domingo, 12 de julio de 2009

Cosas raras que le pasaban a Julio Ramón

Cosas raras que le pasaban a Julio Ramón

Algunas peripecias vitales de Julio Ramón Ribeyro, irónicamente, guardan una secreta relación con muchas de las que vivieron los propios personajes de sus cuentos. Quién mejor que un entrañable amigo del escritor para revelarnos una trama que a simple vista podría parecer inverosímil.

Por Fernando Ampuero

Sé bien que en esta edición de homenaje a Julio Ramón Ribeyro participan estudiosos que sabrán exponer con mayor rigor que yo sobre su extraordinaria obra, separándola del individuo y el escritor, y, en lo que respecta a la vida misma de Julio Ramón, tendrán también mucho que decir. No es mi propósito terciar en esas lides. Mi intención más bien se reduce a trasmitirles un atisbo, algunas impresiones personales. A Julio Ramón yo llegué como lector y como amigo. Como lector, por cierto, lo he leído tomando las distancias del caso: obré como lo hace cualquier lector común y corriente, que busca a un tiempo gozar de la lectura y comprender el mundo en que vivimos; como amigo, ni qué decir, lo he leído intentando descifrar ese mágico comercio entre vida y literatura, entre vicisitudes particulares y peculiar percepción del mundo, a fin de desentrañar en Julio el misterio de la fragilidad y la entereza, dos de los componentes que contrastaban su personalidad. Pero lo he leído además como un mero detective del juego verbal, como un escritor lee a otro a escritor; es decir, analizando y celebrando con enorme interés los hallazgos de lenguaje, los vericuetos de la trama, el diseño de sus personajes, los rizos poéticos, la sencillez, la profundidad y la eficacia de su prosa, la emoción monda y lironda que mueve la mayor parte de sus historias.

Julio Ramón ha escrito novelas, teatro, prosas, pero, en opinión de muchos de sus lectores, ha invertido tripas y corazón en el cuento, un género que, en este lado del continente americano, tiene una vieja tradición de brillantes autores. En ese frente se alinearon las crónicas de Indias en la colonia y el costumbrismo en la república, y, ya avanzado el prolífico siglo XX, Borges, Cortázar, Quiroga, García Márquez, Rulfo, Fonseca, Arreola, Onetti y Benedetti, por citar algunos nombres. En el Perú, Ricardo Palma y Abraham Valdelomar fueron dos maestros del relato corto, siendo Valdelomar, sin duda, el fundador del cuento moderno. Julio Ramón nació como hombre de letras al amparo de tales autores, pero abrevando en las fuentes de los maestros rusos y franceses del siglo XIX, Chéjov, Turgeniev y Maupassant. Y decidió, en pleno siglo XX, escribir como un autor decimonónico. Lo decidió por vocación, por un deseo de cuajar un estilo limpio y despojado de extravagancias y ornatos inútiles, y porque no hacerlo de esa manera habría sido ir contra su naturaleza. Sin embargo, todo lector suyo sabe que se trata de un autor que también ha leído, y con gran dedicación, a Kafka y a Joyce, y que, pese a emular el tono de la escritura decimonónica, es inevitablemente un escritor contemporáneo.

Julio Ramón escribió como un clásico y se convirtió en el más moderno de nuestros clásicos. Sus libros de cuentos, los diferentes volúmenes que conforman La palabra del mudo, revelan esa infrecuente condición que mantienen sólo obras como el Diccionario Filosófico de Voltaire: la lozanía. La prosa de Ribeyro es clásica por su belleza, por su cristalina precisión y, fundamentalmente, por su radiante frescura. Es una escritura que fluye como agua fresca, una prosa que no envejece.

Obviamente Ribeyro no fue un autor de vanguardia, tal como se acostumbra decir en alusión a la fila de avanzada de los ejércitos, sino más bien de retaguardia, ya que él se ubicó en la tropa que recoge los heridos y los muertos que caen en combate, pero que, de hecho, es igualmente importante para dar solidez, empuje y cobertura a los movimientos ofensivos. Su gran temor, me lo confesó en cierta ocasión, era convertirse en una antigualla, un autor anacrónico. Algunos críticos, confundidos por sus maneras, lo vieron así. A estas alturas, no obstante, fuera de constituirse en el cronista más penetrante y compasivo de las clases medias de su tiempo, resulta siendo el más moderno y vigente de nuestros clásicos.

Pero, en fin, yo no quiero hablar de esto, sino más bien de la persona, del amigo, de ese individuo tan especial que fue Julio Ramón, a quien yo conociera hace treinta años en París y con quien tuve el placer de compartir innumerables veladas en Lima durante sus últimos años de vida

JULIO RAMÓN Y SUS DOBLES

De Julio Ramón, para empezar, yo tengo imágenes definidas que corresponden a dos épocas muy diferentes: Julio, el amigo mayor de principios de los años setenta: el hombre inteligente, sensible, cálido y distante a un tiempo, que era la discreción personificada, la más compleja aleación de esos duros metales del alma -la timidez y la generosidad-, y, sobre todo, que encarnaba el punto de referencia para todos los escritores jóvenes peruanos que viajábamos al viejo mundo: Julio Ramón, nuestro hombre en París. O bien, el otro Julio, que surge veinte años después, tras su larga enfermedad, tras su inverosímil flacura, tras los disimulados bostezos de hipopótamo que le suscitaba la carrera diplomática, un Julio Ramón cálido y elegante como lo fuera en todo momento, pero esta vez pletórico de ideas, ávido de aventuras, con las ganas de vivir de un adolescente y dispuesto a celebrar tertulias tres o cuatro veces por semana en bares, restaurantes o en la agradable terraza de su departamento barranquino mientras la noche avanzaba y la brisa marina nos refrescaba y revolvía el cabello; Julio, en fin, el socio del velero soñado que nunca llegamos a comprar, el ciclista con quien fatigamos (él, por supuesto, en tramos cortos, pero enérgicamente pedaleados) los malecones de la Costa Verde, y Julio, por último, el cómplice de la luna a altas horas de la madrugada, horas en que dejaba salir a su otro yo, el sutil Dostoievski o el cabalista jugador de la ruleta, de quien he hablado en otros artículos.

¿QUÍEN ES ESTE NEGRO?

A Julio Ramón, lo he dicho siempre, y lo digo ahora una vez más, le pasaban cosas raras. Todos conocen, me parece, la famosa anécdota sobre sus primeros cuentos traducidos al francés. Julio Ramón, que ya llevaba varios años en París, se sentía muy contento y ansioso por ver aquel primer libro en la lengua de Flaubert, y, bueno, este no tardó en llegar a sus manos, pero su alegría duró los pocos segundos que nos toma echar un vistazo a la tapa y contratapa de un nuevo volumen. La editorial había cometido un grave error: equivocó la foto del autor. En vez de su rostro, aparecía el retrato de un negro, un escritor africano de idioma portugués que tenía su apellido. Julio Ramón se quedó helado. Por varias horas, según me dijo, permaneció escondido en su casa, angustiado y sin saber qué hacer. Para entender esta reacción, este pantano de inquietudes e incertidumbres, hay que tener en cuenta que Julio era una persona retraída, solitaria, parca y muy respetuosa de los buenos modales.

No sabía de qué manera quejarse, por ejemplo. No sabía si llamar por teléfono o presentarse en la editorial, ni sabía tampoco en qué tono de voz tenía que reclamar. Padecía esos desgarradores trances psicológicos que solo sufre la gente tímida: rigidez muscular y una suerte de alborotado vacío mental. Lo que más temía era que su protesta pasara por racismo. Y estuvo a punto de resignarse a que ese señor, el negro de la foto, sea el Ribeyro de sus cuentos. Pero al final, haciendo fuerza de flaquezas, tuvo el valor de visitar la editorial, y, entre balbuceos, deshaciéndose en disculpas, pidió que, por favor, si es que no era molestia, corrigieran el error.

Soy consciente de que el Ribeyro que aquí les muestro parece alarmantemente un personaje de Alfredo Bryce, amigo de su larga estancia parisina, pero les aseguro que este Ribeyro no es de Bryce, sino del propio Ribeyro, un señor muy tímido a quien le pasaban cosas muy raras.

LAS CUCHARITAS DEL HOSPITAL

Cosas raras, sí. Tan raras, y a la vez tan intensamente dramáticas, como lo que le sucediera treinta años atrás, en un hospital público de Francia, cuando Julio Ramón, convaleciente de una operación de cáncer al estómago, advirtió que su vida dependía de las cucharas y cucharitas que él pudiera robarse de las bandejas de otros pacientes. Julio Ramón se hallaba en la peligrosa sala común de ese hospital. Se le veía sumamente delgado y se dudaba de su recuperación. Los médicos proporcionaban mayores cuidados y mejor comida a los pacientes que subían de peso. Los pacientes se pesaban a diario, y aquellos que ganaban peso a lo largo de varios días recibían una amplia sonrisa de aprobación y eran trasladados a una sala especial, en tanto los otros seguían en la sala común, considerada por los pacientes y el personal médico como el moridero, pues allí todos los días le ponían el biombo a más de un enfermo a punto de palmarla.

Julio Ramón, consciente de la crucial importancia del peso, vivió la hora de la balanza con el suspense de una película de Hitchcock. Temía ser descubierto. "Fueron momentos de gran tensión y autocontrol", me dijo, "en las que debía ingeniármelas para esconder disimuladamente en los bolsillos de mi piyama y mi bata las cucharas y cucharitas que me robaba a fin de subir varios gramos por día a la hora de pesarme". Ese peso ficticio, ese peso adicional, le salvó la vida. Lo pasaron a la sala especial, donde se alimentó mejor, y, gracias a ello, mejoró su salud y vivió veinte años más.

Para tales situaciones, que lo dejaban a todas luces al borde del abismo, como para aquellas por las que solían atravesar los personajes de sus cuentos, seres ingrávidos y apocados, Julio tuvo siempre una mirada comprensiva e irónica. Él pensaba que, frente a los embates de la vida, en los que tantas veces se nos pone a prueba, había que responder con igual coraje y serenidad: desenvainando una sonrisa de esgrimista.

SE ROBARON A JULIO RAMÓN

Y la vida, de hecho, lo despidió así, con ironía, con una leve sonrisa, como si emulara el destino que él tantas veces confiriera a sus personajes. Yo tengo fresco en la memoria el día en que, desde México, una voz amiga le anunció el consagratorio premio Juan Rulfo, reconocimiento que alegró mucho a Julio, pero que no alcanzaría a recibir, pues falleció a las pocas semanas de la ceremonia de entrega. Julio me había llamado para darme la noticia, pidiéndome que la mantuviéramos en privado; hablamos del dinero, hablamos una vez más del bote a vela que íbamos a comprar y que nunca compramos, y, en fin, nos fuimos a tomar unas copas al bar de La Rosa Náutica, así como a probar suerte en la ruleta del casino que tenía entonces ese hermoso restaurante que está sobre el mar miraflorino. Fue un día de suerte para él, sin duda, ya que ganó en la ruleta. Y luego, a los pocos días, apareció el escultor, enviado por el premio Juan Rulfo, para hacerle unas fotografías (las hizo mientras almorzábamos en el barranquino restaurante del Negro Flores) y, basado en ellas, modelar y fundir en bronce su busto, el tradicional busto de autor laureado por el Rulfo.

Tras la muerte de Julio, una copia de aquel busto de bronce iría a coronar el céntrico pedestal del segundo óvalo de la alameda Pardo, en Miraflores, justamente el barrio de Julio, donde él pasó parte de su infancia y adolescencia, y donde, en cosa de meses, se rindió honor a su talento literario, dedicándole ese parque para el recuerdo.

Lo anecdótico y lo raro de esta historia - y estoy seguro de que Julio se habrá reído en silencio donde quiera que ahora se encuentre-, es que en menos de una semana su busto fue robado por unos fumones. Según la policía, lo robaron para venderlo al peso como bronce y con el dinero de la venta comprar más droga que los ayudara a seguir huyendo de este mundo.

Aquello, sí, parecía un final de cuento ribeyriano, con su sorpresa y su desencanto, con su encogida de hombros, con su resignada frustración, y sobre todo, con su silencio. De regreso de una cena, yo fui una noche, a eso de las tres de la madrugada, a mirar el pedestal vacío del parque dedicado a Julio. Hacía frío y no había nadie en las calles. De vez en cuando pasaba uno que otro lento y taciturno automóvil, y luego el silencio de la noche se podía tocar con las manos. Pero sin lugar a dudas, Julio estaba ahí, en ese frío y en ese silencio, en ese pedestal vacío, más presente que nunca.

Ahora han puesto en ese parque una réplica de su busto, pero hecha en cemento pintado de color bronce, para que no se lo roben otra vez, o para que no acabe en el suelo de un callejón en compañía de unos pobres muchachos que a lo mejor jamás supieron quien era Ribeyro, pero a quienes les correspondía, sin duda, su parte de herencia de la palabra del mudo.



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