sábado, 18 de julio de 2009

Existir es nuestra gran victoria

Existir es nuestra gran victoria Las paradojas y el escepticismo de Prosas apátridas

Por Carlos López Degregori

En el ámbito de la obra de Julio Ramón Ribeyro, las Prosas apátridas representan el itinerario de un hombre que asume un destino y conquista, sin proponérselo, una saggese. No es errado, por ello, adentrarse en estos textos como quien se sumerge en las estancias de un monólogo o espía las páginas privadas de un diario personal del que se han salvado fragmentos "sin destino ni función precisa".
Desde un punto de vista formal, y como los mejores intérpretes de este libro lo han señalado, su expresión halla en el micro-ensayo, la confesión abierta, el apunte y el fragmento marginal e inconexo, su razón de ser que instaura una "incoherente coherencia". Vale aquí la pena atender la sugerencia de Alberto Escobar que descubre en la Prosa 149 la exacta definición de cada uno de sus fragmentos y del libro que los ordena:

Imaginar un libro que sea desde la primera hasta la última página un manual de sabiduría, una fuente de regocijo, una caja de sorpresas, un modelo de elegancia, un tesoro de experiencias, una guía de conducta, un modelo para los estetas, un enigma para los críticos, un consuelo para los desdichados y un arma para los impacientes. Por qué no escribirlo? Sí, pero ¿cómo? y ¿para qué? (PA: 149)
El libro reclamado no es otro que Prosas apátridas, y la ausencia de un centro le permite ser simultáneamente sabiduría, regocijo, sorpresa, enigma y modelo de conducta. Sin embargo, este designio multiforme de sus componentes, encuentra su afinidad en el escepticismo que es la única sabiduría que puede con lucidez y honestidad entregarse.
Si toda clasificación es arbitraria, este afán ordenador es aún más espinoso en un libro que quiere ser al mismo tiempo tantas cosas diferentes y ninguna. No obstante, y sin ánimo de ser exhaustivos, estos apuntes giran en torno a unas cuantas obsesiones: la condición humana con sus parcelas de amor, amistad, desesperación, tiempo y muerte; la literatura y la expresión artística; el desenmascaramiento de nuestros ritos, pequeños vicios y comportamientos cotidianos. Su dinámica es pasar de las abstracciones y generalidades intemporales a lo presente y concreto en un movimiento pendular, y las iluminaciones que van surgiendo se comportan siempre como acercamientos o posibilidades, nunca como verdades inconmovibles. Bien puede reparar el lector en las duras palabras de la Prosa 124: "Todo tiene importancia, nada tiene importancia, aquí, ahora". La paradoja y la sinrazón, nos recalca Ribeyro, son la única sabiduría: vivir en forma simultánea la duda y la seguridad, pisar la tierra firme y hundirnos en arenas movedizas. El resultado no funciona, por supuesto, bajo los criterios de verdad-falsedad o aceptación-rechazo, y sólo le resta al lector quedarse con perplejidades, veladuras, contradicciones.
La existencia como anécdota banal o viaje ciego es el centro de la visión ribeyriana. Casi podríamos elegir al azar cualquier fragmento de este libro para corroborarlo, pero probablemente tenga su enunciación más transparente en la segunda Prosa:

Vivimos en un mundo ambiguo, las palabras no quieren decir nada, las ideas son cheques sin provisión, los valores carecen de valor, las personas son impenetrables, los hechos amasijos de contradicciones, la verdad una quimera y la realidad un fenómeno tan difuso que es difícil distinguirla del sueño, la fantasía o la alucinación.

El desamparo que deja este texto en el ánimo del lector es absoluto y lo endurece para resistir las escépticas palabras que hallará en cada página. Sin embargo, ante el escepticismo pueden contraponerse algunas ilusiones y siempre podemos aguardar la aparición repentina de "una flor, una figura"(PA: 138). Esas flores y figuras, que tal vez otorguen alguna justificación oculta a nuestra existencia pueden manifestarse en el lento recorrido por el cuerpo amado (PA: 5); en la amistad donde cada amigo es "dueño de una gaveta de nuestro ser " (PA: 39); o en el dominio inocente de la infancia porque en ella no ha caído aún la "maldición de la duda" (PA: 19). Incluso es posible fabricar, dudando de la duda misma, un deseado "esplendor":
Me despierto a veces minado por la duda y me digo que todo lo que he escrito es falso. La vida es hermosa, el amor un manantial de gozo, las palabras tan ciertas como las cosas, nuestro pensamiento diáfano, el mundo inteligible. (...) Nada en consecuencia será desperdicio: el fusilado no murió en vano, valía la pena que el tenor cantara ese bolero, el crepúsculo fugaz enriqueció a un contemplativo, no perdió su tiempo el adolescente que escribió un soneto, no importa que el pintor no vendiera su cuadro, loado sea el curso que dictó el profesor de provincia, los manifestantes a quienes dispersó la policía transformaron el mundo, el guiso que me comí en el restaurant del pueblo es tan memorable como el teorema de Pitágoras, la catedral de Chartes no podrá ser destruida ni por su destrucción. (PA: 150)

Esta letanía invertida no puede anular, a pesar de los deseos y la imaginación, nuestra naturaleza banal y siempre propensa a la derrota: "somos un instrumento dotado de muchas cuerdas, pero generalmente morimos sin que hayan sido pulsadas todas (...) Dimos siempre la misma nota" (PA: 97). El abismo que existe entre nuestras ilusiones y realidades es infranqueable y esa "única nota" que repetimos es, por supuesto, la de nuestra desesperanzada condición. Sin embargo, una confianza paradójica parece alentar en los vacíos y silencios de este libro. Terminemos leyendo la Prosa 200 que cierra la segunda edición aumentada:

La única manera de continuar en vida es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro.

Nuestro trayecto bien puede ser banal y aferrado a esas "flores y figuras" que nos proponemos como falsas esperanzas, pero eso no invalida la belleza y el esfuerzo de seguir adelante. Existir, parece decirnos Ribeyro, es nuestra gran victoria.


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