lunes, 28 de diciembre de 2009

LA POÉTICA NARRATIVA DE JULIO RAMÓN RIBEYRO


En el Coloquio Internacional “Julio Ramón Ribeyro: La palabra del mudo” realizado en Lima los días jueves 3 y viernes 4 de diciembre, expuse el tema Sujeto, individualidad y poética narrativa de Julio Ramón Ribeyro. Reproduzco aquí un fragmento de mi intervención en la mesa que compartí con Irene Cabrejos y Milagros Carazas.

Fuente: http://hablasonialuz.wordpress.com/

“Sensibilidad para percibir las significaciones de las cosas”, la poética de Ribeyro

Dentro de las convenciones de la ficcionalidad, el autor, todo autor, desarrolla un programa individual de escritura en base a selecciones y combinaciones, es decir, una poética. Al abordar la poética de Ribeyro tomamos la visión particular expuesta por el autor en diversas ocasiones. Lo que Segre define como preselección y procedimientos distribuidos en conjuntos preferenciales provistos de significación propia al servicio de una modelización del mundo.[1] De la poética expresada por el autor real se registran aspectos como El acto de escribir, El arte del relato, la preferencia por el cuento y el uso de la ficción autobiográfica. A partir de estos aspectos se revela una poética basada en la importancia de lo subjetivo.

En frecuentes expresiones el auor destaca también el carácter enigmático de la palabra escrita y la naturaleza de las motivaciones de su creación. En torno a los personajes registra su propósito de: “Decir todo lo que he pensado y no pude decir. La verdadera palabra del mudo. Encontrar mis portavoces sin que lo parezcan. Distanciarlos. Ponerle a cada cual una de mis cien máscaras y dejarlos vivir en libertad.”(Diario II: 182). El tema de ‘las máscaras’ es sugerente e incide en la fragmentación de la experiencia, la desacralización del artista y la incapacidad de usar una voz única e inapelable. El carácter prismático de la representación se manifiesta al exponer las motivaciones de la escritura: “insatisfacción, aburrimiento, deseo de ceder la palabra al otro o los otros que hay en nosotros mismos, al fin de cuentas desdoblarnos o multiplicarnos en el espejo de nuestra fantasía.”

Respecto al relato, Ribeyro reproduce en una de sus Prosas (1975) una anotación de su Diario I (7/05/59): “Arte del relato: sensibilidad para percibir las significaciones de las cosas”. Fórmula sumaria de la poética de la que deriva, además, un rasgo de estilo del enunciado narrativo que el autor se encarga de explicar: En una anotación en su Diario, comentando el proceso de creación de su cuento “Terra incógnita”, dirá que “es muy delicado, pues quiero narrar lo esencial en forma elusiva, de modo que sea necesario leer detrás de las palabras”. Como se recordará el protagonista del cuento es un viejo profesor que una noche experimenta una pulsión homosexual e invita a un hombre negro a su casa. Ribeyro anota en su Diario: “al final no pasa nada. Pero muchas veces lo importante es lo que no pasó. Es el relato de la omisión.” (Diario III: 44)

Aspecto esencial en esta poética es la reiterada postulación de un uso sobrio de los elementos y el cuestionamiento a “la ostentación literaria de muchos escritores latinoamericanos… su temor a que los tomen como incultos” (Prosas: 147): “Literatura es afectación. Quien ha escogido para expresarse un medio derivado, la escritura, y no uno natural, la palabra, debe obedecer a las reglas del juego. De allí que toda tentativa para dar la impresión de no ser afectado –monólogo interior, escritura automática, lenguaje coloquial- constituye a la postre una afectación a la segunda potencia… Lo que debe evitarse no es la afectación congénita a la escritura sino la retórica que se añade a la afectación.” (Prosas: 77).

En consecuencia, formula su propuesta en torno a la modernidad literaria, más allá de los despliegues técnicos:[2] “No pienso que la técnica deba ser dejada de lado, pero tampoco debe erigírsela como criterio mayor para juzgar si una obra es actual o pasada de moda, moderna o anticuada. En el fondo la técnica es fácil… Nada envejece tan rápido como los procedimientos. Hay quienes disfrazan una visión banal, simplista y vieja de la realidad con una técnica modernista. Como si la modernidad fuera cuestión de técnica… La modernidad no reside en los recursos que se empleen para escribir, sino en la forma como se aprehende la realidad.”(Diario II: 160). En esta poética se manifiesta una visión desacralizadora de la escritura que narra lo esencial en forma elusiva; a la vez que utiliza los recursos de enmascaramiento y apelación a la fragmentación. Por ello, incide en el cuento como representación fragmentaria de la realidad y dirá: “Yo veo y siento la realidad en forma de cuento y sólo puedo expresarme de esa manera… De allí que hasta el momento no pueda escribir novelas, poemas, ni piezas dramáticas y cuando lo he intentado he conseguido sólo cuentos deformados.” (Diario I: 76). [3] De otro lado, enarbola la autonomía del arte: “mostrar, no enseñar” con énfasis en la presentación del cuadro emocional. [4]

Individuo y poética

Desde este programa narrativo, Julio Ramón Ribeyro expone una visión de mundo marcada por la insatisfacción y la incapacidad de comprensión total de los fenómenos, que compromete una postura frente a la creación y sus operaciones combinatorias, en un modelo que conjuga circunstancias urbanas universales y locales, a la vez que aplica de manera mesurada y diestra las nuevas técnicas de narrar.

Así, los textos reelaboran el clima de expansión y confrontación; optimismo y cuestionamiento ante las novedades de la modernidad en un discurso desde la subjetividad en el que no hay héroes sino individuos solos y desconcertados en constante reformulación de su autorepresentación. La aguda mirada “del sujeto de la enunciación, marginal como sus criaturas corroe con su ironía la aparente solidez y el brillo consagrado del mundo oficial.”[5]

Ante circunstancias difíciles de manejar con autonomía, no cabe otro desenlace que el fracaso. El sujeto individual no se resuelve en franca oposición a las trabas. La débil afirmación de derechos y responsabilidades y su baja autoestima conduce al escepticismo que registran los desenlaces de los cuentos. Este reiterado señalamiento explicita una postura ética frente a las tragedias de la cotidianidad.

En caso de usar la información , se ruega cita la fuente.



[1] Césare Segre. Principios de análisis del texto literario. Barcelona: Editorial Crítica, 1985, p. 325

[2] Es importante recordar que en aquel momento, en América Latina, se producían significativos cambios en el arte de narrar.

[3] En el “boom” de la novela latinoamericana predominó si no una visión de la totalidad del relato de lo social sí la noción totalizadora del género mismo.

[4] Tamayo Vargas percibe que “queda así injertado y latigueante el fenómeno social y la crítica que se desprende claramente, dentro de una narrativa que es toda crítica pero que funciona más bien por mecanismos psicológicos que por los directos del cuadro social”. Tamayo Vargas, A. “Julio Ramón Ribeyro Un narrador urbano en sus cuentos” En: Memoria del XVII Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Madrid, 1978, p. 1175

[5] Vidal, Luis Fernando, (1974) “Ribeyro y los espejos repetidos”. En: Revista de crítica literaria latinoamericana No 1 Lima: Inti sol, editores, p. 82

FOTO: Irene Cabrejos, Milagros Carazas y Sonia Luz Carrillo. Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar. Miraflores, Lima, 04.12.09



sábado, 12 de diciembre de 2009

Representar al afroperuano en la narrativa de Ribeyro

En foto: Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994)

Fuente: http://milagroscarazas.blogspot.com/

Visite: http://julioramonribeyro.blogspot.com/

Empezamos definiendo la discriminación como considerar o tratar inferior a una persona o colectividad por su raza, cultura, clase social, situación económica, género, etc. Una forma de advertir este fenómeno es por medio del lenguaje, ya que puede ser usado como un elemento discriminador. Por ello es necesario considerar las diversas denominaciones, incluyendo apelativos y/o eufemismos, que se usan para designar y calificar a un determinado sujeto, pues al hacerlo se le otorga un valor y se construye una imagen significativa.
En realidad, para nombrar al “otro” que siempre es distinto a “nosotros”, se suele distinguir diferencias así como se establecen jerarquías de los individuos. Según Francisco Theodosíadis (1996), para marcar la otredad o alteridad es necesario observar la descripción del otro, ya que se construye un campo semántico apelando a las comparaciones, las diferencias, las negaciones y las carencias. Con lo que se establece una descripción jerarquizante que implica a su vez inferioridad o superioridad, según sea el caso.
Precisamente nuestra ponencia analiza la presencia de personajes de la etnia negra en tres cuentos de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), a saber: “De color modesto”, “Alineación” y “Terra incógnita”.[1] En estos se observa con mayor intensidad los mecanismos de discriminación, a los que es sometido el otro afroperuano, como resultado de las normas sociales establecidas y las relaciones de poder. Nos referiremos a cada uno en seguida.

1. “De color modesto”: Prejuicio racial y discriminación social
Dentro de la extensa obra de Ribeyro quizás este sea uno de los pocos cuentos en que ofrece una mirada irónica y realista de cómo se establecen las jerarquías de los individuos, a partir del color de la piel. Lo interesante es que nos da la posibilidad de reflexionar acerca del orden étnico y su trascendencia en la sociedad peruana.
El narrador extradiegético-heterodiegético[2] asume la misma perspectiva que el personaje principal. Alfredo es un joven de una familia burguesa miraflorina, que ha abandonado su carrera por la pintura y que se encuentra desempleado. Él acompaña a su hermana a una fiesta de adolescentes en una de las residencias del balneario, pero desde que llega encarna la representación del excluido: no sabe bailar ni conversar con las muchachas, su gusto musical es desactualizado y tampoco tiene dinero. En pocas palabras, Alfredo experimenta reiteradamente el desplante de los demás y la exclusión de los diferentes grupos que se han establecido en algunos espacios de la casa. Pero entiéndase bien que Alfredo no es separado por completo del grupo, hay dos o tres individuos sin pareja, solitarios, como él, que fuman o beben en los alrededores, a los que rehúsa acercarse o entablar alguna conversación.
Desde un principio él sabe que en las fiestas siempre fracasa. Es por eso que ni bien ingresa a la casa se dirige al bar para beber algunos tragos. Cada vez que es rechazado por los invitados retorna al bar, que parece ser el único espacio que lo conforta y le da nuevos brillos para enfrentar la situación.
En las tres ocasiones que se observa en el espejo del bar, confronta la mirada de los demás con su propia visión de sí mismo. El resultado es desalentador: un hombre de veinticinco años con “ojos de viejo” (I, 304). En nada se compara con los muchachos, bailarines y conversadores, con auto propio, que viven en las residencias miraflorinas; por el contrario, Alfredo puede ser considerado “un perfecto imbécil” (I, 307), con más defectos que cualidades.
Así, al observar la cocina esta se convierte en un espacio atractivo para una aventura nueva y, más tarde, la posibilidad de la venganza. Llegamos a la mitad de la narración y ocurre un giro drástico. Alfredo sobrepasa los límites permitidos y se instala en un espacio que no le corresponde. Pero su atrevimiento es mayor porque se relaciona con un grupo social proletario y una minoría étnica marginal. Esta doble trasgresión no va a ser entendida por los demás: primero, el baile entre Alfredo y la cocinera negra genera las sonrisas y los comentarios en la servidumbre; después, provoca el disgusto de los invitados y el repudio del anfitrión, cuando son descubiertos abrazados en medio de la penumbra del jardín. Es, entonces, que Alfredo logra su cometido, fastidiar la fiesta y poner en evidencia la hipocresía de su entorno social.
Es importante observar que la sirvienta es curiosamente un personaje anónimo que aparece descrita de la siguiente manera: “Una negra esbelta cantaba y se meneaba con una escoba en los brazos” (I, 308). Es común representar a la mujer negra como sensual y cumpliendo el rol de doméstica en la literatura. Ribeyro parece usar este estereotipo a propósito, para observar mas bien la mirada y las actitudes de los personajes (blancos) que se relacionan con ella. Por ejemplo, cuando la pareja agresora es finalmente expulsada de la fiesta, Alfredo se exhibe con la cocinera en frente de su casa, para molestar también a su propio padre, quien al verlos cierra la ventana, como un gesto de desaprobación.
Ahora bien, del espacio cerrado como es la residencia pasamos a uno abierto, el malecón. El ser vistos con esa mirada escudriñadora e intolerante preocupa a la sirvienta: “¡Qué dirá la gente!” (I, 132). La respuesta de Alfredo es incisiva: “¡Tú eres más burguesa que yo!” (I, 132). Este diálogo es fundamental para entender que en una sociedad donde se establecen rígidas convenciones se suela discriminar a los individuos que son distintos al grupo dominante, en este caso la alta burguesía limeña. Pero ocurre también que a veces son los propios sujetos los que terminan por aceptar dichas convenciones sociales, ya que asimilan e interiorizan incluso los prejuicios a los que son sometidos.
Tampoco es de extrañar que la autoridad policial resulte una defensora de este orden establecido. Cuando de esa penumbra del malecón pasamos a la luz poderosa del faro de un patrullero que descubre a la pareja, llegamos a un pasaje clave en el cuento. Los dos policías que enfrenta esta vez Alfredo consideran imposible una relación formal entre él y “una persona de color modesto” (I, 313). Esta expresión, que da título al cuento de Ribeyro, es muy significativa para nuestro análisis; porque descalifica al sujeto afroperuano, representado por la sirvienta, por su condición social y étnica. Alfredo ríe y ahonda en el prejuicio racial que develan los guardias. Ya en la comisaría, el teniente considera que se trata de un delito grave contra “las buenas costumbres”, por eso que su reacción raya en la agresión verbal y la degradación de la cocinera: “¿no serás tú una polilla?” (I, 313). La insistencia de Alfredo hace que el oficial lo ponga a prueba: “Ya que esta señorita es su novia, sígase paseando con ella [...] ¿Qué le parece si van al parque Salazar?” (I, 324).
Así, pasamos a un nuevo espacio abierto y con más luminosidad, considerado como una “vitrina de la belleza vecinal” (I, 314), en la que se exhibe la alta burguesía, sector que impone sus valores y ejerce el poder en la sociedad. Es este grupo social al que pertenece Alfredo, a pesar de considerarse un marginal por propia elección. Eso explica el cambio en la pareja apunto de ser expuesta a un público más elitista y prejuicioso. Una cosa es la venganza de un joven aburguesado e inmaduro que ha sido capaz de escandalizar a los vecinos y a su propio padre, es decir dentro del entorno familiar y conocido; y otra muy distinta, exhibirse frente a la clase adinerada de la ciudad, ese grupo que establece la censura social definitiva, conformado por las “lindas muchachas”, los “apuestos muchachos”, las “tías” en autos, etc. Entonces Alfredo ya no se muestra irreverente y la sirviente es mucho más tímida: “-Tengo vergüenza-, le susurró al oído. -¡Qué tontería!-, contestó él. -¡Por ti, por ti es que tengo vergüenza!-” (I, 314-315).
Al final, es él quien no puede continuar con esta situación límite y transgredir definitivamente el orden social establecido. Es imposible para Alfredo enfrentar directa y abiertamente ese “mundo despreocupado, bullanguero, triunfante, irresponsable y despótico calificador” (I, 315). Entonces se reestablece la distancia social, étnica y económica en la pareja: él la abandona y ella se retira cabizbaja, una vez más humillada.
En definitiva, en este cuento, se observa cómo el sujeto afroperuano es rechazado por su condición étnica y económica, a tal punto que se le impide desplazarse por ciertos espacios sociales.

2. “Alienación”: Despersonalización y blanqueamiento
Este es un cuento valioso porque se centra con mucho detalle en la problemática de los conflictos sociales e interraciales. Considerado irónicamente “cuento edificante” o “parábola”, muestra, en realidad el complejo proceso de despersonalización y blanqueamiento que Roberto López experimenta, en un deseo casi desesperado por lograr el ascenso social y construir una identidad ajena a la propia.
En principio, el narrador extradiegético-homodiegético[3] transita estratégicamente entre el “Yo” y el “Nosotros”. Estamos frente al narrador-testigo que acude a fuentes orales (el testimonio de la madre) o escritas (cartas y postales), para completar los pasajes poco conocidos en la historia. Cuando empezamos a leer hay una prolesis,[4] que de alguna manera nos prepara para lo que vendrá, la curiosa enajenación que sufre Roberto, en su intento por convertirse “en un gringo de allá” (III, 73). Los cambios quedan entonces indicados: a) “deslopizarse”; b) “deszambarse”; y c) “matar al peruano que había en él” (III, 73). Estos procesos aluden a su modesta situación económico-social, la condición étnica y la nacionalidad, respectivamente; con los cuales Roberto intenta construir “una nueva persona, un ser hecho de retazos, que no era ni zambo ni gringo, el resultado de un cruce contranatura” (III, 73). Esta evolución así descrita representa un grado mayor de alienación. ¿Pero qué lo lleva a esta situación extrema?
Para entender el origen de su sufrimiento y la pérdida de la inocencia infantil, el relato retrospectivo se sitúa en la adolescencia de Roberto. En un verano sin precisar la fecha “un grupo de blanquiñosos” (III, 73), se reúne en la Plaza Bolognesi de Miraflores, para ver a las muchachas jugar voleibol, sobre todo a Queca. Este espacio que ingresa el personaje principal es ajeno y queda signado por lo social. La “pandilla de mozos” que se concentra en el lugar pertenece a una clase acomodada: viven en chalets y estudian en colegios particulares. Mientras que Queca siendo de condición socio-económica inferior: habita una casa de una sola planta y acude a un colegio religioso, es la más deseada por la apariencia física: “su tez capulí, sus ojos verdes, su melena castaña” (III, 74).
En cambio, Roberto es el hijo de la lavandera, que vive “en el último callejón que quedaba en el barrio” (III, 73). En su descripción se dice, por ejemplo que era “un ser retaco, oscuro, bembudo y de pelo ensortijado” (III, 74). Se destaca entonces la pobreza y la fealdad del personaje, que no concuerda con la condición económica ni con el ideal estético (blanco) del grupo. Incluso se apela a estereotipos que lo ridiculizan y ofrecen una imagen negativa de él, como “quería parecerse cada vez menos a un zaguero de Alianza Lima” (III, 73) o que lo restringen a oficios y roles marginales, a “un portero de banco” (III, 73) o “un chofer de colectivo” (II,73). Se trata de un personaje marginal, cuyo futuro está limitado desde el principio, no hay posibilidades de ascender socialmente, en ese “país mediocre, misérrimo y melancólico” (III, 84) que ha nacido.
Ahora bien, la discriminación racial y la exclusión social se pone en juego en el encuentro entre Roberto y Queca. Él le hace llegar la pelota que ha rodado hacia su banca y ella aterrorizada lo mira por primera vez al mismo tiempo que dice: “Yo no juego con zambos” (III, 75). Esta escena es muy significativa en el cuento, porque permite analizar dos cosas importantes. Por un lado, tiene que ver con la metáfora de la invisibilidad, que alude a la situación del negro en la sociedad, es decir por medio de un mecanismo de discriminación el sujeto afroperuano se vuelve objeto, con lo que se niega su presencia. Por otro lado, ocurre una sanción social que lo discrimina y excluye, despertándolo a la realidad, sólo así se entiende que desde ese encuentro él intente cruzar la barrera social y también racial, en otras palabras es un personaje que interioriza los valores del grupo social dominante (blanco).
En seguida se describe el proceso de enajenación de Roberto, en su intento por ser otro. En la primera fase el cambio afecta su exterior físico y vestimenta: se lacea, tiñe el cabello ensortijado, se polvea el cuerpo, así como viste ropa americana de segunda mano. La respuesta de los demás es de burla por parte de los integrantes de la pandilla, de disgusto en los vecinos del callejón, y de rechazo en su jefe en la pastelería donde trabaja. Es notorio que el conflicto interracial blanco/negro, ha provocado en él un conflicto de identidad que trastoca su forma de vida.
En la segunda fase aprende el idioma inglés, trabaja en el Club de Bowling, se muda a un departamento junto con un amigo tan alienado como él, y, por último, viaja a Nueva York. Es ahí, que en este espacio extranjero, Roberto atraviesa por un proceso de degradación: de turista pasa a ser un inmigrante desempleado y luego un ilegal empobrecido. La indiferencia y el rechazo es mayor, pues se trata de uno más entre muchos de “toda procedencia, lengua, raza y pigmentación” (III, 83), que pretende vivir como un “yanqui” sin serlo.
Es por eso que, en la tercera fase, un tanto desencantado y desesperado se convierte en voluntario para luchar en la guerra de Corea. Roberto cree ingenuamente que ésta es la oportunidad que le permitirá obtener la nacionalidad, un trabajo y la integración a un país extranjero. Pero una vez más el destino está en su contra: Bob López ha perdido otra letra más de su nombre y también la vida. De forma que su “sueño rosado” se ha transformado en “pesadilla infernal”, tal como se había anunciado desde el comienzo en el cuento.
Además, hay otras historias que merecen tomarse en cuenta también. Por ejemplo, Queca representa a la muchacha educada dentro de las formas y los valores de una ideología racista, por eso ella es la más prejuiciosa del grupo. Para la elección de sus pretendientes apela a un mecanismo de discriminación racial y social, así Chalo Sander “tenía el pelo más claro, el cutis sonrosado y [...] estudiaba además en un colegio de curas norteamericanos” (III, 75) y Billy Mulligan era “pecoso, pelirrojo [...] “hijo de un funcionario del consulado de Estados Unidos” (III, 76). Sin embargo, el destino de Queca tiene lo suyo como historia “edificante”, ya que Mulligan se degrada transformándose en un hombre bebedor, abusivo, infiel y jugador; mientras que ella será calificada peyorativamente por su esposo irlandés como “chola de mierda” (III, 85). En consecuencia, Queca es también la receptora de la sanción social y la discriminación racial.
Asimismo, José María Cabanillas, el amigo de Roberto; se libra de la muerte en acción y vuelve mutilado a casa. En cierta forma ha logrado lo que tanto deseaba, una situación económica acomodada gracias a la pensión que recibe. Pero ha ocurrido también en él una especie de involución, aparece “desempolvado ya y zambo como nunca” (III, 85). Si antes había atravesado por un proceso de blanqueamiento; ahora, ha terminado por aceptar su apariencia física. Es claro, que la enajenación en él tiene un origen distinto, una vez salvado el aspecto económico ya no tiene sentido su preocupación por lo étnico.
Para finalizar, Roberto López resulta un personaje acomplejado por su condición racial y social. Ante los mecanismos de exclusión y la ideología racista, él opta por un proceso de despersonalización que lo conduce a un destino fatal. He ahí lo ridículo y hasta moralizante de su historia, que es narrada de forma irónica.

3. “Terra incógnita”: Estereotipo racial
Este es un cuento que llama mucho la atención por su ambigüedad e insinuaciones de tipo sexual (Luchting, 1983). Se concentra en la historia del doctor Álvaro Peñaflor, catedrático y estudioso de la cultura clásica grecolatina. Es curioso su apellido, pues alude a una oposición básica dureza/delicadeza, instaurando así la duda sobre la identidad del protagonista desde el principio.
El narrador extradiegético-heterodiegético cuenta de forma lineal cómo un simple paseo que el doctor Peñaflor realiza por los alrededores de Lima, se convierte en toda “una exploración de lo desconocido” (III, 16). Se trata de un doble viaje: uno centrífugo, que lo enfrenta a la realidad exterior; y otro, centrípedo que le revela su mundo interior oculto (Minardi, 2002).
Para empezar, el doctor Peñaflor está solo desde hace dos semanas; su esposa y sus dos hijas han partido en “una tour económica” (III, 15) a México y Estados Unidos. Una noche invernal en que estaba leyendo a Platón parece escuchar una voz interior que lo invita a salir de su casa, ubicada en una colina de Monterrico. Es como si en seguida descendiera de un espacio superior y familiar a otro, inferior y extraño. Lo que le permite pasar de un conocimiento libresco e intelectual al conocimiento mundano y sensual.
A continuación vemos al personaje conduciendo su auto a Miraflores, en búsqueda de un restaurante al que acudía cuando joven; pero este ha cambiado convirtiéndose en un local más ruidoso que casi no reconoce. Mientras bebe vino observa una mujer solitaria saboreando un helado, que de pronto se retira rechazando cualquier posible acercamiento con él. Después se dirige al parque Salazar donde mira atento una muchacha en pantalones y de pelo largo, que al acercarse resulta ser un adolescente, que luego lo insulta llamándolo: “viejo”. Este paso por el sector acomodado y embellecido de la ciudad, se puede resumir en una experiencia que colinda con la decepción, la confusión y el rechazo.
Después el doctor Peñaflor cruza el puente sobre la Vía Expresa, que comunica con Surquillo, un barrio social y económicamente distinto al que está acostumbrado. Ésta es la tierra incógnita a explorar. Hay dos bares que visita, uno más sórdido y degradante que el otro, que representan “el reino de las sombras” (III, 20). El primero, llamado “El Triunfo”, tiene mucho que ver con la trasgresión que acaba de hacer, ya que ha ingresado en “un antro de trancas y de grescas” (III, 20), para beber cerveza. Lo llamativo en esta secuencia es que el narrador apela a alusiones clásicas, para describir el ambiente que rodea al personaje, por ejemplo: “en lugar de sirenas, hombres hirsutos y ceñudos bebían cervezas” (III, 19), “Era [...] el náufrago aterrado buscando entre las brumas la costa de la isla de Circe” (III, 19), “sátiros hilares se dirigían con la mano en la bragueta hacia una puerta oscura” (III, 20), etc.
El segundo bar al cual ingresa es “El Botellón” y es aquí donde ocurre el encuentro con Aristogitón, apelativo que el doctor Peñaflor usa para referirse a su interlocutor, con el que bebe unos tragos. Este personaje es un hombre negro, hijo de un humilde cortador de caña, cuya ocupación es ser camionero. Lo que en verdad se resalta en él es su corpulencia y su musculatura, por eso no es casual llamarlo reiteradamente “coloso”, “gigante” o “guerrero”. Es más, la imagen del sujeto afroperuano así construida revela el estereotipo racial y social, pues se destaca su apariencia física y su condición de pobreza al mismo tiempo que se desvalora lo intelectual del personaje. En la conversación entre ambos, por ejemplo, Peñaflor habla de poesía clásica y el negro responde apenas con una copla popular.
Pasamos así a la secuencia más controvertida. Los personajes se trasladan a la casa de Peñaflor y se ubican en la biblioteca, “el refugio ideal” (III, 15). Esta vez las insinuaciones sexuales son muy explícitas, por ejemplo: el visitante se desabrocha la camisa y deja expuesto su tórax, el doctor le muestra un libro conteniendo una figura desnuda de un hombre, el camionero ebrio hace una broma obscena y vulgar, etc.
Más tarde, cuando ya está por amanecer, el doctor despierta al camionero negro, que se ha quedado dormido en el sillón y le sugiere darse una ducha en el baño, para sobreponerse a la borrachera. Al cabo de un rato Peñaflor entre nervioso y curioso: “Tuvo que entrar con un paño enorme y ver la recia forma oscura contra la mayólica blanca” (III, 25). La desnudez corporal del otro genera una sensación nueva en el doctor. Pero la escena es interrumpida, suena el claxon del taxi que espera afuera de la casa. Peñaflor conduce al visitante que ya está vestido a la calle y luego cierra la puerta “con doble llave” (III, 15).
Así, el doctor que ha llevado una vida “armoniosa y soportable” (III, 19), por veinte años; descubre en lo más hondo de su ser, la homosexualidad reprimida. Esto se convierte en una amenaza, de alguna forma se quiebra la imagen que tenía de sí mismo hasta entonces, la de un hombre casado, letrado y exitoso. La perturbación es extrema y termina por modificar su propio mundo: “En su escritorio seguían amontonados sus papeles, en los estantes todos sus libros, en el extranjero su familia, en su interior su propia efigie. Pero ya no era la misma” (III, 15).
Como se aprecia, el sujeto afroperuano es el personaje accesorio, es el otro diferente por la etnia, la clase social y el nivel cultural. Su descripción se logra a partir de una imagen estereotipada, se destaca sobre todo su corporeidad. Es esta imagen la que fascina e inquieta al sujeto blanco, representado por el doctor Peñaflor. En este sentido, lo étnico y lo sexual son los elementos más significativos en este cuento riberiano.


A manera de conclusión
La cuentística de Julio Ramón Ribeyro proporciona una mirada crítica e irónica de la sociedad limeña contemporánea, en la que incluso se representan los conflictos interraciales (blanco/negro) y el rechazo/exclusión del sujeto afroperuano, descubriéndose una ideología racista impuesta por la clase dominante, mayormente discriminadora y prejuiciosa.


Bibliografía

GENETTE, Gerald
1989 Figuras III. Barcelona: Editorial Lumen.

GRAS, Dunia
1998 “‘De color modesto’: Etnicidad y clase en la narrativa de Julio Ramón Ribeyro”. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana 48: 173-184.

LUCHTING, Wolfgang A.
1983 “Lo inconfesable en la obra de Julio R. Ribeyro: ‘Terra incógnita’“. Socialismo y participación 22: 131-135.

MINARDI, Giovanna
2002 La cuentística de Julio Ramón Ribeyro. Lima: Banco Central de Reserva del Perú – La casa de cartón.

RIBEYRO, Julio Ramón
1994 La palabra del mudo. Cuentos 1952/1993. 4 tms., Lima: Jaime Campodónico ed.

RICOEUR, Paul
1995 Tiempo y narración II. México: Siglo XXI Editores.

THEODOSÍADIS, Francisco (Comp.)
1996 Alteridad ¿La (des)construcción del otro? Yo como objeto del sujeto que veo como objeto. Santa Fe de Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio.

VILCHEZ BEJARANO, Yuri
2002 “Alfredo: un personaje (in)significante. Sobre el cuento ‘De color modesto’ de Julio Ramón Ribeyro”. Dedo crítico 8: 7-20.


[1] El primer cuento fue publicado como parte del libro Las botellas y los hombres (1964) y los dos últimos aparecieron en Silvio en el Rosedal (1977).
[2] El narrador extradiegético-heterodiegético es un narrador en primer grado que cuenta la historia de la cual está ausente. Cf. G. Genette (1989: 299).
[3] El narrador extradiegético-homodiegético es un narrador en primer grado que cuenta la historia de la cual está presente como personaje. Ver. G. Genette (1989: 300).
[4] El término prolepsis se define como narrar por anticipación. Cf. P. Ricoeur (1995: 505).
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Ponencia leída el viernes 4 de diciembre de 2009, en el Coloquio Internacional "Jullio Ramón Ribeyro: La palabra del mudo", organizado por el Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar (CELACP).


miércoles, 9 de diciembre de 2009

REVISTA "LIENZO", HOMENAJE A JULIO RAMÓN RIBEYRO


A lo largo de casi tres décadas la Revista Lienzo de La Universidad de Lima se ha convertido en uno de los medios más importantes para difundir el arte y la cultura en nuestro país. En sus páginas se dan cita narradores, poetas, artistas plásticos, músicos, dramaturgos, así como ensayistas y estudiosos de las diversas disciplinas de las ciencias humanas.

En su trigésima edición, Lienzo le rinde un homenaje a Julio Ramón al celebrarse los 80 años de su nacimiento; para ellos incluye cuatro ensayos (escritos por Jorge Eslava, Giancarlo Cappello, José Güich y Carlos López Degregori) dedicados a analizar y comentar su obra.

Destacan las pinturas de Elda Di Malio, acompañadas de un artículo de Silvio Ferrari en torno a la obra de JRR, y una entrevista a Ricardo Silva Santisteban sobre su poesía.

En la parte de creación destacan la poesía de Eduardo Chirinos y el relato “La mujer soñada” de Julio Mendívil. (La Primera)


miércoles, 25 de noviembre de 2009

Coloquio Internacional Julio Ramón Ribeyro: La palabra del mudo


Coloquio Internacional

“Julio Ramón Ribeyro: La palabra del mudo”

3 y 4 de diciembre de 2009

Lima, Perú


Sala de conferencias del

Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar

Av. Benavides 3074 / Ovalo de Higuereta. Miraflores

Programa

Jueves 3 de diciembre

Inscripciones. 9:30-10:30 am.

Inauguración. 10:30-10:40 am

Mg. Antonio González Montes, asesor académico

Conferencia Magistral

10:40- 11:30 am.

Ribeyro y la "secuencia viva" de la literatura peruana

Eva María Valero Juan

Universidad de Alicante- España

Mesa 1 . Primeros asedios a Julio Ramón Ribeyro

11:40 am. - 12:30 pm

Las manías y entusiasmos de los protagonistas ribeyranos en etapas ya avanzadas de sus vidas

Melvin Ledgard

Pontifica Universidad Católica del Perú

Trampa, fuga e ilusión

Ana Cristina Jutgla

Universidade de São Paulo – USP/ Brasil.

Modera: Elton Honores

Receso

Mesa 2 Elementos transgresivos y subalternidad en Ribeyro

3:00-4:00 pm.

Filogenia del mal y contiendas fraticidas como señales del fin del mundo en dos cuentos peruanos “Scorpio” de Julio Ramón Ribeyro y “El príncipe alacrán· de Clemente Palma.

Gonzalo Portals Zubiate

Universidad Científica del Sur

Consenso criollo, cuerpo y subalternidad en la narrativa corta de Julio Ramón Ribeyro

Lucía Aliaga Wong

Pontificia Universidad Católica del Perú

Julio Ramón Ribeyro y sus personajes

Carlos Meneses

Modera: Eduardo Huaytán

Mesa 3 Espacios marginales I

4:10- 5:10 pm.

La pugna de lo hegemónico y lo marginal frente a la descripción de la realidad en “Al pie del acantilado” de Julio Ramón Ribeyro.

Jesús Franco Salazar Paiva

Pontificia Universidad Católica del Perú

Lazos parentales como metáfora de nación escindida en algunos cuentos de Ribeyro

Eduardo Huaytán

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Humor, ironía, y sátira en la cuentística riberiana

María Natalia Rebaza Wu

Universidad Privada Antenor Orrego - Trujillo

Modera: Jesús Zavala

Mesa 4 Miradas europeas

5:20-6-30 pm.

Lo fantástico en los cuentos de Julio Ramón Ribeyro

Ewald Weitzdorfe

Universidad de Kempten- Alemania

Hacia una caracterización de la novela criminal

José Valles Calatrava

Universidad de Almería- España

De las “borgate” de Pier Paolo Pasolini a las barriadas de Julio Ramón Ribeyro

María Antonietta Tamburello

Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia

Modera: Elton Honores

Mesa 5 El artista y la memoria

6:40- 7:40 pm.

La condición del artista en “Ausente por tiempo indefinido” de Julio R. Ribeyro y “El demonio del alcohol” de Felipe Buendía.

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos-

Universidad San Ignacio de Loyola

Lo biográfico en las obras de ficción de Ribeyro

Jorge Coaguila

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Mayo 1940: el espacio de la memoria

José Güich Rodríguez

Universidad de Lima

Modera: Juan Cuya

Viernes 4 de diciembre

Mesa 6 Espacios marginales II

9:00- 10:10 am.

Lo fantástico, la fatalidad y el artista: propuestas de lectura en torno al minicuento y microrrelato riberyanos

Christian Alexander Elguera Olórtegui

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Centro Peruano de Estudios Culturales

Derecho y Literatura: conflicto vocacional en Los geniecillos dominicales

Jorge Ramos Cabezas

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

“El polvo del saber”: la maldición de cumplir lo anhelado en un cuento de Julio Ramón Ribeyro

Germán Atoche Intili

Universidad Ricardo Palma

“La insignia” desde la lupa del Realismo Mágico.

Richard Solano Mollehuara

Pontificia Universidad Católica del Perú

Modera: Juan Carlos Gaspar

Mesa 7 Naciones ribeyrianas

10:20 am. -11:30 am.

Perversión y represión: dos caras de la dictadura en Cambio de guardia

Hernando Motato C.

Universidad Industrial de Santander (Bucaramanga)- Colombia.

Hermenéutica del diario. Julio Ramón Ribeyro en el canon literario

Sandra Granados

Universidad Nacional Federico Villarreal

Retrato del burgués adolescente en Relatos santacrucinos

Agustín Prado Alvarado

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Julio Ramón Ribeyro y sus innovaciones en la técnica narrativa de los '50

Eduardo Huarag

Pontifica Universidad Católica del Perú

Modera: Gonzalo Cornejo

Conferencia Magistral

11:40 am- 12: 30 pm.

La memoria de las palabras. Escritura autobiográfica en Julio Ramón Ribeyro

Crisanto Pérez

Universidad de Piura

Proyección de vídeo

12:30 – 12:45 pm.

Julio Ramón Ribeyro: la palabra elocuente
Dir.: Katherine Durán, Arianna Castañeda y Ángela Luna

Receso

Mesa 8 Espacios marginales III

3:00-4:00 pm.

La recepción Lima la horrible de Sebastián Salazar Bondy y el concepto de la Arcadia Colonial como crítica a la idea de modernidad

Mario Granda Rangel

Universidad Antonio Ruiz de Montoya

Universidad San Ignacio de Loyola

Hacia una clasificación de los cuentos fantásticos de J. R. Ribeyro

Nehemías Vega

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Para leer a Julio Ramón Ribeyro

Néstor Tenorio Requejo

Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo- Lambayeque

Modera: César Espinoza

La narrativa peruana en los años 50

4:10- 5-00 pm.

Participan: Manuel Velázquez Rojas y Oswaldo Reynoso

Modera: Elton Honores

Mesa 9 Representaciones y reminiscencias en Ribeyro

5:10-6.20 pm.

Reminiscencias de Ricardo Palma en Julio Ramón Ribeyro

Irene Cabrejos

Instituto Riva Agüero- Pontifica Universidad Católica del Perú

La representación del afroperuano en la narrativa de Ribeyro

Milagros Carazas

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Sujeto, individualidad y poética narrativa en tres cuentos de Julio Ramón Ribeyro

Sonia Luz Carrillo Mauriz

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Modera: Nehemías Vega

Conferencia Magistral

6:30- 7:10 pm.

Julio Ramón Ribeyro, artista literario

Carlos Eduardo Zavaleta

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Clausura:

7:10-7:20 pm.

Brindis de honor.

Instituciones representadas

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Pontificia Universidad Católica del Perú

Universidad San Ignacio de Loyola

Universidad de Lima

Universidad Nacional Federico Villarreal

Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo- Lambayeque

Universidad de Piura

Universidad Antonio Ruiz de Montoya

Universidad Privada Antenor Orrego - Trujillo

Universidad Ricardo Palma

Universidad Científica del Sur

Instituto Riva Agüero

Centro Peruano de Estudios Culturales

Universidade de São Paulo – USP/ Brasil.

Universidad Industrial de Santander (Bucaramanga)- Colombia.

Universidad de Alicante- España

Universidad de Almería- España

Universidad de Kempten- Alemania

El comité organizador

Gonzalo Cornejo

Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar

Jorge Coaguila

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Universidad San Ignacio de Loyola

Asesor Académico

Antonio González Montes

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Auspician:















UNiversIdad Nacional Mayor de San Marcos

E. A. P. de Literatura

Organiza:

Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar
Av. Benavides 3074 / Ovalo de Higuereta / Miraflores Teléfonos: 449-0331 / 216-1029
Mail: celacp@wayna.rcp.net.pe Web: http://celacp.perucultural.org.pe



martes, 24 de noviembre de 2009

La tentacion de Ribeyro (articulo de Peru.21)


Articulo aparecido en el diario Limeño Peru.21, el dia 30 de agosto. Artículo en homenaje por el 80 aniversario de su natalicio.



La tentacion de Ribeyro (articulo de Peru.21)


Articulo aparecido en el diario Limeño Peru.21, el dia 30 de agosto. Artículo en homenaje por el 80 aniversario de su natalicio.



miércoles, 7 de octubre de 2009

Homenaje a Julio Ramón Ribeyro en el Centro Cultural Inca Garcilaso de la Cancillería



Homenaje a Julio Ramón Ribeyro en el Centro Cultural Inca Garcilaso de la Cancillería

Con exposición documental y dos conversatorios sobre su vida y obra

Nota Informativa 439-09

Al conmemorarse 80 años del nacimiento del destacado escritor peruano Julio Ramón Ribeyro y 15 años de su muerte, el Centro Cultural Inca Garcilaso de la Cancillería inaugurará el 12 de agosto a las 7 p.m. una exposición documental y dos conversatorios -a cargo de cuatro destacados narradores- sobre la vida y obra del autor. La cita es en el jirón Ucayali 391, Lima y el ingreso es libre.

Los escritores Fernando Ampuero y Alonso Cueto abrirán el conversatorio “Julio Ramón Ribeyro: la palabra elocuente”, dialogando sobre la vida y la personalidad literaria del autor y el 19 de agosto a las 7 p.m. participarán los narradores Víctor Vich y Jorge Coaguila, quienes hablarán sobre su obra en los géneros de novela, ensayo, teatro y diario. La exposición documental estará abierta hasta el 24 de septiembre de martes a sábados de 10 a.m. a 7:30 p.m. y los domingos hasta las 6 p.m.

La muestra incluye libros, manuscritos y objetos personales del escritor como el tablero y los trebejos de ajedrez con el que jugaba y la máquina de escribir que utilizó durante los 30 años que vivió en Francia. También contará con una ilustración realizada por el pintor Enrique Polanco; 66 fotografías y un video documental con entrevistas a amigos y familiares del autor de “La palabra del mudo”, producido por el Centro Cultural Inca Garcilaso y la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Martín de Porres.

Entre los libros que se exhibirán estarán las ediciones príncipes de sus cuentos, novelas y teatro; así como los estudios que se han hecho sobre su obra, que destaca no sólo por su calidad narrativa como en “Los gallinazos sin plumas” y “Silvio en el Rosedal”; sino también por la constante búsqueda de nuevas formas literarias como sucede en “Prosas apátridas”, un conjunto de prosas breves de reflexiones sobre la vida y la literatura, y “La tentación de fracaso”, su diario personal.



Lima, 10 de agosto de 2009

Actividades del Sector Relaciones Exteriores(10/08/2009)

viernes, 25 de septiembre de 2009

Coloquio Internacional Julio Ramón Ribeyro: las palabras del mudo

Coloquio Internacional
“Julio Ramón Ribeyro: las palabras del mudo”

3 y 4 de diciembre de 2009
Sala de conferencias del Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar


Al celebrarse los ochenta años del nacimiento del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), el Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar, con el apoyo de la Escuela de Postgrado de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la UNMSM, tienen el agrado de invitarlo al Coloquio Internacional “Julio Ramón Ribeyro: Las palabras del mudo”, evento que busca la participación reflexiva en torno a la obra de uno de los narradores peruanos más importantes del siglo XX. Para ello, proponemos dos ejes centrales complementarios: trabajos de investigación sobre la totalidad de la producción de Julio Ramón Ribeyro y sobre la Generación del 50, con el propósito de establecer vasos comunicantes entre Ribeyro y su generación.

Ejes temáticos propuestos:

1. Obra completa de Julio Ramón Ribeyro: Narrativa (cuento, novela, prosa). Teatro. Ensayo. Auto-documentos: (Diarios, Cartas).
2. La Generación del 50: Realismo urbano y narrativa fantástica. El microrrelato. Modernidad y posmodernidad.

Resúmenes y ponencias
El plazo de envío de las propuestas de sumillas será el sábado 24 de octubre de 2009. La sumilla, de aproximadamente 250 palabras, debe contener: Título de la ponencia, resumen descriptivo, nombres completos, teléfonos y, de manera opcional, la filiación institucional. El Comité Organizador acusará recibo de las propuestas y notificará la aceptación de las sumillas antes del 31 de octubre. Para garantizar que el nombre del ponente y su trabajo aparezcan en el programa, la confirmación deberá hacerse a más tardar el 7 de noviembre.
La extensión de las ponencias no deberá exceder los 15 minutos de lectura oral. La lengua del coloquio es el español.

Las sumillas y propuestas de mesas deberán ser enviadas únicamente a la siguiente dirección:
coloquiojulioramonribeyro2009@yahoo.com

Inscripciones
Las cuotas de inscripción para el coloquio son las siguientes:

Ponentes provenientes de entidades europeas y norteamericanas: US$ 40 (cuarenta dólares americanos)
Ponentes provenientes de entidades latinoamericanas, africanas o asiáticas US$ 20 (veinte dólares americanos)
Ponentes provenientes de entidades peruanas: S/. 30 (treinta nuevos soles)

Costo de Certificación para asistentes no ponentes

Público en general y estudiantes S/. 25 (veinticinco nuevos soles).
Los pagos por derecho de inscripción y/ o certificación de asistencia deberán ser cubiertos en la sede del Coloquio antes de la sesión inaugural del evento.
En espera de recibir sus resúmenes y contar con su valiosa participación, la(o) saludamos cordialmente

El comité organizador

Gonzalo Cornejo
Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar

Jorge Coaguila
Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Elton Honores
Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Universidad San Ignacio de Loyola
Asesor Académico
Antonio González Montes
Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar
Av. Benavides 3074 / Ovalo de Higuereta / Miraflores
Teléfonos: 449-0331 / 216-1029

jueves, 24 de septiembre de 2009

RIBEYRO: CUANDO LOS ESFUERZOS SE CONGELAN

RIBEYRO: CUANDO LOS ESFUERZOS SE CONGELAN

Por Orlando Mazeyra Guillén

En su libro de entrevistas a destacados periodistas de la prensa y la televisión, “Rajes del oficio”, Pedro Salinas (Lima, 1963) sostiene un interesante diálogo con Mario Vargas Llosa. ¿Qué le entristece del Perú?, le preguntan al autor de Viaje a la ficción y éste responde que, por lo general, el peruano se inhibe, no en uno, sino en todos los campos: “El peruano carece de entusiasmo. Somos un país que carece de entusiasmos. Nuestros entusiasmos son totalmente pasajeros, y muy inmediatamente seguidos del desaliento, de una falta de continuidad”. Luego, Salinas utiliza un término muy futbolero (ese que dice que, la tocamos, a veces jugamos bonito, pero nunca hacemos goles) para seguir dándole cuerda al novelista: ¿el peruano no culmina?

Vargas Llosa recurre a una imagen muy limeña, pero no exclusiva de la capital; es algo que todos vemos a diario –sobre todo cuando el avión está a punto de partir o aterrizar y el mar de hogares inacabados y edificios amorfos se apodera del panorama–, una postal que se extiende de Piura hasta Tacna, algo que todos podemos apreciar si nos damos una vuelta por cualquier rincón de Arequipa: “En ninguna ciudad del mundo como en Lima hay tantas construcciones empezadas y que luego son abandonadas. Para mí eso es un poco el reflejo de la sensibilidad nacional. Después del esfuerzo inicial surge la inhibición, que es una falta de convicción que paraliza. Entonces, el Perú está lleno de peruanos que iban a ser escritores, y no fueron. Peruanos que iban ser pintores, y no fueron. Peruanos que iban a ser músicos, y no fueron. Peruanos que iban a ser extraordinarios abogados, y no fueron. ¿Por qué? Porque en el camino, como se inhibieron, perdieron el impulso, perdieron el entusiasmo. Los esfuerzos se congelan. Es una sensación que a mí me desmoraliza y me entristece muchísimo”.

Y seguramente que, como buen peruano, siento que, hoy por hoy, perdí el impulso, que me paralicé, que renuncié a cambiar. Puedo quedarme sin aliento, pero tengo que seguir leyendo; y, así, volví a Ribeyro. No debí hacerlo.

Ya es harto sabido que Julio Ramón Ribeyro es uno de los maestros en la cuentística peruana y latinoamericana (recibió el Premio Internacional Juan Rulfo, meses antes de morir); pero releer sus cuentos es, casi siempre, volver a encontrarse con dolorosas metáforas de esas construcciones empezadas y luego abandonadas o distorsionadas para resultar siendo contrahechas: pobres diablos derrotados por la rutina o por la falta de fortuna, autoestima o coraje. Peruanos que, como nuestros delanteros, no culminan: se quedan en el intento, en la puerta del arco rival. Si desean conquistar a una mujer entonces sufren feroces traspiés, si quieren ser prósperos empresarios siempre hay algo que los lleva a la quiebra; y, si solamente quieren escapar, no pueden. Se petrifican. ¿Azar o destino? Las dos cosas. O ninguna.

Ribeyro es un cuentista que como pocos –y en pocas páginas– pinta con sobriedad esa sensibilidad nacional de la que habla Vargas Llosa. ¿Qué pasa cuando los esfuerzos se congelan? Se vive a medias, casi sin alma, deambulamos por aquí y por allá sorbiendo raciones generosas de mediocridad confundidas con impotencia o indiferencia.

Mientras termino estas líneas me detengo un instante, miro por la ventana porque el ruido de la calle me hace perder la concentración: allá, al frente, todo es puro ladrillo. ¿No alcanzó para el estuque? ¿No se animaron a pintar la casa? La pregunta es estúpida (frívola hasta las nubes) si pensamos que hay, desde luego, otras prioridades. Quisiera ir, tocar esa puerta y preguntarle a mi vecino el por qué nunca terminó de construir su casa. Descubro entonces que yo no tengo casa. Ni siquiera un ladrillo: sólo una ruma de libros. Libros: unos, garrapateados, resaltados, estragados como los personajes de Ribeyro; otros, intactos, durmiendo el sueño de los justos, esperando… como los personajes de Ribeyro.

La parálisis me invade, los esfuerzos se congelan. Por suerte, ya terminé de escribir esta columna. O lo que es peor, la hice a medias, como queriéndole rendir un inusitado homenaje a Ribeyro: convirtiéndome en uno de sus personajes… Tal vez lo he sido siempre (“un personajillo”, diría Michael Corleone con una mueca de rotundo desdén). Sí, un personajillo. Hay que ser hidalgos y reconocerlo, aun a riesgo de que Vargas Llosa se decepcione… una vez más.

Miami, agosto de 2009.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Te valiste de un cigarrillo para inhalar este turbio mundo




Te valiste de un cigarrillo para inhalar este turbio mundo,
intacto aspiraste el humo y lo enredaste en una hoja,
bajo un rodillo, con tus ágiles dedos huesudos,
sutiles, inspirados, galopantes,
nos dejaste esas prosas y cuentos
sutiles, mudos, inspirantes,
y esas personas marginales, excluidas, olvidadas,
con esa insignia de la soledad en la solapa
llenos de arrebatos e ilusiones destrozadas,
vidas angustiosas y grises
todas sosas, infelices
como la de Arístides,
o Memo García,
o Ludo Tótem, o Fabiola.
Luciano y su viejo,
Aníbal en el sótano,
Fénix y el enano y el oso.
O Roberto Delmar,
Efraín y Enrique,
y Silvio en el Rosedal.
O el negro alienado
Roberto López
o Monsieur Baruch,
y Ramón y Eusebio.

Y de todos esos seres sin nombre
atormentados de su existencia
en fin de todos,
con ese hálito negado,
excluídos del festín de la vida,
podiste modular
con esas historias tan sublevantes,
sus anhelos,
sus arrebatos
y sus angustias

Autor:
JORGE ANTON


ALGUNAS CARTAS / Luis Loayza, Julio Ramón Ribeyro


ALGUNAS CARTAS / Luis Loayza, Julio Ramón Ribeyro

Paris, 5 mayo 75
Querido Lucho:

Encontrarás junto con esta un ejemplar de mis PROSAS APÁTRIDAS. Las he releído y corregido algunas erratas antes de enviártelas y la verdad es que el librito me ha dejado un poco meditabundo. Yo no sé lo que es ni qué cosa persigue. Es diferente ver un libro impreso que verlo en manuscrito. Mientras no esté publicado no pasa de ser un borrador, algo perfeccionable o renunciable, pero una vez que sale a la luz no hay nada qué hacer, ya está allí, hay que asumir su entera responsabilidad, no cabe la menor excusa. Lo único que deseo
es que cada lector encuentre una prosa, aunque sea sola una, que le guste, que le diga algo, que le sugiere algo, de la cual retire algo que solo se encuentre allí. Pero quizás estoy pidiendo demasiado.
Lo que sí quisiera decir es algo sobre su título que, como te dije en mi anterior, se presta al equívoco. Basta ver la carátula para darse cuenta que el diagramador ha “tombé dans le piége” y ha pensado que se trata de las prosas de un apátrida. Observarás que el título no tiene nada que ver con la nacionalidad. Yo quería aludir al carácter mismo de los textos, que son textos sin “patria literaria”, es decir que fueron escritos en diversas épocas y circunstancias, con la intención no muy precisa de ser incluidas en alguna novela, cuento o artículo, pero que se quedaron sin lugar, porque no se les dio cabida, ningún género quiso hacerse cargo de ellos, eran el estorbo definitivo y al final no les cabía otro destino que ser fragmentos, textos dispersos, desamparados. Fue entonces cuando se me ocurrió reunirlos y dotarlos de un espacio común, donde pudieran sentirse acompañados y librarse de la tara de la soledad. Esa es, en muchas palabras, la explicación del título.
Pasando a otras cosas, me complace que mi última carta te haya puesto de un “humor excelente” como dices, lo que es una manera muy británica de confesar que te halagó. Ese era mi propósito. Yo no creo, como tu amigo Léautaud, que “admirar empequeñezca”. Escatimar un elogio, cuando es merecido, es propio de los espíritus mezquinos.
En tu carta tocas varios temas que me interesan, pero uno en particular es de aquellos a los cuales hace años le doy vueltas sin encontrarle una respuesta adecuada. Me refiero a las relaciones entre biografía y obra literaria. El asunto puede enfocarse desde muchos puntos de vista, pero solo quiero mencionar uno: si al valorar una obra literaria tenemos que tener en cuenta las circunstancias de la vida de su autor. Proust, como lo recuerdas muy bien en tu carta, censuraba en Sainte Beuve la tendencia a mezclar lo biográfico y a menudo lo anecdótico con la crítica literaria, pero fue Valery quien llevó esta actitud a su extremo al imaginar una historia de la literatura que prescindiese totalmente de toda referencia a los autores de las obras. La idea es bastante seductora, pero a mí no me llega a convencer del todo. Justamente en estos días tuve que viajar a Utrecht para dar una conferencia nada menos que sobre literatura peruana en unos de esos incomprensibles institutos latinoamericanos que funcionan en las ciudades menos pensadas. Como tenía que tratar de la novela indigenista tuve que documentarme de la vida de Ciro Alegría, que conocía muy superficialmente, y así pude comprobar que fue una tragedia –iba a decir griega o china, pero diré simplemente peruana: prisiones, deudas, desarraigo, enfermedades, deportaciones, angustias, divorcios, etc. Sus obras más importantes fueron escritas antes de los 30 años. Todas ellas lo fueron además con el propósito de presentarse a un concurso que de ganarlo lo sacaría de apuros. El conocer el contexto en el cual esta obra fue escrita ha modificado mi opinión sobre la misma. Yo que tendía a desdeñarlo un poco comprendo ahora que su labor fue “heroica”, para emplear un término tuyo, y que por ello mismo merece no solo respeto, indulgencia, sino una valoración diferente. Muy distinto es el caso de Arguedas. Arguedas es un escritor de la “madurez”. Su primer libro importante, YAWAR FIESTA”, aparece en 1940, justamente el mismo año en que Ciro publica su último, EL MUNDO ES ANCHO Y AJENO y ambos tienen casi la misma edad, pues Ciro nació en 1909 y Arguedas en 1911. Así puede decirse que Arguedas inicia su carrera literaria y afianza su vocación de escritor cuando Ciro la relega a segundo plano. Aparte de ello Arguedas escribió sin ninguna premura material, en una situación más estable, sin prisa ni plazos que se vencían. No creo que esto explique el valor y el alcance de sus obras, pero ayuda a comprenderlas y permite una evaluación más equilibrada. Me dirás que en literatura lo que interesa son los resultados, no la vida del autor. Es cierto y no es cierto(de allí que no sepa aún qué pensar), pero creo que las circunstancias históricas, biográficas, sociales, familiares, etc. cuentan y así el QUIJOTE no sería lo mismo si en lugar de Cervantes lo hubiera escrito, digamos, un amigo de Ricardo Palma, así como tampoco admiraríamos tanto LOS CANTOS DE MALDOROR si en lugar de ser la obra de un adolescente que vivió en Paris en la segunda mitad del XIX fuese el ejercicio de un profesor actual de la Sorbona. En fin, con estas opiniones que dejo fluir, sin mayor examen, no pretendo resolver nada, tal vez solo darte pie para que me contradigas.
Hay otros puntos en tu carta que merecen un comentario, pero los dejo para otra oportunidad. Ya te doy bastante lata con mi librito y con estas interrogaciones. Confío que tu proyecto de breve excursión a Paris se realice. Daríamos una vuelta por los jardines del Palais Royal, por donde cuando trabajábamos en la AFP hacíamos a veces un recorrido rápido y fantasmal después del almuerzo en la cantina.
Un abrazo de

Julio Ramón


Ginebra 12.5.75
Querido Julio Ramón:

Tu libro me gusta: ya verás que esto no es un elogio convencional, trataré de decirte porqué me gusta. Le encuentro un defecto y es su brevedad. Espero que sea solamente la primera edición de un libro que seguirás escribiendo y publicando, es de las obras que ganan y no pierden con la abundancia. Quisiera nuevas ediciones aumentadas, en primer lugar por razones egoístas, en estos casos las más importantes, pues me gusta tener cerca libros como el tuyo para, después de haberlos leído, abrirlos de cuando en cuando al azar y recorrer algunas páginas, son como la conversación discreta del autor (uso el adjetivo”discreto” no a manera de aprobación tibia o aun de censura velada, sino como uno de los mayores elogios) mientras que las novelas, los cuentos, los en¬sayos son cada vez más la exhibición de conversadores brillantes (o que pretenden serlo) y enfáticos que no admiten dudas ni resistencias, no dejan hablar a nadie y acaban por ser insoportables. En segundo lugar porque nos faltan estos libros y los autores capaces de escribirlos en nuestras pobres literaturas (la peruana y la del idioma) y porque, de¬volviéndote algo que me dijiste a propósito de El sol de Lima, creo que tu ejemplo será útil, sobre todo en Lima donde la inflación verbal es tan aguda, para recordar a los lectores que escribir bien no es emplear una serie de tretas o de técnicas sino sencillamente sentir, pensar y decir lo mejor posible.
Es mucho pedir que el lector adivine que el título alude al hecho de que los textos no tienen “patria” o género en la literatura puesto que, para empezar, sí que la tienen: el cuaderno de notas que muchos escritores han publicado como tal, o en forma de diario, o una a una en diarios o revistas antes que se impusiera el llamado periodismo moderno, tan ilegible. Pienso a veces en tu amigo Renard, aunque felizmente careces de su manía aforística, para mí exasperante, que interrumpe la fluencia de la buena prosa, en La tumba sin sosiego de C.Conolly, desde hace muchos años unos de mis libros preferidos y hasta en los cuadernos del admirable Hawthorne. Será difícil, además, que el lector desconozca el hecho biográfico del escritor fuera de su patria (allí estarán el prólogo y la carátula para recordárselo) y hasta podrá pensar en un escritor que ve las cosas como hombre y no como un peruano, aunque creo que esto no es cierto y en muchas páginas reconozco al sudamericano, al peruano y hasta el limeño. Naturalmente estás instalado en la ciudad, no incurres en el exotismo al revés del recién llegado, ni en el metquismo de quienes durante años enteros siguen con la boca abierta ante Paris, ya que “al cabo de habitar varios años en una ciudad no vemos ya las plazas, las avenidas, los monumentos”. Al mismo tiempo me gusta en el título cierta ligera protesta que creo advertir contra la demagogia al uso. A fin de cuentas lo del título no es muy importante, ya te digo que espero nuevas ediciones de tu libro, que podrás llamar, si quieres, Diario a secas. Es un poco eso, no? Evitas el exhibicionismo de las falsas confidencias pero quien sepa leerlas encontrará páginas de auténtica y profunda intimidad, en las que has sido capaz de mirar tu vida y tu muerte sin parpadear, aunque sea un instante. No caes en lo patético que hubiera aumentado tus posibilidades de éxito inmediato pero en virtud de esta contención o elegancia tu libro tiene más posibilidades de durar. (La duración de los libros es ya unos de tus temas, sobre el cual podría extenderme mucho.) En fin el libro es una demostración de inteligencia literaria, para mí una alta y noble forma de cultura. La acción y el estilo de esta inteligencia es el libro mismo, más que las ideas o imágenes sobre las cuales te escribiré por separado. Ahora sólo quiero agradecerte el envío del libro y felicitarte cálidamente por él. Creo que te pasa un poco lo que a mí: ver tus libros recién impresos te provoca cierta desazón que se convierte en repugnancia cuando los abres y al releerte adviertes solamente los errores. Créeme a mí que, en efecto, me precio de ser un juez incorruptible de las Letras, como dices con oblicua sonrisa miraflorina: es un buen libro, puedes estar contento; te lo agradezco y me alegro contigo.
Saludos en tu casa y para ti un gran abrazo de
Luis
43 Moise Duboule
1209 Geneve




Paris,19 mayo 75


Querido Lucho:

Me encanta que mis PROSAS APATRIDAS te hayan gustado y que me lo digas además con tanta naturalidad. Y con tanta precisión.
Si he tardado en responderte es porque quería salir un poco del estado de “excelente humor” que me causó tu carta y evitar que mi respuesta tradujera un regocijo desmesurado.
Lo que dices acerca de la brevedad del libro es muy cierto. Yo había pensado reunir en esta primera edición cien prosas, pero solo me quedé en ochenta y seis. De todos modos, catorce textos más no habrían resuelto el problema. Si logro alargar esta vida difícil, espero que la próxima edición contenga doscientas o trescientas prosas y se convierta así en un libro de compañía, aquellos a los que uno regresa de cuando en cuando, solo para hojearlos, en esos momentos terribles en que frente a su biblioteca se pregunta: “ Y ahora, ¿qué leo? “.
No creo en cambio que la próxima edición se llame DIARIO a secas, como propones. Por una razón muy simple: que hace años llevo un diario –no cotidiano, por cierto– diferente a las PROSAS APÁTRIDAS. Mi diario es más personal, monótono, espontáneo, tiene todos los defectos de todos los diarios y por ello su valor literario es discutible. Tendrá importancia en la medida en que yo llegue a ser un escritor que cuente y entonces sirva a biógrafos y críticos como fuente de consulta y apoyo a sus elucubraciones. En todo caso yo me doy cuenta cuándo estoy escribiendo una nota de diario y cuándo una prosa apátrida. Estas surjen ya con tono particular, más impersonal, abstracto por momentos, y cierta tendencia a la autonomía con respecto a mi vida. Me doy cuenta ahora que son en realidad páginas de mi diario, pero que por una razón x, pasan automáticamente a otro nivel.
Mencionas a Connolly en tu carta. Yo había pensado hacer referencia a él cuando te envié el libro. Tú me prestaste LA TUMBA SIN SOSIEGO en 1961. Es una de las innumerables fuentes de mis prosas. Cuando te he hablado de la rareza o marginalidad de mi libro me limitaba solo a la literatura peruana. Lo que yo he escrito es solo la cola de incontables libros: moralistas franceses, diaristas de toda clase, autores de poemas en prosa, etc. Pienso particularmente en LE SPLEEN DE PARIS, no porque trate de emular a Baudelaire, sino porque el prólogo de su libro siempre me sedujo, cuando habla de “fantasía tortuosa” o de “serpiente”, algo que se puede coger de la cabeza o de la cola o del medio.
Este tipo de libros tienen sin embargo un peligro: el que nos va constriñendo cada vez más al fragmento, al breve texto bien elaborado y muy significativo y nos hace dejar de lado la obra para la cual quizás estábamos dotados, el Libro así con mayúscula, el librote orgánico, con una estructura y que para mí es ya casi una utopía. Gran novela, digamos, o algo parecido. Trabajamos literariamente así al por menor, al centaveo y estamos amenazados de no escribir al final más que aforismos.
Para evitar este escollo yo trato de escribir paralelamente otras cosas, entre ellas más cuentos, género del cual no logro hasta ahora deshacerme. Pero perseveraré en las prosas apátridas, créemelo, por mi propio placer y satisfacción de algunos amigos.

Un abrazo de

Julio Ramón


P.S. Fui a ver la exposición de Fuseli. Francamente no me gusta mucho. Lo encuentro muy literario, aunque creo que no quiso ser otra cosa. Si te interesa te puedo enviar el catálogo de la exposición.



Paris, 7 de Junio 75.
Querido Lucho:

Esperaba para contestarte una de esas mañanas inmóviles, epistolares. La de hoy es luminosa, tibia, lenta, parece que nunca va a terminar. En una mañana como esta caben varias cartas.
Pero ahora que releo tu última, lo que acabo de decir cae por tierra, pues si tuviera que contestar punto por punto me harían falta muchas mañanas como esta. Elijo unos temas al azar.
En primer lugar lo que dices sobre algunas de mis PROSAS APATRIDAS. Tus observaciones me han confirmado en la idea de que
se trata de un libro discutible, por no decir refutable, salvo aquellos fragmentos que son puramente descriptivos. En muchos de mis textos las conclusiones van más allá que las premisas, falta un eslabón en
el razonamiento, utilizo una palabra sin haber explicado antes lo que entiendo por ella. Pero en fin, esto no me incomoda mucho, pues la lectura será más fecunda en la medida en que el lector, percatándose de lagunas o fallas, trate de llenar las unas o de enmendar las otras, cuando no de rechazar el fragmento en bloque. Y si lo rechaza, ¿qué más da? No hay verdad que no contenga su contraverdad o, como dice Proust más explícitamente, “il n´y a pas une idée qui ne porte en elle sa réfutation possible”.
Más inquietante es tu precisión sobre Eróstrato. No es que me asuste cometer errores de este tipo sino que yo estaba seguro de haber verificado el dato antes de expedir mi manuscrito. Ahora he vuelto a abrir mi Larousse para buscar la referencia y veo en efecto que Eróstrato incendió el Templo de Diana y veo además la marca con lápiz que dejé en la enciclopedia cuando hice la consulta. ¿Porqué persistí en el error? Francamente no lo sé. Tal vez encontré entonces otra fuente de consulta, pero me parece dudoso. Ya estoy dudando si existió alguna vez una Biblioteca de Alejandría que fue incendiada.
Muy justa la distinción que haces entre novelistas natos y escritores capaces de escribir novelas. Yo tiendo a identificarme con los segundos, lo que no me alegra mucho, si bien convengo en el que más grande escritor latinoamericano de nuestra época, Borges, no es un novelista. Y no me alegra porque es difícil destruir el sueño juvenil de la gran novela, sueño que nos han legado otras literaturas (rusa, francesa, inglesa, etc.) y que nosotros abrigamos la esperanza de recrear en nuestra lengua y en nuestra época, lo que poquísimos han conseguido. Si seguimos persistiendo en este sueño es porque la novela sigue siendo el símbolo de la creación literaria por excelencia y la tentación de todo escritor, al menos mientras el género no termine por desintegrarse y ser reemplazado por otro.
Lo curioso es que yo me sigo interesando por la novela como escritura, a pesar de que como tú hace tiempo que leo muy pocas, me aburren, no logro entrar en ellas, a veces me exasperan. Las últimas contra las que me he estrellado (para solo hablar de latinoamericanos) son EL RECURSO DEL MÉTODO y TRES TRISTES TIGRES. Ambas me parecen dos formas particularmente antipáticas del arte de novelar. La novela de Carpentier por su estilo enjoyado, su inspiración libresca, su ostentosa erudición, su construcción artificiosa. La de Cabrera Infante porque pertenece a esa familia de novelas tan en boga que son una reflexión, una crítica y una parodia de la novela, lo que me parece una actitud estéril (salvo que se sea un Cervantes, un Joyce o tal vez un Nabokov). Por ello me parece mucho más valiosa la actitud de un Vargas Llosa, que no se plantea el problema de la caducidad del género ni duda de su necesidad y escribe verdaderas novelas, demostrando con su obra que es posible hacerlo hoy.
Si dispusiera del tiempo y las energías suficientes me gustaría escribir una novela policial (es cierto que mi novela inédita CAMBIO DE GUARDIA es ya bastante policiaca), pero un poco cómica. El personaje central del libro hace semanas que me habita, se presentó a mí con nombre y todo, conozco perfectamente su fisonomía, sus costumbres. No hay situación, por imprevisible que sea, en la que no sepa qué diría o cómo reaccionaría. Es un inspector de policía, encargado de asuntos criminales, un detective criollo. Se llama José María Morales, pero sus subalternos lo llaman Cervantes, no por su afición a las bellas letras sino por su capacidad para beber sin emborracharse la cerveza que lleva ese nombre. Tiene un ayudante, un zambo joven llamado Cabanillas y ambos deben solucionar un complicado “caso”. Tengo el tono, la atmósfera de la novela, pero me falta la trama. Podrás imaginar que esta pareja no es precisamente Sherlok Holmes y su amigo el doctor Watson. Son
realmente un par de burros, confunden los expedientes, destruyen por negligencia las huellas del crimen, se equivocan de muerto o de delito, pero en fin por suerte, por fantasía o por astucia solucionan finalmente el caso. Lo que necesito ahora y busco sin mucha fortuna es un buen “caso”, quiero decir una historia criminal complicada y tal vez absurda, pero que dé pie para que mis dos personajes vivan, hablen, indaguen. Si por azar tienes alguna en la cabeza, que has desechado, obséquiamela. Recuerdo que una vez me hablaste de un argumento que tenías sobre una serie de crímenes en los que la víctima aparecía con un pañuelo verde amarrado en el cuello. Es todo lo que me acuerdo. Yo tengo una idea en la mente, pero un poco tremebunda y además sin solución argumental. Si te interesa te la explicaré en mi próxima.
Bueno, esta mañana que parecía interminable, inmóvil, se ha convertido en un mediodía pesado como un acreedor, que ya esta aquí, pidiéndome cuentas por otros asuntos. De modo que me despido con el tradicional abrazo.

Julio





Ginebra 29 de agosto de 1978.

Querido Julio Ramón:

Ayer al volver a casa encontré tu libro. He vuelto a leerlo y a pensar en él. Con tus libros anteriores me ocurrió que no quise escribirte sin tomar notas y pensarlo bien –y quizá sin haber escrito un artículo crítico– y al final no hice nada. No quiero que me pase lo mismo y ahora prefiero mandarte mi impresión, aunque quizá apresurada, sin desesperar de escribir algo coherente sobre tus libros alguna vez.
Como creo haberte dicho (sin duda voy a repetir varias cosas que ya te he dicho a viva voz) no me gusta el título. Me parece que lo de “apátridas” no tiene ningún sentido. Sigues siendo peruano, limeño y hasta miraflorino, como yo (ya quedamos pocos: los de ahora son distintos; incluso los de nuestra generación que se quedaron han cambiado y a nosotros, en cierta medida, nos ha conservado, como un resto arqueológico o quizá un fósil, el vivir fuera). Justamente el hecho que sea un peruano y no un apátrida quien observa París y la propia vida da el tono al libro. Que los textos sean apátridas porque no pertenecen a ningún género no creo que tengo mucho sentido; para comenzar no tomo demasiado en serio los géneros (el que Palma inventará un seudo género llamado “la tradición” me ha parecido siempre un error y una tontería) y tus prosas me parecen fragmentos del diario de un escritor para los que no faltan ejemplos, aunque escritos o seleccionados con una tendencia particular que los hacen interesantes. He dicho “prosas” y tampoco me gusta esta palabra en el título, pues da la idea de escritura artista, atenta sobre todo a efectos de estilo, a cierto brillo superficial que está lejos
–gracias a Dios– de lo que haces. El epígrafe de Tagore tampoco me gusta: patético y, en última instancia, incomprensible.
La Literatura confesional –los diarios, las memorias– me atrae pero casi siempre me decepciona. Cuando intenté escribir algo sobre la primera edición de tu libro me compré un tomo de la NRF sobre los diarios íntimos (una antología) que encontré completamente ilegible. En teoría, supongo, un escritor puede contar sus intimidades (es lamentable que esto haya llegado a significar casi siempre su vida sexual) pero en la práctica el resultado suele ser un exhibicionismo vanidoso e intolerable. La discreción me parece una virtud en todas las relaciones humanas y, por supuesto, en la que se establece entre el autor y su lector. La personalidad del autor debe advertirse no a pesar de sino a causa misma de la discreción, como conocemos a un amigo sin necesidad de que se haya lanzado nunca a confidencias no solicitadas. Creo que el lector conoce mejor al discreto Corpus Barga que a la huachafa Simone de Beauvoir; en Corpus se tiene la impresión de llegar a conocer a un hombre por lo que dice y lo que no dice; en Simone una escritora se pone la máscara de mujer moderna y nada nos dice saber cómo y con quién se acostaba.
Naturalmente creo que estás muchos más cerca de Corpus Barga y la discreción sería la primera cualidad que elogiaría en tu libro. Creo que aún quien no te haya tratado personalmente aprende a conocerte un poco, ya hace tiempo que sé que todo lo que escribes está respaldado por tu persona –esto sería largo de explicar y me parece que por ahora no voy a intentarlo. Hay en tu libro la revelación de una verdadera intimidad.
La presencia de tu mujer y tu hijo, por ejemplo. Me parece aborrecible hacer literatura con la propia vida privada, sobre todo cuando se implica a otras personas y tú no lo haces, pero entre líneas se descubre el afecto: pienso, entre muchas páginas, en la que comienza “Una mujer, cómo anima una casa” y a varias consideraciones generales sore los niños, en que se advierte a un niño de carne y hueso cerca del padre que, sin que el niño se dé cuenta, piensa en él con ternura, con admiración, con cierta alarma.
No estoy seguro de que yo te llamaría escéptico. Tienes cierta desconfianza de las famosas “ideas generales”, forma –la desconfianza, no las ideas– muy literaria y nada despreciable de la inteligencia. Sobre todo te has librado, no te han tocado nunca, los grandes clisés, los lugares comunes de la época, el marxismo barato que ve la economía, el imperialismo etc. por todas partes, la jerga de la nueva crítica con su abuso de la palabra “ambigüedad” y otras, etc. Algunas de las cosas que dices están bien, otras menos y algún día podríamos discutirlas, otras, en fin, me parecen simples distracciones, como esa progresión geométrica de los antepasados, en la que te has olvidado que en el árbol genealógico de cualquiera una misma persona puede figurar varias veces –por ejemplo puedees descender por tu padre y por tu madre de una misma pareja del siglo XII– y naturalmente que dos personas pueden compartir el mismo antepasado –tú y yo podríamos tener uno común en el siglo XVIII limeño. En todo caso lo importante es que, buenas o malas, las ideas son tuyas, las has pensado tú y no el último libro que has leído.
Vuelvo otra vez a tu persona o al personaje que se va construyendo en episodios que aparentemente son sólo intelectuales. Creo que asoma, casi a pesar tuyo, un romántico que ha sobrevivido a todo. Lo advierto en el título, en el epígrafe, en la voz un poco trémula cuando rozas asuntos sexuales, en la ilusión un poco adolescente de pureza, en la ilusión y la preocupación de lo durable en literatura, en el trato de ciertos temas como el de las azafatas de las líneas aéreas en que la juventud y la belleza evocan inmediatamente la imagen de restos colgando de árboles tropicales, en ese no conformarse ante el olvido, el paso del tiempo, la fealdad de las gentes, la propia vida “y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido / La pérdida del reino que estaba para mi“. Romanticismo sobre todo por el encarnizamiento frente a las propias ilusiones. Si el padre (venerado!) no siempre se quedaba en la oficina ¿porqué pensar en que frecuentaba justamente los prostíbulos más abyectos? No sería los más abyectos –¿cómo saberlo?– y tal vez ni siquiera prostíbulos pero otra persona, al descubrir el secreto podría reaccionar con ironía, con tolerancia.
Pero que seas como eres me parece muy bien. Una de las pocas cosas que creo haber llegado a comprender es que el escritor debe ser quien es y que esto es mucho más raro de lo que parece. Casi todos quieren parecerse a un ideal que no corresponde a su temperamente ni a sus fuerzas y, como muchas veces nos atrae lo que nos falta, lo que no somos, el resultado es fatal. Creo que te dije mi fórmula sobre Mario, a propósito de sus últimos libros: un Balzac que quiere ser Flaubert.
Esto no lo digo con ironía sino al contrario, porque a fin de cuentas Balzac, con todos sus defectos –de todos los grandes escritores es el más defectuoso y lleno de caídas- me parece mas grande que Flaubert. Mario tiene una fuerza verdaderamente balzaciana, una rara capacidad de organizar grandes masas novelísticas pero ahora parece fascinado por cierta perfección estilística, formal que no es lo suyo y –a mi juicio- no le sale bien. En cambio para hablar de ti no recurriría al nombre de ningún escritor: una formación fracesa, sin duda, un don de observación, de meditación propiamente literaria que recuerda a algunos maestros del XIX pero, a fin de cuentas, lo que escribes es auténtico, impermeable a las modas, solamente tuyo.
Sabes que te he incitado a corregir la Crónica de San Gabriel que me parece una novela preciosa bastante estropeada por descuidos de estilo. He estado tentado de mandarte un ejemplar cruelmente anotado pero solo tengo uno y no pienso deshacerme de él. En este libro encuentro también lo que me parecen algunos errores. En la N°28, por lo demás admirable, en la que se siente el estremecimiento de quien ha atravesado y superado felizmente una terrible enfermedad, ¿porqué decir “no hollan terreno seguro” en vez de, simplemente, “no pisan terreno seguro”? En la N°35, cuyo final es de un encarnizamiento muy ribeyriano, un aparente cinismo para no ser culpable de ternura (“Alcachofa” “Y se fregó...”) la palabra orgasmo es inexacta: hay que ser muy hablador, y hablar muy rápido para decirse palabras durante el organosmo, será durante el acto sexual. El “A mí” con que empieza la N°60 ¿es español o el “A moi” francés”? etc. Dicho todo esto añado que no tiene importancia. Hace muchos años habría pensado que eran defectos serios. Ahora no lo creo. En estas prosas te has encontrado una forma que te conviene y deseo que las sigas escribiendo a menudo y durante muchos años. Eres un buen escritor, Julio Ramón, esto no lo digo fácilmente y me alegra poder decírtelo porque hace tiempo que siento por ti verdadero afecto y admiración. No te digo que tu libro durará, porque en el Perú hay tan poca competencia que duraremos todos y, de otra parte, porque soy
capaz de imaginar una sociedad tan imbécil en la que no dure ni Shakespeare. Merece durar y espero que encuentre siempre los lectores que merece.
Recuerdos en tu casa. Un gran abrazo de
Luis

Se me acaba de ocurrir fotocopiar esta carta y mandarle una copia a Abelardo, tu prologuista, y quizá podemos iniciar una conversación a tres voces. Espero que no te parezca mal.




Paris, 1 de setiembre 1978.

Querido Lucho:

El título PROSAS APATRIDAS no es un título feliz, claro, pero es un título que “ya pegó”. Debí elegir otro mejor en su momento, pero a estas alturas ya es difícil cambiarlo. Me vino de golpe, sin pensarlo y los lectores lo aceptaron, dándole cada cual su propia interpretación. Acabo de leer una notita de Macera sobre este libro, verdaderamente delirante. Lo comenta a un nivel típicamente maceriano y termina empleando dos expresiones que se me han quedado grabadas: “proceso de nacionalización” e “interdicto de paternidad”. Bueno, esto es solo un ejemplo de cómo cada cual entiende el título. En cuanto a que sea un género nuevo, yo no lo creo, como tú. Pero sí creo que muchos lo considerarán como una forma de expresión novedosa y original y tratarán de imitarlo –ya he notado algunas tímidas tentativas–, lo que será fatal para ellos y para mí. Para ellos, pues como bien supones, estos textos no surgen del aire, sino que son la emanación y la selección de una obra mucho más vasta, mi diario, que les sirve de sustento. Fatal también para mí, pues la imitación degrada y caricaturiza al modelo.
En tu carta dices cosas sobre mí que me han dejado “songeur” (pensativo? soñando?, no veo por ahora el equivalente), no porque sean buenas o malas, sino por que son exactas. Dices algo como que soy “un romántico que se ha sobrevivido”. No diré que esto me halaga, pero sí me sorprende, pues justamente hace un tiempo, hablando con Alfredo Bryce, convinimos en que ambos éramos escritores que podrían calificarse de “neorománticos”. Luego me di cuenta que Bryce y yo teníamos concepciones diferentes del romanticismo, pero de todos modos vale la pena la coincidencia. Bryce se considera romántico a causa de su vida aventuresca, sus renovadas historias sentimentales, su pasión por viajar y recorrer tierras extrañas, la búsqueda de cierta intensidad en todas sus experiencias y la manera como él deja, al menos en su última novela, que su vida amorosa impregne todo lo que escribe. Yo soy romántico de otra manera. Se puede ser romántico sin salir de su habitación ni vivir amores candentes. Lo soy, no solo por muchas de las cosas que dices, sino porque en lo que escribo, a pesar de su aparente frialdad y a veces exceso de raciocinio, hay una poderosa carga sentimental que es, a la postre, lo que me mueve a escribir y que me llevaría fácilmente a la sensiblería –y me ha llevado algunas veces– sino me escudara tras la ironía.
Otra cosa que quería comentar es tu observación sobre lo de que “el escritor debe ser quien es”, frase que citada entre comillas y fuera de su marco puede parecer una perogrullada. Pero tal como tú lo enfocas es rigurosamente exacta, una de esas certezas que uno adquire con los años. Sobre esto tengo una anécdota, que podría ser más bien una metáfora, a la que llamo “la bata japonesa” (si Vargas Llosa tiene su “caja china, ¿porqué no tener yo mi “bata japonesa”?). Alida me trajo de Japón una linda bata de seda natural, un kimono, de amplio vuelo y anchas mangas. En la primera oportunidad que estuve libre en casa me la puse y allí empezó el desastre. No había perilla de puerta o esquina de mesita donde no me quedara enganchado. Cada vez que me lavaba las manos el agua me entraba por las mangas. El gato se dedicó a perseguirme y lanzar zarpazos a la flotante vestidura, creyendo que le estaba proponiendo un juego. Como estaba solo, tuve que hacer la vajilla y cocinar y en consecuencia me salpiqué todo de detergente y en el momento de freír mi bistec estuve a punto de arder como una antorcha. Comprendí que la indumentaria, la vestimenta, es el fruto de una cultura y está adaptada a un modo de vida y una función. La bata japonesa era lo menos apropiado para un departamento parisién, que son muy pequeños y están atiborrados de muebles y objetos puntiagudos. La bata japonesa es solo cómoda y funcional en una casa japonesa, que está dotada de habitaciones que sin ser grandes son austeras, donde no hay casi muebles, ni puertas, ni perillas, ni puntas. Aparte de ello la bata japonesa no va con quien tiene que hacerse todo en casa, sino con quien lleva una vida contemplativa, ocupado en el ocio, la meditación, la conversación, servido por diligentes mujeres y no como para quien vive en una sociedad donde la mujer emancipada ha forzado al hombre a compartir los trabajos domésticos más arduos. En suma, archivé la bata japonesa en el ropero y me puse mi vieja, desteñida y personalísima bata de paño. Muchos escritores cometen el mismo error. Atraídos por el exotismo, la moda, el lustre, dejan de lado su indumentaria natural y se revisten de la bata japonesa. Arruinan la bata, todo les sale mal, quedan disfrazados.
Esto puede parecer una “prosa apátrida”, pero mi propósito es relacionarlo con tu “boutade” sobre Mario: “un Balzac que quiere escribir como Flaubert”. Dejando de lado todo lo que de elogioso puede haber en la fórmula (de acuerdo en que Mario es balzaciano y que Balzac es verdaderamente el “grande”), también es cierto que nuestro amigo se ha metido en su última y en parte penúltima novelas no solo en camisa de once varas sino en la “bata japonesa”. ¿Por qué demonios tentar la prosa artística, el humor, lo autobiográfico, cuando su grandeza venía justamente de la exclusión de esos elementos? Para citar solo referencias latinoamericanas, su prosa nunca será más trabajada que la de Carpentier, su humor más natural y eficaz que el de García Marquez y su vida más novelable que la de tantos escritores que se pueden citar. No lo entiendo verdaderamente. Yo tengo a veces ganas de decirlo o decírselo, pero francamente me inhibo. Tal vez me anime a tocar el tema en una carta que debo escribirle (Alida acaba de regresar de Lima y Mario tuvo para con ella atenciones muy afectuosas), pero aún no sé cómo lo tomará. Más aún cuando hay una tendencia en muchos críticos y articulistas a oponer, contraponer la imagen de Mario a la mía, lo que yo considero inaceptable por cantidad de razones, entre otras porque los términos de la comparación son inoperantes: Mario es el “gran” escritor y yo –si tú lo admites- un “buen” escritor.
Veo que me será imposible responderte en detalle. Echas tantas ideas en tu carta, al desgaire, que no puedo recogerlas todas. Muy simpática tu apreciación sobre CRONICA DE SAN GABRIEL y lo imperioso de corregir sus descuidos. Ya que no quieres prestarme tu ejemplar anotado, la próxima vez que pase por Ginebra tomará notas de él.
Antes de concluir esta, dices algo en tu carta que me ha hecho vacilar. Tenía pensado y aún lo tengo, publicar mi diario en dos o tres volúmenes (los años 50 al 70). Si la duda me viene es porque se trata de un género viciado por una serie de taras naturales, humanas: exhibicionismo, vanidad, autocomplacencia, etc., como lo dices. ¿Qué hacer en este caso? ¿Correr el riesgo? Lo cierto es que voy a tener que releerlo de corrido para ver si no incurro excesivamente en esos vicios. Para lo cual necesito primero pasarlo en limpio, lo que me parece agobiante.
Me parece muy bien que le hayas enviado copia de tu carta a Oquendo, pero dudo que este flojo responda. Los limeños o peruanos en general nunca se han caracterizado por una vocación epistolar.
Bueno, mis cariños a Rachel y un afectuoso abrazo de
Julio Ramón

Supongo que estarás siguiendo el torneo Karpov-Kortchnoi, que a mi juicio es de nivel más bien bajo, poco brillante quiere decir, salvo algunas hábiles combinaciones de campeón.



Paris, 21 de setiembre 78.

Querido Lucho:
Tus notas sobre SAN GABRIEL llegaron justamente cuando te estaba escribiendo para pedirte que no olvidaras de enviármelas. Las he leído con el interés que puedes imaginar, pero sobre todo con sorpresa. Sé y sabes que cada lector lee un libro a su manera, pero hay lectores que con su lectura establecen una nueva red de relaciones no solo entre el libro y sus pares sino entre el libro y su autor y entre el libro y la literatura. Tus notas me han permitido encontrar en mi novela aspectos que no había visto y sentidos que no había previsto.
Por ejemplo: yo había pensado que una de las características de SAN GABRIEL era la delimitación precisa donde ocurre la acción y la clasificaba por ello dentro lo que llamo “novelas del espacio cerrado” (así como hay novelas del cuartel, del convento, del internado, del sanatorio etc. SAN GABRIEL sería la novela de la hacienda, considerada esta como una microsociedad jerarquizada). Tú me has hecho notar que este aislamiento es aparente y que este mundo celular está en realidad vinculado con el exterior a través de diferentes puentes, que van desde la dependencia económica hasta la disposición anímica de los personajes, cuyos sueños, conversaciones, aspiraciones tienden hacia el mundo exterior, en virtud de una dinámica que los conduce finalmente a la salida y a la dispersión. Todo esto que te digo no está muy claro. Podría resumirlo así: has “desenclavado” la novela para situarla en un contexto más amplio, del cual recibe una sobrecarga de sentido que la enriquece y explica. Ello te permite además –por primera vez, creo, en tus ensayos– un enfoque económico y político del libro que, a mi juicio, es acertado, no solo porque “las cosas son así”, sino porque termina con la manera tradicional de leerlo como una novela puramente sicológica.
Otra cosa que destacas en la novela son las oposiciones entre el narrador y sus parientes, estos y los indios, los indios y el narrador, el narrador y la naturaleza, etc. oposiciones que yo no había premeditado pero que en efecto “están allí” y que podrían prestarse a una serie de prolongaciones y reflexiones. Como también me ha interesado tus alusiones al carácter “iniciático” del libro (sobre esto me parece que alguien escribió una disertación en una universidad USA, pero no estoy seguro, tendría que buscar el artículo) y lo referentes al “punto de vista” (tan caro a James y del cual hemos hablado) y que yo debo haber im¬plicado empíricamente, sin prever su alcance. En fin, podría decirte aún muchas cosas sobre tus notas, pero me viene el escrúpulo de convertir esta carta en un comentario a tu comentario, el que tal vez suscitaría un nuevo comentario tuyo y de vuelta otro mío y así hasta el infinito. Prefiero francamente evitar este juego de espejos y de reflejos, muy literario por cierto, pero que entraña el peligro de convertirse en mero ejercicio de la inteligencia.
Me vienen más bien otro tipo de observaciones, más personales o concretas. Por ejemplo, la incomunicación de la que hablas y que es patente en la novela, ¿hasta qué punto estaba determinada por mi propia situación cuando la escribía? Munich 1956: acababa de llegar a esa ciudad, no hablaba alemán, pasaba los días encerrado en un cuarto de un suburbio obrero, el horrible invierno no me permitía salir ni tomar contacto con el barrio y sus atracciones (cervecerías, parques, etc.), mi único amigo, Alberto Escobar, vivía en el polo opuesto. Durante tres meses, por lo menos, no crucé prácticamente palabra con nadie. Fue durante esos tres meses (según he verificado en mis cuadernos manuscritos) que escribí los veinte primeros capítulos de SAN GABRIEL, de un solo aliento. Nunca he vuelto a escribir con esa facilidad y velocidad. Los cuatro últimos capítulos los escribí dos años más tarde, cuando ya se había roto la atmósfera espiritual del comienzo.
Es por ello que esos capítulos muestran una aceleración en los hechos, que tú has perspicazmente señalado.
Otro detalle: hay una especie de “flous” en mi memoria que me impide distinguir a veces lo real de lo inventado. No en incidentes espectaculares (por ejemplo, el terremoto no se produjo en la hacienda cuando yo estuve sino meses más tarde), pero sí gestos, diálogos, pequeñas escenas. La ascensión al cerro: no sé ahora si llegué realmente a la cumbre o si solo contemplé el paisaje desde la falda. Y como esta hay otra serie de situaciones que no sé si pertenecen al domino de lo vivido o de lo imaginado.
Recapitulando, no podría decirte ahora si tus notas se alinean en la categoría de las óptimas (y que en EL SOL DE LIMA tengo mar¬cadas) o solamente de las buenas (y aquí terminan las categorías).
De todos modos a mí me ha producido un gran placer leerlas y, para completar tu dedicatoria manuscrita, me he sentido halagado y visto en mi solapa “la hoja de laurel”, de que habla Darío.
Y ahora, puesto que todo regalo se hace completo, me gustaría que alguna vez me señales los descuidos, faltas o errores que has notado en la novela, pues creo como tú que vale la pena subsanarlos, si se trata de cuestiones redaccionales fáciles de corregir. No veo en lo inmediato una reedicción de este libro, pero no debo descartarla.
En tu carta anterior citabas a Renard y hablabas de Léautaud y algo pensaba decirte sobre ambos, pero esta se alarga mucho y prefiero guardar mis reflexiones para otra oportunidad. Te anticipo que al primero lo releo poco o nunca, pero de sus libros nunca me desprendo. En cuanto al segundo, lo detesto.
Pienso esta noche “me plonger” en la lectura de Charle Bukowski, de quien compré dos libros ayer, influido, lo reconozco (y por primera vez) por una publicidad escrita y televisada a nivel mundial. Es actualmente la vedette USA, un viejo borracho, porno, sucio, a quien no se vacila en llamar el “nuevo Rabelais”. Ya te comunicará mis impresiones.
Bueno, Lucho, gracias por las notas, de las cuales espero que algún día podremos hablar directamente, y un abrazo.

Julio Ramón