el diario, dijo:'Todo lo que dice ahí de mí Julio Ramón es mentira, producto de su imaginación".

Luego, en Amberes, en 1957, Ribeyro inició una relación un poco conflictiva con una belga diez años menor que él: Mimí. A ella le dedica su novela Crónica de San Gabriel, publicada durante una estadía en Lima, en 1960: "A Mimí y a 'los grandes días del verano', en el Viejo Dios". Al volver a París se reencuentra con esta joven. El 30 de noviembre de 1960, el narrador apunta: "Mi semana con Mimí en París se inscribe en las páginas de oro de mi vida. Nadie, nada podrá arrebatarme estos días de plenitud. Venga lo que venga, después de esta experiencia, no podré renegar de la vida". Pero su relación amorosa con ella se frustra. Acaba mal, según su diario del 12 de abril de 1961: "Fracaso de un amor en el que puse tantas esperanzas.

Su carta [se refiere a una misiva de Mimí], de una franqueza admirable, por momentos cruel, me llegó a mi hotel". En consecuencia, vuelve a su vida desordenada, bohemia y derrochadora.

El 14 de julio de 1961 anota que vive en continuas "borracheras y acostado con mujeres extrañas". Pero esas relaciones inestables terminan al conocer a Alida Cordero, su futura esposa.

En una entrevista de 2002, realizada por los profesores españoles Ángel Esteban y Ana Gallego, Mario Vargas Llosa recordó a Ribeyro: "Yo vi nacer su relación con Alida, que al principio fue algo complicada, pues ella no daba facilidades. Practicábamos entre nuestro grupo el 'juego de la verdad', en el que se trataba de decir verdades los unos a los otros, y el interpelado tenía que aceptar o rechazar lo que se le proponía. Era un juego algo perverso, no sé cómo no terminamos todos peleados. En ese juego descubrimos que Julio Ramón había estado tratando de enamorar a Alida, quien estaba recién llegada a París. Un día, en pleno juego, Carlos Meneses preguntó a Alida: '¿Qué harías tú si Julio Ramón te hubiera empezado a enamorar?'.Y ella contestó: 'Ya ha empezado'. Julio Ramón se puso muy nervioso, comenzó a encender cigarros uno detrás de otro, y dijo: 'Ah, entonces... ¿ya he empezado?'. No recuerdo muy bien los detalles, pero cuando le volvieron a preguntar a Alida, ella comentó que [Julio Ramón] se le había declarado siete veces. Al final, acabaron casándose y su vida cambió. Se fueron a vivir a una casita cerca del cementerio de Père Lachaise y desde cuya ventana se podían ver las tumbas". Con Alida, menos solo, Ribeyro se volvió doméstico, sedentario y hogareño. A ella le dedicó su cuento "El chaco", publicado en Tres historias sublevantes, de 1964, dos años antes de su matrimonio. Llama mucho la atención el texto 54 de Prosas apartidas (1975). En él, Ribeyro declara con desencanto: "Las relaciones que uno tiene con su mujer, por hermosa que sea, llegan con el tiempo a hacerse tan rutinarias como las que uno mantiene con su ciudad". Sólo una decepción le motiva a escribir en su diario, el 21 de agosto de 1974: "He tenido amigas solo de ocasión, salvo dos o tres, también ausentes. La verdad es que la frecuentación de los hombres ha sido para mí siempre más interesante que la de las mujeres, a las que la mayor parte de las veces las he utilizado, reaccionaria y machísimamente, como fuente de placer".

En otro texto de Prosas apartidas (1978), el 160, Ribeyro considera que la infidelidad es necesaria para la estabilidad de la institución matrimonial: "Los amantes permiten evacuar tensiones y problemas que amenazan la vida conyugal y actúan como cándidos agentes de la moral burguesa, pues consolidan la existencia de hogares que, sin ellos, naufragarían". Añade que el marido, al descubrir las cartas del amante, siente un impagable placer, pues fortalece su autoridad marital y confirma toda la tristeza y la desolación del amante, que, en esta historia, es finalmente el verdadero cornudo.

Un cuento que refleja el espíritu del último Ribeyro es el citado relato "Nuit caprense cirius illuminata", fechado en Capri, el 17 de setiembre de 1993, donde un escritor maduro, Fabricio, alejado de su hijo y de su esposa, a los que ve con poca regularidad, pretende reanudar cuatro décadas después una aventura amorosa con una española de nombre Yolanda Gálvez en una isla italiana. Para balancear el asunto, resulta oportuno terminar con un personaje femenino de grandes virtudes por ser tierna, protectora y devota: María, la madre de Ludo Totem, de Los geniecillos dominicales, quien se basa en la progenitora del autor. Ribeyro comentaba con la mayor seriedad que ella "fue una santa, algún día haré las gestiones para que la canonicen".



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