domingo, 14 de junio de 2009

Un gran reencuentro con el Ribeyro más personal




Un gran reencuentro con el Ribeyro más personal


Francisco Ángeles M.
La Primera, Lima 04/10/06


La obra literaria de Julio Ramón Ribeyro ha sabido transitar por géneros canónicos (el cuento, el teatro, la novela, el ensayo), pero también ha seguido caminos menos convencionales, de lo que es una muestra Prosas apátridas.

El mismo Ribeyro explica el nombre señalando que los textos no se ajustan a ningún género y no encontraron su lugar en ninguno de sus libros publicados con anterioridad y que “erraban entre mis papeles, sin destino ni función precisos”.

Prosas apátridas, por su carácter fragmentario, le permite referirse a diversos temas de la realidad y de la literatura. Los textos son doscientos y su extensión va de las pocas líneas hasta las dos páginas.

No todas las prosas siguen un mismo eje temático ni una secuencia, sino que ofrecen la visión del mundo de su autor como un resultado acumulativo.

Lo que define y da coherencia al conjunto es la mirada de Ribeyro, siempre la misma, desencantada y un poco resignada, pero también de una ironía sutil e imprevista cuando en medio de un tono sombrío emerge de pronto una chispa de humor.

La otra virtud que define el libro es esa extraña inteligencia que le permite tender puentes, relacionar hechos de su vida cotidiana (un hombre caminando, una mujer paseando un perro, una pareja que discute) con generalizaciones inesperadas con las que llega a construir una especie de conjunto de reglas para ordenar mentalmente la vida y trazarle parámetros que permitan sentirla más cercana.

Pero Ribeyro, aunque a menudo cede a la tentación del aforismo, de la sabiduría condensada en pocas palabras, no parece tener la intención de dar una lección, sino más bien ofrece su propia perspectiva, coherente y bien definida.

La literatura es también materia de reflexión, y de ellas son especialmente interesantes las ideas en torno a la perduración de las obras, a qué características podrían hacer que algunas continúen vigentes transcurridos los años o los siglos.

En un texto reflexiona en torno a las condiciones que posibilitan la aparición de un gran escritor: “Unos murieron jóvenes, otros cambiaron de oficio, otros se dedicaron a la bebida, otros se volvieron locos... Falta de formación, enfermedades, pereza, carencia de estímulos, impaciencia, angustias económicas, ausencia de ambición o tenacidad...

Y algunos han probablemente reunido todas esas cualidades, pero les faltó la circunstancia azarosa, la aparentemente insignificante (la lectura de un libro, la relación con tal amigo), capaz de servir de reactivo al compuesto químicamente perfecto y darle su verdadera coloración”.

Esta mirada que da unidad al libro es siempre una mirada literaria, no necesariamente porque su visión esté condicionada por las lecturas al punto de llegar a la realidad a través de la comprobación de datos previamente aprehendidos de la literatura, sino porque ha sido capaz de poder llevar a buen término la siempre difícil transformación en palabras del cúmulo de sensaciones y pensamientos que construyen nuestra percepción de la realidad.

Con una sabiduría y un talento que no pueden considerarse sino literarios, Ribeyro expone de manera sencilla y en pocas palabras toda una visión de las cosas que consigue deslumbrar. Imprescindible.

Dato

Los otros libros de Ribeyro que se vinculan con la línea de Prosas apátridas son Dichos de Luder (1989), compuesto de textos aforísticos, y sus diarios reunidos en los tres volúmenes de La tentación del fracaso (1992-1995).



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